El Ejército de los Sonámbulos sigue avanzando

No ha sido casualidad que en las declaraciones que vino a grabarme TV3, para emitirlas este sábado, yo dijera que “me duele que una parte importante de la sociedad catalana esté siguiendo a Puigdemont y sus golpistas como un ejército de sonámbulos, camino del precipicio”. Aludía así al título de la novela de moda en Europa, El Ejército de los Sonámbulos, que acababa de regalarme un querido amigo, tan amante de los libros, la Historia y el periodismo como yo.

Todo en esa novela es inquietante. Desde la autoría, que es coral y corresponde a un colectivo de escritores italianos que publica bajo el seudónimo de Wu Ming, hasta su tesis pseudocientífica. Viene a desarrollar las teorías y experiencias del médico alemán Franz Anton Mesmer, padre del mesmerismo, que, alegando que existía un fluido magnético animal, capaz de curar las enfermedades, vino a descubrir, casi por casualidad, el hipnotismo.

Mi amigo me la regaló, entre otras razones, porque la acción de El Ejército de los Sonámbulos comienza el mismo día -21 de enero de 1793- que mi obra histórica sobre el periodo clave de la Revolución, publicada en España con el título de El Primer Naufragio y en Francia -atención- con el de Le Coup d’Etat. En esa fecha fue guillotinado Luis XVI, en la hoy plaza de la Concordia, ante la estatua ecuestre de su abuelo.

Fue un auto sacramental inverso. Culminaba la diástole transgresora que anegaba la Revolución en sangre y engendraba a la vez la sístole reaccionaria de la contrarrevolución. Con el mismo telón de fondo de mi libro, entre los garitos del Palais Royal, las guerras civiles de las secciones parisinas y los vanos intentos de las Mujeres Revolucionarias por ser admitidas en un mundo en el que la egalité terminaba donde empezaba el machismo, Wu Ming inventa una conspiración involucionista, basada en coger al pueblo en su papel de protagonista colectivo de los grandes desbordamientos y darle la vuelta como un calcetín.

El arquitecto del más singular golpe de Estado imaginable es un ficticio caballero de Yvres, inspirado sin duda en el legendario barón de Batz, a quien se atribuían todas las conjuras monárquicas de la época. Mesmerista declarado, Yvres sostiene que “la voluntad funciona como la electricidad”. Para transmitirla a los demás hacen falta dos requisitos: “acumularla” en torno a una única idea, como si se tratara de una gigantesca pila, “pues los seres humanos tendemos a malgastarla en mil cosas” y “acercarnos a la mente ajena hasta hacer saltar la chispa”.

Lo primero -la “acumulación”- es lo que han aportado desde hace cuarenta años los dirigentes nacionalistas con el planteamiento monolítico y unidimensional de afrontar cualquier conflicto -político, económico, social o deportivo- desde el prisma de la confrontación entre una Cataluña oprimida y una España opresora. Se trataba de que ningún buen catalán “malgastara” su existencia en esas otras “mil cosas” con las que nos distraemos los demás mortales.

Lo segundo -el adoctrinamiento “hasta hacer saltar la chispa”- lo han conseguido las desleales autoridades catalanas mediante los dos grandes instrumentos de hipnosis colectiva que el Estado más estúpido de Europa ha puesto sin control alguno en sus manos: los colegios y los medios de comunicación, tanto públicos como concertados. Sólo era cuestión de tiempo porque, como lúcidamente nos decía el domingo pasado Josep Piqué, “cuando los separatistas sean el 70% no habrá Constitución que los pare”.

La equiparación de la cuenta atrás hacia el 1-O con la trama del libro de Wu Ming es doblemente pertinente, puesto que el nacionalismo moderno no es en su origen -Hanna Arendt dixit– sino la respuesta romántica que la tradición opone a la modernidad; y puesto que, además, el gran acierto de la novela es mostrarnos cómo la revolución y la contrarrevolución no son sino el haz y el envés de una misma manipulación de los sentimientos de las masas, para sustituir al poder establecido por otro acorde con los intereses de los manipuladores. Sólo cuando hayan destruido la España constitucional, estallará la guerra civil independentista entre los sans culottes de la CUP y los convergentes girondinos.

De hecho la novela sitúa la acción en ese momento cenital, cuando los unos ya han guillotinado a los otros y viceversa. El Ejército de los Sonámbulos, organizado para tomar el poder después de Thermidor, está formado tanto por campesinos incultos como por relamidos muscadines, miembros de la “juventud dorada”, con sus elegantes chaquetas y libreas, con sus bastones de empuñadura de ébano o marfil y tan solo sémola o serrín en el cerebro.

