El empleo, factor de justicia

“¿Sientes como chorrea la riqueza?” preguntan con ironía los manifestantes que ocupan Wall Street y partes de los distritos financieros de Londres a San Francisco. No son los únicos que están preocupados. La desigualdad de ingresos es un tema candente, tanto en los campamentos de protesta desperdigados por los Estados Unidos como también entre los manifestantes que han salido a las calles de Taipei, Tel Aviv, El Cairo, Atenas, Madrid, Santiago y otros lugares.

En casi todos los países, incluso en China, la desigualdad ha llegado a un punto tal que es imperioso reducirla. En esto coinciden los manifestantes, los expertos y los políticos de centroizquierda (es casi lo único en lo que están de acuerdo). Pero el debate sobre las causas de la desigualdad es complejo, a menudo caótico; y en cuanto al modo de resolver el problema, puede ser más complejo aún.

En los países ricos del norte globalizado, la brecha creciente entre los ricos y los pobres tiene sus orígenes en el cambio tecnológico, en la globalización y las fechorías de la banca de inversión. En los países no tan ricos del sur, la desigualdad es en gran medida consecuencia de un problema más tradicional: la falta de oportunidades de empleo para los pobres.

En un libro que saldrá publicado en breve, Cristóbal Huneeus (economista de la Universidad de Chile) y yo examinamos las raíces de la desigualdad en Chile y otras partes de América Latina y extraemos de ese examen tres recomendaciones de política: empleo, empleo, empleo. A lo largo del último cuarto de siglo, Chile supo consolidar la democracia, triplicar el ingreso per cápita y alcanzar los niveles de vida más altos de América Latina, incluyendo una cobertura casi universal en salud, educación y pensiones para la vejez. Sin embargo, la brecha entre los ingresos laborales de ricos y los pobres apenas se ha movido.

En Chile (y en otros países), el debate sobre la desigualdad suele girar en torno de cuánto dinero ganan quienes trabajan. Según las encuestas nacionales de hogares, un trabajador chileno que cobra el salario mínimo se lleva a casa 300 dólares por mes, mientras que un profesional en el 10% superior de la escala de ingresos suele obtener unos 2.400 dólares por mes. Pero esta diferencia de ocho veces es apenas la punta del iceberg de la desigualdad.

Porque resulta, además, que el trabajador pobre vive en un hogar donde, en promedio, sólo 0,5 personas tienen empleo; es decir, harían falta dos familias para asegurar una fuente de ingresos constante. Por el contrario, en el hogar del profesional más pudiente, el promedio de personas empleadas es cercana a dos.

Si a esto le sumamos algunas otras diferencias (la principal: las familias pobres tienen más hijos), el resultado será que el 10% más rico de los hogares gana en realidad 78 veces más (per cápita) que los del extremo inferior. Estas cifras explican por qué en las escalas internacionales de desigualdad Chile aparece siempre bastante arriba, a pesar de los logros alcanzados en otros ámbitos.

Dicho de otro modo: no sólo los salarios están mal distribuidos, sino también las oportunidades de empleo. Combínense ambos problemas y el resultado es una disparidad de ingresos de entre las mayores del mundo. Y no vaya a pensarse que Chile es un ejemplo aislado. Sudáfrica, otro país que se enorgullece por su ejemplar transición a la democracia, padece el mismo problema (aunque en su caso es aún peor). En América Latina, países como Colombia y Brasil (entre otros), también enfrentan una combinación similar: bajas tasas de empleo y altos niveles de desigualdad.

Las víctimas principales de este estado de cosas son las mujeres y los jóvenes, cuyos índices de desempleo son mucho peores que los de la población general. En muchas  familias pobres de Chile y otras partes de América Latina, la jefa de hogar es una mujer, que sólo cuenta con educación primaria y que tiene hijos pequeños, acceso limitado a servicios de guardería y pocas oportunidades laborales.

Éstas son las malas noticias (y son realmente malas). La buena noticia es que para reducir la desigualdad la única vía nos es modificar toda la estructura de salarios: podrían obtenerse resultados en menos tiempo creando puestos de trabajo para los pobres. En el mediano plazo, los salarios dependen de la productividad, que a su vez está íntimamente vinculada con la oferta de educación y formación de mejor calidad para los pobres (algo que sin duda los países latinoamericanos necesitan). Sin ir más lejos, Chile estuvo inmerso gran parte del año pasado en un acalorado debate nacional sobre cómo mejorar la educación.

Pero aunque las reformas educativas son urgentes e importantes, para ver sus frutos hay que tener mucha paciencia. Por contraste, las modificaciones en el empleo pueden reducir la desigualdad en menos tiempo (y el efecto puede ser grande). En nuestro libro mostramos que si los hogares pobres de Chile tuvieran el mismo acceso a puestos de trabajo que la clase media, la brecha entre ricos y pobres se reduciría a la mitad.

¿Cuál es, entonces, el mejor modo de crear oportunidades de empleo para los pobres? Una economía en crecimiento con poca inflación y financieramente estable es una condición necesaria, pero no suficiente. Se necesita también un marco laboral que favorezca la creación de empleos y lo que los países escandinavos denominan “políticas activas de mercado laboral”: una combinación de información, capacitación y subsidios que ayude a superar las fallas de mercado –a menudo muy profundas— que perjudican a los trabajadores jóvenes con habilidades y experiencia limitadas.

El problema es más político que económico. En la mayoría de los países latinoamericanos existe una larga tradición de desconfianza mutua entre los empresarios y los trabajadores; es sumamente difícil lograr que ambas partes consensúen cambios a las reglas del mercado laboral. Además, como muchos jóvenes desempleados no están registrados para votar, darles acceso al empleo está lejos de ser una de las prioridades del establishment político.

Igualdad a través del empleo: aunque como eslogan tal vez no sea el más llamativo, no sería mala idea pintarlo en banderas y lienzos y hacerlo ondear en las plazas y los parques ocupados, desde Wall Street hasta los más lejanos confines del planeta.

Por Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile y profesor visitante en la Universidad de Columbia. Traducción: Esteban Flamini.

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