El enigma de Mister Niet

Si la pasada semana tuve que reflejar la mezcla de perplejidad y estupor que me produjo escuchar a Albert Rivera instando, en el más puro estilo rajoyesco, a los que quisieran pactar con Sánchez a “fundar otro partido”, ahora, tras su negativa a siquiera reunirse con el presidente, en su nueva ronda de consultas ante la investidura, debo reconocer que me froto los ojos y no doy crédito a lo que veo. ¿Qué más le queda por hacer al líder de Ciudadanos para renegar del ADN del liberalismo?

Cuando en la campaña de 2015, Pablo Iglesias arremetió contra él, denunciando que «Albert Rivera no es de derechas ni de izquierdas, sino de lo que haga falta», yo repliqué con el elogio que Montaigne vierte sobre Alcibíades, «capaz de transmutarse en formas tan distintas… tan comedido en Esparta como voluptuoso en Jonia».

De igual manera que esa capacidad camaleónica del joven general y político ateniense convertía su vida, en opinión del señor de la Montaña, en «la más rica para ser vivida entre los vivos», la flexibilidad política, esa disposición a entenderse con unos y otros, que tanto irritaba a Iglesias, hacía de Rivera el mejor activo de la nueva política. No es que Rivera fuera «de lo que hiciera falta»; es que Rivera era “lo” que hacía falta.

La irrupción de Rivera en la política nacional, tras su abnegado aprendizaje en Cataluña, había supuesto, de hecho, una esperanza equivalente a la llegada de Alcibíades, entre pífanos y guirnaldas, al célebre banquete de Sócrates con algunos carcamales atenienses, que relató Platon. Ni su carisma ni su audacia dejaban indiferentes a nadie en aquella España duopolizada por la vieja política.

El enigma de Mister NietMi planteamiento era, y sigue siendo, que un liderazgo democrático transformador emana de la «noble mentira» -así la definía Platón- de que, mientras la gran mayoría de los hombres están hechos solamente de barro, los dioses amalgamaron unas pepitas de oro, cuando modelaron a unos pocos marcados por el destino. Como había ocurrido con Suárez o González, con sus admirados Jack o Bobby Kennedy, con sus referentes Trudeau o Macron, antes de llegar al poder, Rivera era percibido entonces como una especie de golden boy, capaz de regenerar el aire viciado de nuestra democracia, como una brisa de primavera.

La promesa parecía cumplirse cuando sus primeros 40 escaños en el Congreso le permitieron suscribir el ‘pacto del abrazo’, con el mismo Sánchez con el que ahora ni se ajunta ni se habla. De no haberlo frustrado Pablo Iglesias -sólo tenía que abstenerse -, aquel acuerdo, minuciosamente construido sobre 200 propuestas comunes, habría engendrado el primer gobierno de coalición de carácter transversal en España, desde el liderado por Espartero y O’Donnell, tras aquel otro abrazo que cerró, en la Puerta del Sol, la revolución de 1854.

La repetición de elecciones, propiciada por Podemos, consolidó a Rajoy y bloqueó ese proyecto nupcial por la mengua simultánea de la dote de los contrayentes. Lo que con 130 escaños (90+40) resultaba más que arduo, con 117 (85+32) pasó a ser imposible. Entonces Ciudadanos demostró su versatilidad como bisagra -según sus detractores, como veleta-, virando hacia el PP y apoyando la investidura de Rajoy, a cambio de seis condiciones tan tasadas como, a continuación, incumplidas.

Es cierto que eso suponía desdecirse de lo reiterado durante la campaña y que uno de los representantes de fondos de inversión con los que mantuve entonces una tormenta de ideas en Londres auguró que «el día que pacte con Rajoy, se acabará el mito de Rivera». Pero la percepción de la utilidad de Ciudadanos, a la vez como «partido moderador» que atemperaba el conservadurismo del PP y como «partido dinamizador» que impulsaba sin descanso la agenda regeneracionista, mantuvieron su cotización al alza durante todo 2017 y la dispararon tras los acontecimientos de octubre en Cataluña.