Leyendo algunos pasajes del libro -“Eran autómatas, eran seres mecánicos a los que les habían dado cuerda”, “el victimismo los convertía en carne de cañón providencial”- he pensado en la descripción que Cristian Campos hacía el martes en EL ESPAÑOL de esos “burgueses bien peinados y mejor vestidos” que, con más “ingenuidad e infantilismo” que “visceralidad u odio”, asistieron a la Diada, entreverados con payeses de la Cataluña profunda.

Su aire de superioridad, el convencimiento de que nada se interpondrá entre ellos y las urnas de la independencia, se corresponde con la actitud de las cohortes de activistas, programados uniformemente por el caballero de Yvres. Con la misma naturalidad con que los sonámbulos tienen como himno El despertar del pueblo, los sedicentes pacifistas entonan una y otra vez las estrofas sangrientas de Els segadors.

“El pueblo (de Cataluña o de París). Abstracción absurda, pero fuerza real, primigenia”, escribe Wu Ming. “Durmientes que cantaban canciones sobre despertares y despabilamientos delante de otros que habían hecho del pueblo un dios, un ídolo”. Por eso Pablo Iglesias se frota las manos y acusa de generar un “Estado de Excepción” al gobierno que trata de parar el golpe, utilizando la mosca de la corrupción que hay en la sopa, como coartada para jalear a quien lleva camino de romper el plato. Se jacta de ser un “patriota” español, pero no le importa hacer de conde don Julián al servicio de una horda reaccionaria, con tal de que la quiebra del orden social se produzca y la partida se juegue en la calle y no en un parlamento en el que sus trucos y mociones de censura no dan más de sí.

A juzgar por lo sucedido en la última semana y media, desde que Rajoy se rindió a la evidencia de que no tenía más alternativa que exilarse o plantar cara a los golpistas, cualquiera diría que el presidente y sus colaboradores siguen sin entender la naturaleza del enemigo al que se enfrentan. Pretender que Puigdemont se detenga ante una orden del Tribunal Constitucional o una querella del fiscal es como esperar que Kim Jong-un suspenda su programa de ensayos nucleares por las resoluciones de la ONU. Y apostar por su estrangulamiento económico equivale a esperar a que hagan efecto las sanciones de la comunidad internacional contra Pyongyang. La estrategia de Montoro hubiera tenido sentido cuando se anunció el referéndum, no ahora.

Lo que caracteriza a los soldados del Ejército de los Sonámbulos es su capacidad de encajar, impertérritos, cualquier golpe que no los derribe. Ningún alfilerazo duele cuando se deambula hipnotizado. “La fe es el fundamento de la terapia magnética”, alega uno de los discípulos de Mesmer. A los miembros de la Mesa del Parlament, a los consellers, a los síndicos electorales o a los 700 alcaldes que cederán sus locales el 1-0 les basta saber que sus delitos serán amnistiados por la nueva República Catalana.

Y no sólo no les duelen los requerimientos y querellas, sino que la sensación de estar jugando al escondite de forma impune con el Estado aguza su inteligencia. “La mesmerización -añade Wu Ming– no solo confería insensibilidad, sino también la habilidad automática de adivinar los golpes y acciones del adversario”.

Faltan dos semanas para el 1-O y el Ejército de los Sonámbulos sigue avanzando. Rajoy continúa instalado en el fortín de las palabras pero permite, impávido, que un rosario de mítines ilegales vaya congregando multitudes de devotos. Cada día que pasa bajo la égida de esa ilegalidad, el triunfo de su golpe de Estado se vuelve más verosímil. Gana “momentum”, por utilizar el argot electoral americano. Hasta el presidente de la Comisión Europea Claude Juncker verbaliza ya la hipótesis de que se celebre el referéndum y gane el sí; y los sublevados se permiten ofrecer “diálogo” como los sitiadores que dictan las condiciones de la rendición a los sitiados.

Rajoy no puede seguir cometiendo errores de libro de manualidades, como el permitir que se celebrara el acto de Tarragona entre el recochineo del Estado Mayor golpista. Antes de que la campaña, a la vez prohibida y tolerada, alcance su apogeo, será imprescindible suspender en sus funciones a Puigdemont, Junqueras y compañía, establecer una autoridad provisional en Cataluña -sea aplicando la Ley de Seguridad Nacional, el artículo 155 o combinando ambas medidas- y desplegar a las fuerzas de seguridad para evitar el referéndum e impedir desórdenes.

Hemos llegado al punto de no retorno y eso significa que -como también he dicho en TV3- se cumplirá inexorablemente la profecía de ese gran catalán universal que fue Xavier Corberó, cuando meses antes de morir advirtió en EL ESPAÑOL que “a nada que vaya bien, esto terminará muy mal”. Lo único que queda por dirimir es si la peor parte nos la llevaremos todos los españoles o el Ejército de los Sonámbulos.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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