El engaño del pacto fiscal

Vaya por delante lo obvio: deseo que la Generalitat reciba más dinero cuando toque revisar el actual sistema de financiación de las comunidades autónomas de régimen común, acordado para el periodo 2009-2013. Lo digo porque hoy parece que, en la política catalana, no haya alternativa al vaporoso enunciado del pacto fiscal que tan bien pregona CiU. Y me sorprende mucho que tanto PSC como ICV-EUiA, dos fuerzas federalistas, den por enterrada la actual financiación que con tanta fatiga lograron cuando gobernaban la Generalitat. Particularmente los socialistas catalanes, que estuvieron cerca de romper con el PSOE por esta cuestión. Y es que las izquierdas deberían ser más beligerantes en la defensa de sus años de gobierno, sin que ello signifique renunciar a nuevas mejoras o a apoyar a CiU si conviene.

Además, los resultados del actual modelo empiezan justo ahora a conocerse. La liquidación final correspondiente al primer año, hecha pública a finales de julio por el Ministerio de Economía, refleja que el acuerdo cumple y mejora sustancialmente todas las previsiones realizadas en su día, tanto en ganancias absolutas (2.421 millones euros) como en financiación por habitante (incremento del 18%) o en posición relativa de Catalunya respecto de la media de las comunidades (alcanzando el 106% si se contabilizan otros 435 millones para competencias específicas). Así pues, me sorprende tanta tibieza en la oposición, porque es evidente que CiU está haciendo del pacto fiscal una estrategia con la que reforzar su hegemonía, imponiendo a los demás su agenda política.

Ahora bien, la cuestión principal es que nadie sabe en qué consiste con precisión el tan cacareado pacto, al que se añade siempre el cascabel de «en la línea del concierto económico». Y no se sabe, entre otras cosas, porque la federación nacionalista quiere siempre estar en condiciones de defender una cosa y su contraria. Cuando estaba en la oposición se opuso ferozmente a la nueva financiación con el argumento de que solo el concierto podía dar satisfacción a las necesidades de Catalunya. Quien tanto sentido de la responsabilidad exige hoy a los otros no quiso en su momento sumarse a un pacto que mejora ostensiblemente las finanzas de la Generalitat. Su principal virtud, como ya se ha explicado en otras ocasiones, es que introduce por primera vez una lógica federal en el reparto de los recursos, en la senda del siempre citado modelo alemán. Aun así, CiU desdeñó el acuerdo con todas sus fuerzas porque no podía aceptar el éxito del tripartito y quiso probar si, elevando el listón reivindicativo, atraía a su redil a la vacilante ERC. Luego, ya en el trámite en las Cortes, Duran Lleida hizo todo lo posible para que la modificación de la ley que regula la financiación autonómica, la LOFCA, fracasase, sumando sus votos a los del PP. Es curioso que estas cosas se recuerden tan poco en Catalunya, como también esta doble vara de medir que utilizan algunos. A los socialistas se les crucifica por su tibieza en la exigencia del adelanto del fondo de competitividad, mientras que a CiU se le perdona, sin más, su renuncia a toda una nueva financiación.

Pero a las puertas de las elecciones autonómicas Artur Mas dejó de hablar de concierto económico para utilizar progresivamente la fórmula de pacto fiscal, aunque durante algún tiempo la contradicción se maquilló utilizando indistintamente ambas expresiones. Tal vez por eso, ahora CiU ha añadido a la idea de pacto el latiguillo del concierto. El abandono de lo que antes parecía irrenunciable es muy revelador del tacticismo nacionalista, aunque ahora mismo ya se están volviendo a escuchar declaraciones maximalistas. En cualquier caso, puesto que el concierto para Catalunya es constitucionalmente muy problemático y políticamente resulta inviable, Mas sabe que no tiene otra opción que volver a mejorar lo ya conseguido por las izquierdas en el marco de la LOFCA. Pero como no puede reconocerlo, se inventa un nombre rimbombante, pacto fiscal, ya que implícitamente todo acuerdo financiero es siempre un pacto de fiscalidad.

Llegados a este punto, me parece que el engaño es triple. Por un lado, consiste en hacer creer a los catalanes, mediante un uso ambiguo del lenguaje, que si CiU es decisiva tras el 20-N logrará arrancar un régimen financiero especial para Catalunya, al margen de la LOFCA.

Y al margen, subrayémoslo también, de lo que dice el Estatut, que CiU apoyó. Por otro, que dicha negociación puede efectuarse inmediatamente, en el 2012, cuando la revisión del actual modelo para el próximo quinquenio (2014-2018) queda todavía muy lejos. En este sentido, tanto Mariano Rajoy como Alfredo Pérez Rubalcaba han manifestado su negativa a adelantar la modificación de la LOFCA, dado que aún está por ver qué resultados globales ofrece. Y, finalmente, el engaño recae también sobre el electorado soberanista, al que los portavoces de CiU, como Francesc Homs o Jordi Turull, engatusan con retóricas secesionistas mientras el president Mas enfría los ánimos y recuerda que plantear ahora la independencia sería «un fraude». ¿O debería decir engaño?

Por Joaquim Coll, historiador.

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