La clarificación ideológica que supuso su identificación con el liberalismo, la entrada en ALDE y los vínculos con el triunfador Macron, contribuyeron a situar a Rivera en cabeza de los sondeos. De hecho, en los meses anteriores a la moción de censura de Sánchez, todo sugería que íbamos a asistir a un viaje de regreso a los viejos buenos tiempos de UCD, con un centro hegemónico, una derecha empequeñecida y un PSOE como plato de segunda mesa.

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Rivera ya estaba formando su gobierno en la sombra, cuando el golpe de audacia de Sánchez le cogió con el pie cambiado. Tal era su convencimiento de que la moción de censura no prosperaría o de que, si prosperaba, supondría la tumba inexorable de su promotor, que ni siquiera accedió a reunirse con él para discutir en qué condiciones podría sumarse. Ábalos ha comentado y, tal y como estaban las cosas me lo creo, que ofreció a Villegas pactar la fecha de unas elecciones inmediatas, a cambio de desalojar conjuntamente a Rajoy, con el sólido argumento de su acreditada responsabilidad en la corrupción del PP.

Fue el primer ‘no’ de Rivera y, a mi entender, su primer gran error estratégico pues, como mínimo, debía haber escenificado una negociación con Sánchez. Aunque no hubiera fructificado, habría reforzado su protagonismo desde la centralidad.

Aquel cerrarse en banda de Rivera arrojó a Sánchez en brazos de Iglesias, el PNV y los separatistas. Lo mismo que lleva camino de suceder ahora. Nunca sabremos si fue primero el huevo o la gallina, pero cuando Rivera insta a Sánchez a acordar la investidura y formar gobierno «con sus socios», él podría replicarle que sólo lo han sido, y lo serán, porque ocupan las sillas que estaban reservadas a Ciudadanos.

Rivera creyó que el periodo de mayoría Frankenstein, que siguió al triunfo de la moción, le permitiría enterrar a Sánchez en el oprobio de su colaboración con los golpistas y que la división del PP, tras el triunfo contra pronóstico de Casado, le transformaría en el líder de la oposición de facto. De ahí la dureza de su reacción a cada gesto de condescendencia de Sánchez, incluso a cada invocación al diálogo con el separatismo.

El problema de Rivera es que nunca hubo un casus belli, suficientemente grave a los ojos de los votantes, para castigar de forma rotunda a Sánchez. Los dos episodios que él invocó en la entrevista que concedió en marzo a EL ESPAÑOL -la declaración bilateral de Pedralbes y la destitución del abogado del Estado que quería acusar por rebelión y no por sedición- son, en efecto, páginas negras en la trayectoria del líder del PSOE, pero no han tenido consecuencias sustanciales o mucho menos irreversibles. Al final, Sánchez disolvió las Cortes para no tener que ceder a las exigencias del separatismo y eso es lo que quedó flotando al acudir a las urnas.

En mi última Carta, expliqué cómo el Síndrome del Estrés Post-Traumático está afectando a Rivera y su guardia pretoriana, tras su lacerante experiencia personal en Cataluña. Eso ha generado en el grupo una especie de necesidad de que Sánchez se comporte de acuerdo con el guión, que dicen temer, pero cualquiera diría que desean, para quedar legitimados y fortalecidos, en medio de la catástrofe de una aceleración del proceso de destrucción de España.

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La abrupta respuesta de Aquiles a Héctor, antes de su combate final, «no me hables de pactos, entre hombres y leones no caben los juramentos vinculantes», sigue rígidamente en vigor tras la campaña electoral. El «queremos echarlos… y punto» que profirió, delante de mí, aquella mañana, cuando ya se olía la sangre de los mítines, bloquea aun la mente de Rivera, pese a que el veredicto popular obliga a aplazar su ejecución, quien sabe si cuatro años más.

Lo desconcertante es que remita a sus seguidores a 2022 0 2023, justo en el momento en que la aritmética electoral permite al centro liberal, por primera vez en cuarenta años, determinar el rumbo de la política española. Ahora que la suma sería 180 (123+57), el hace sólo tres años firmante del «pacto del abrazo» no sólo elude plantear el «gobierno de coalición» que, con quince galones menos, reclama machaconamente Iglesias, sino que ni siquiera se aviene a explorar un acuerdo de mínimos que facilitaría la investidura de Sánchez, como facilitó la de Rajoy.

