El embrollo afgano

A pesar de las provocaciones de último momento del presidente afgano, Hamid Karzai, su país y los Estados Unidos parecen haber logrado negociar un acuerdo de seguridad bilateral para gobernar las 8,000-10,000 tropas (que en gran parte son estadounidenses) que se quedarán el próximo año en Afganistán. Sin embargo, este país sigue siendo una fuente significativa de incertidumbre – y mucha ansiedad – en una región de por sí inestable.

Aunque el ejército afgano ha tenido un sorprendente desempeño este año, pues se ha preparado para adquirir plena responsabilidad de la seguridad del país, gobiernos en la región siguen viendo con fuerte escepticismo la capacidad del ejército para resistir un resurgimiento talibán sin el apoyo que los Estados Unidos han estado dando. Sin embargo, los estadounidenses tienen el propósito de retirarse y ningún otro país quisiera asumir las responsabilidades a que están renunciando.

En este contexto, el temor a que Afganistán se desmorone nuevamente podría convertirse en una profecía que se cumple a sí misma. De hecho, al ver de cerca varios enfoques hacia Afganistán de gobiernos clave, se descubre que los Estados Unidos son los únicos que mantienen una postura coherente.

La política pakistaní prácticamente se contradice a sí misma. Desde la invasión soviética a Afganistán en 1979, Pakistán percibe el país como una fuente de “postura estratégica” en su vieja enemistad con India. Como resultado, ha estado con las dos partes del conflicto entre los talibanes y los Estados Unidos, y ha permitido a este país hacer bombardeos con drones contra líderes talibanes afganos que se ocultan en las provincias occidentales pakistaníes, pero no hace grandes esfuerzos por confrontar a los talibanes en el terreno. De esta forma, según el razonamiento, Pakistán podía mantener suficiente influencia con los talibanes a fin de poder presionar al gobierno afgano.

No obstante, son los talibanes los que en última instancia reforzaron su posición estratégica en su guerrilla con Afganistán desde Pakistán –una guerra que se ha convertido en una seria amenaza a la seguridad pakistaní. Los talibanes pakistaníes han matado cientos de soldados de Pakistán este año. Además, la nueva estrategia del primer ministro, Nawaz Sharif – de buscar un acuerdo de no interferencia con los talibanes en Pakistán – probablemente conduzca a más violencia interna.

Mientras tanto, India ha estado tratando de contrarrestar la influencia de Pakistán con los talibanes mediante inversiones, entrenamiento militar, asistencia y otros apoyos al gobierno afgano. Sin embargo, esto se traduce en poner todos sus huevos en la misma canasta, el gobierno afgano – una estrategia especialmente riesgosa en un ambiente tan volátil.

La política de China hacia Afganistán también tiene sus riesgos. La República Popular de China ha invertido miles de millones en Afganistán, incluidos 3 mil millones de dólares en pagos de derechos a minas de cobre en Mes Aynak. Aunque China ha ofrecido apoyo retórico a fuerzas internacionales de combate contra el terrorismo en Afganistán, ni siquiera ha aceptado una mínima participación militar. Y el monto destinado a ayuda en la última década ha sido de solo 250 millones de dólares – una suma ridícula dadas las consecuencias potenciales de la inestabilidad afgana para la economía china de 6 billones de dólares.

Con seguridad, China argumenta que está ejerciendo su doctrina de no interferencia en los asuntos internos de otros países. Sin embargo, como el gobierno afgano está solicitando asistencia a toda la comunidad internacional, los chinos no violarían su principio. Además, la política laxa de China podría poner en riesgo sus inversiones en Afganistán – sin mencionar la amenaza de seguridad resultante si unos talibanes rempoderados ofrecieran ayuda o refugio al cada vez más separatista grupo islamista Uighur en la región Xinjiang de China.

La política de Irán hacia Afganistán fue antiestadounidense por reflejo durante gran parte de la última década. Sin embargo, en 2001 el gobierno iraní, encabezado por el presidente reformista, Mohammad Khatami, en esencia consintió la invasión estadounidense a Afganistán, y hasta ofreció ayuda de forma discreta. Irán fue escrupuloso en cerrar su frontera a los talibanes –y en detener a figuras talibanes y de Al Qaeda que buscaron refugio. En efecto, fue Irán el primero que sugirió que Karzai encabezara el nuevo movimiento afgano, y el gobierno de Khatami prometió ayuda por 560 millones de dólares a lo largo de cinco años en la primera conferencia de donantes en Afganistán en la primera parte de 2002.

Sin embargo, el famoso discurso, “eje del mal” del presidente estadounidense, George W. Bush, pronunciado pocos días después en el que mencionaba a Irán como uno de los tres enemigos más peligrosos de los Estados Unidos –provocó una inversión de la política iraní. El sucesor de Khatami, Mahmoud Ahmadinejad, condenó en repetidas ocasiones la presencia de las fuerzas de la OTAN y estadounidenses en Afganistán, e incluso tomó medidas para obstaculizarlas.

Uno espera que el acuerdo reciente sobre el programa nuclear de Irán suponga un regreso a una política iraní más flexible hacia Afganistán –esencial para que haya una solución regional a los problemas afganos. Dicha solución se vuelve cada vez más urgente dado el retiro inminente de los Estados Unidos.

Aunque no será fácil lograr un consenso dada la naturaleza e intereses diversos de los regímenes involucrados. Irán, China, Tayikistán y Uzbekistán, todos son dictaduras –una religiosa, otra de comunismo de mercado y dos de tipo personal. India es una democracia, y Pakistán, una democracia imprevisible. Muy cerca, en Rusia, se observa el creciente protagonismo del presidente Vladimir Putin, que parece quisiera volver a pelear la Guerra Fría con los Estados Unidos, en lugar de construir una relación estratégica viable, que refleje la disminuida realidad de Rusia.

No obstante, todos estos países, (probablemente excepto Pakistán) sí pueden acordar determinados objetivos centrales. Primero, Afganistán no debe convertirse en un paraíso seguro de terroristas. Mullah Mohammed Omar –el líder de los talibanes, supuestamente oculto en Pakistán– tiene que entender que si el movimiento talibán usa cualquier influencia política ganada en Afganistán para apoyar actividades terroristas, enfrentará la unión de la oposición regional.

Segundo, dada su escasa influencia, los vecinos de Afganistán deben apoyarse en países que pueden presionar cualquier futuro gobierno afgano. Por ejemplo, los Estados del Golfo tienen los medios para invertir en una reconstrucción de Afganistán que ofrezca verdaderas oportunidades a todos los ciudadanos –en particular, los jóvenes que no tienen opciones y que a menudo esto los empuja a entrar a los grupos de reclutamiento terroristas. Sin embargo, de forma realista, es poco el potencial para alcanzar un resultado así.

Más importante, los vecinos de Afganistán no deben entrar en dinámicas de poder político al interior del país, con la esperanza de ganar una pequeña ventaja. Ese camino, como hemos visto, solo conduce al caos y esto no beneficia a ningún país.

Jaswant Singh is the only person to have served as India’s finance minister (1996, 2002-2004), foreign minister (1998-2004), and defense minister (2000-2001). While in office, he launched the first free-trade agreement (with Sri Lanka) in South Asia’s history, initiated India’s most daring diplomatic opening to Pakistan, revitalized relations with the US, and reoriented the Indian military, abandoning its Soviet-inspired doctrines and weaponry for close ties with the West. His most recent book is Jinnah: India – Partition – Independence. Traducción de Kena Nequiz.

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