El enigmático minimalismo merkeliano

Seguramente todos los políticos —aunque no solo ellos, también otros sujetos con poder y autoridad— sueñan con hacerse famosos por una frase o un dicho, y, como dice la hermosa expresión, entrar en los anales de la historia. Ha habido personajes históricos a los que se les han atribuido frases como “¡Un caballo, un caballo! ¡Mi reino por un caballo!” (Ricardo III, Shakespeare, 1597) o “Heme aquí. No puedo hacer otra cosa” (Martín Lutero en Worms, 1521). Inolvidable para nosotros, alemanes de la posguerra, es “¡Soy berlinés!” (John F. Kennedy, 1963). El excanciller Helmut Schmidt, fallecido el pasado noviembre, solía pronunciar frases sonadas. Se le recuerda como Schmidt El bocazas,y también porque fumó hasta su último aliento, incluso en sitios donde estaba prohibido. Nadie se lo tomaba a mal.

Aunque ahí estaba también Helmut Kohl: “Los perros ladran. La caravana sigue su camino” (1982) y “Lo importante es el resultado” (1984). En nuestros días se recuerda aún la pertinente exhortación “Derribe este muro” (Ronald Reagan ante la Puerta de Brandemburgo, 1987), o la sentencia “La vida castiga a quien llega tarde” (Mijaíl Gorbachov durante una visita a la RDA, otoño de 1989).

A los alemanes nos cautivó no solo la genuflexión de Willy Brandt en Varsovia, sino también su visionaria y entrañable declaración “Ahora crece junto lo que pertenece al mismo tronco” (9 de noviembre de 1989). Asimismo, el gran Gerhard Schröder permanecerá por siempre en nuestro recuerdo con su “¡Quiero entrar!” (proferido ante la verja de la entonces cancillería en Bonn cuando era un joven estudiante socialista rebelde), o “¡Si no me traen una cerveza, a la huelga de cabeza!” (pronunciado en 2000 a ritmo de rap durante una fiesta de verano).

En los últimos años, en Alemania se ha hecho el silencio. ¿Cómo ha sido eso? ¿Es que el gato le ha comido la lengua a la élite política? Las manifestaciones aptas para ser citadas han escaseado. Quizá una de las razones sea que la veterana canciller Angela Merkel, que encara ahora su cuarta legislatura, es una maestra de la insinuación y el minimalismo. Merkel es todo lo contrario de grandilocuente. No le gusta pronunciar discursos y, cuando lo hace, su canto es monocorde. No es en absoluto pomposa. Su discreción resulta torpe, pequeñoburguesa. Sin embargo, es inconfundiblemente Merkel, pero por otras razones. Las americanas de color y los pantalones negros o blancos la distinguen. El corte de pelo tampoco ha cambiado. Únicamente en vacaciones se encasqueta una gorra de béisbol.

La canciller es famosa por muchas cosas, como, por ejemplo, su rombo, es decir, su manera de formar un cuadrilátero distorsionado con las manos. ¿Por qué lo hace? Porque le proporciona apoyo y estabilidad. Además, no es un gesto tan huraño como los brazos cruzados que, sobre todo en el caso de las mujeres, quedan fatal.

La historia bulle a su alrededor. La crisis financiera, la del euro, la de Ucrania, el Brexit y, para colmo, la crisis de los refugiados, que lo ha puesto todo patas arriba en Europa. Merkel ha seguido siendo ella misma. Ha perseverado. Ha sido optimista; ha hablado de la cohesión de los europeos cuando estos no dejaban de hacerle la peineta. Ha dejado de poner paños calientes.

El año pasado fue proclamada de nuevo una de las mujeres más poderosas del mundo y, en los sondeos, los alemanes han estado siempre de su parte. Ahora los analistas hablan del “ocaso de Merkel”. Y todo por una única frase que llevará marcada a fuego por los siglos de los siglos. Minimalismo merkeliano: “Lo conseguiremos”. Una frase trivial y, sin embargo, abrumadora. Porque, ¿quiénes lo conseguirán?, ¿qué quiere decir “conseguir”?, ¿y qué es lo que se conseguirá? Los alemanes seguirán haciendo conjeturas hasta las próximas elecciones.

Andrea Seibel dirige la sección Forum de la empresa alemana de informativos multimedia WeltN24. Traducción de News Clips.

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