¿El enigma ruso?

Por Richard Sakwa, Universidad de Kent, Canterbury. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 03/09/06):

¿Tenemos un enigma ruso, o el enigma es la incapacidad fundamental de Occidente de aceptar a Rusia como es? Rusia evoluciona de manera compleja y contradictoria, y actualmente hay pocas cosas en Rusia que no se puedan encontrar en otros sitios. Entonces, ¿por qué existe un problema ruso a juicio de algunos políticos y comentaristas occidentales? El esfuerzo casi obsesivo de Occidente de empeñarse en que Rusia se ajuste a una versión idealizada de su democracia suscita tantos interrogantes sobre la naturaleza del orden político vigente en Occidente como sobre la propia Rusia.

No estoy diciendo que Rusia tiene una democracia que funcione espléndidamente, pero sí posee un sistema perceptiblemente democrático. Parafraseando la opinión de Bismarck de que Rusia nunca es tan fuerte o tan débil como parece ser, Rusia no es tan mala y deficiente ni tan buena y positiva como sus críticos o amigos afirmarían. Lo cierto es que Rusia se halla inmersa en un proceso complejo de reconstitución social y reorganización política y aún es demasiado pronto para saber cómo acabará esta importante aventura.

Las voces críticas se valieron de la oportunidad ofrecida por la presidencia rusa del G-8 para apuntar que Rusia no merece pertenecer a este grupo de países democráticos. En Estados Unidos llegaron incluso a sugerir que fuera expulsada. ¿Por qué? En primer lugar, señalan que el Estado controla los principales medios de comunicación, sobre todo las tres cadenas principales de televisión. No cabe duda de que en los últimos años el debate ha perdido intensidad, en tanto que las críticas son cada vez más esporádicas. Pero al propio tiempo, los aspectos más negativos del pasado, cuando los oligarcas rivales se valían del instrumento de los medios para librar sus batallas políticas y económicas, son cosa del pasado. Rusia posee una de las leyes de prensa más avanzadas del mundo. Cuenta con unas 40.000 publicaciones, 600 cadenas o emisoras de televisión y libre acceso a internet.

Por lo que se refiere a la evolución del sistema político, desde su llegada al poder, en el 2000, el presidente Vladimir Putin ha hecho todo lo que ha podido para estimular un sistema representativo más fuerte, mientras procuraba que los partidos extremistas no tuvieran una plataforma para hacerse oír. Partidos abiertos y reformistas como Yabloko o la Unión de Fuerzas de la Derecha no consiguieron entrar en el Parlamento en el 2003 no por presiones del régimen, sino por sus fracasos programáticos y, sobre todo, por su incapacidad de unirse. La aparición de un partido como Rusia Unida es comparable a la del PDL en Japón. El régimen sigue el desarrollo de las elecciones.En particular, el delegado de la Administración presidencial, Vladislav Surkov, esponsable del proceso político, ha impulsado la que cabría denominar democracia gestionada.Surkov la llama democracia soberana e insiste en que Rusia permanecerá leal a la democracia, aunque a su manera.

Una cuestión que llama la atención en Occidente ha sido el nombramiento de gobernadores. Las elecciones en el pasado se caracterizaban por la corrupción y el uso de tecnologías políticas para derrotar a los oponentes y confundir a los votantes, permitiendo que algunos criminales ganaran elecciones; hoy en día los gobernadores son elegidos por sus méritos y preparación. El nombramiento presidencial debe ser aprobado por legislaturas regionales, y en consecuencia el parlamentarismo local se ha reforzado. Sin embargo, las elecciones regionales eran un instrumento esencial para que la gente expresara sus preferencias políticas. En general, la reforma de Putin del sistema federal ha permitido superar la fragmentación del país de la etapa de Yeltsin, pero a costa de una excesiva centralización.

El caso Yukos ha provocado un alud de críticas y no existe duda alguna de que el juicio de Mijail Jodorkovsky y sus colaboradores estuvo plagado de irregularidades. Yukos fue responsable de impulsar modelos agresivos de minimización fiscal, pero, sobre todo, la empresa representaba un desafío político a las prerrogativas del Estado en la elaboración de la política económica, el trazado de los oleoductos y la gestión de los recursos.

En política exterior, Putin ha seguido el programa del nuevo realismo. Al tiempo que la política de Rusia permanece dentro de la amplia tradición neorrealista, Putin insiste en que Rusia debe unirse a la comunidad de naciones occidentales, pero a su manera. Rusia, según su punto de vista, seguirá siendo una gran potencia, pero una gran potencia normal – esto es, sin reivindicar ser el centro de un bloque alternativo ideológico o geopolítico-. Cooperará con China, pero teme quedarse atrapada en una alianza antioccidental con ella. Las aspiraciones soviéticas de liderazgo mundial han desaparecido. Rusia no se constituye como alternativa a Occidente; pero sí reivindica autonomía. Hoy puede sustentarse gracias al petróleo y se está fomentando la noción de que se está convirtiendo en una superpotencia energética,aunque no está claro lo que ello quiere decir. Putin en algunos aspectos es el De Gaulle de nuestros días, y Rusia, como Francia, desea formar parte de Occidente, pero desde su propia perspectiva. Mientras Occidente quiere que Rusia sea un socio menor, ésta insiste en que es una potencia singular por derecho propio.

Ello explica probablemente el enigma del enfoque archicrítico de Occidente sobre la nación, que en Rusia se percibe como hipócrita. Occidente ha sentido a Rusia como una difícil presencia a lo largo de trescientos años, y no ha logrado aún encontrar una relación cómoda con esa civilización singular. Rusia no es especialmente enigmática. El país no es ni un enemigo automático ni un amigo natural de Occidente. No hay necesidad de una nueva guerra fría, pero debe explicarse el enigma de por qué Occidente está haciendo todo cuanto puede para endosar la idea de que el mundo podría verse de nuevo atrapado en un conflicto tan estéril como innecesario.