Al parecer una de las claves, reiterada a menudo ante la dirección de Ciudadanos, es que, frente a la imagen de saltimbanqui que propagan sus adversarios, Rivera busca un aura de «fiabilidad», equivalente a la que tenía Aznar en los 90. El problema es que, al tomar como referencia los compromisos retóricos adquiridos al calor de los mítines, se ha convertido no en valedor, sino en rehén, de sus palabras.

Porque, claro, Rivera no sólo no puede, según ese baremo, pactar con lo que él llama «el sanchismo», sino tampoco con Vox, ni, por supuesto, con Iglesias o los nacionalistas. Si a ello  unimos su papirotazo a Valls por impedir, apoyando con la nariz tapada a Colau, la consagración de Barcelona como capital indepe y sus desplantes a Casado –desde la negativa a las listas comunes al Senado hasta el rechazo a la foto conjunta con Esparza-, para intentar suplantarle como alternativa, resulta que la más inaudita metamorfosis, ha transformado a aquel prometedor comodín de la tolerancia y la transacción en un antipático remedo del Andrei Gromiko que, representando la intransigencia soviética, se ganó a pulso el remoquete de “Mister Niet”. El señor No.

A esa conducta se refería sin duda este viernes un decepcionado Aznar, al poner en la picota a la “nueva política”: “Se decía que impulsaría la cultura del acuerdo, pero nunca como ahora han tenido menos éxito las apelaciones al interés general”. ¿Escucha hoy a alguien Rivera más allá de su camarilla endogámica?

Sánchez podría dedicarle la mítica canción de Michel Polnareff sobre la muñeca monosílaba, que arrasaba en las listas de éxitos, cuando ninguno de los dos había nacido: ”C’est une poupée, qui fait non, non, non/ Toute la journée, elle fait non, non, non/ Sans même ecouter, elle fait non, non, non/ Sans me regarder, elle fait non, non, non”.

Es verdad que si se consuma el pacto tácito de María Chivite con Bildu –mucho más infamante que ninguno de los de igual índole que vinculan a Rivera con Vox- la tozudez en hacer tragar a Sánchez su propia medicina del “no es no” parecerá, súbitamente, justificada. Pero incluso en ese escenario, cuando decaiga la marea de la indignación inicial, habrá que preguntarse porque no se intentó proteger a Navarra, mediante un pacto de abstenciones.

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No será sino la última concreción del enigma de Mister Niet. ¿Por qué, Albert, por qué?, claman desde las sombras del pasado todos los líderes y seguidores del CDS, el Partido Reformista o UPyD que anhelaron tener una ocasión como la suya y ese 70% (Sigma 2) o más bien 81% (SocioMétrica) de los propios votantes naranjas que, según sondeos coincidentes, prefieren la abstención de Ciudadanos a la dependencia de Sánchez de los que Rivera llama “sus socios”.

Conviene leer la documentada pieza que hoy publica Daniel Ramírez. Pero en la medida en que viene cundiendo la maledicencia de quienes hacen coincidir, allá por noviembre, el inicio de este encogimiento político, con los cambios en su entorno personal, y no siendo esa una senda por la que jamás vaya a adentrarme, ofreceré una explicación psicosomática complementaria a la del trauma catalán. Me refiero a la atiquifobia, kakorrafofobia o miedo al fracaso.

Luis Sánchez Merlo lo explicaba este sábado con su brillante analogía de la película El nadador. Cualquiera diría que lo que atenaza a Rivera es el miedo a tirarse a una piscina sin agua. O a una piscina con tanta agua en la que termine por ahogarse. El miedo a convertirse en otro «hombre que no llegó», tal y como definió Ximénez de Sandoval a Alcalá Galiano, que lo fue casi todo menos jefe de Gobierno. Tal y como podríamos definir a nuestros contemporáneos Bono, Esperanza Aguirre o Rubalcaba.

Pero ese pánico a cometer errores que le impidan traspasar el dintel de la puerta del poder a la que cree haber llegado, puede hacerle incurrir en el mayor error de todos. Porque, como sostiene J. K. Rowling, “es imposible vivir sin fracasar en algo, a menos que vivas tan cuidadosamente que dé lo mismo que estés viviendo; y, en ese caso, habrás fracasado por defecto”.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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