El enigmático precio de las cosas

En mi temprana juventud fui un ardoroso enemigo de la sociedad de consumo hasta que, a medida que mis opiniones se perdían en el desierto de las prédicas, advertí que estaba disfrutando de bienes y servicios que, de no ser por la existencia de la sociedad de consumo, jamás me hubiera podido permitir, desde la lavadora hasta el automóvil, desde el aire acondicionado hasta Internet. Un poderoso noble del siglo XVII vivía con mayor incomodidad que un trabajador especializado del siglo XXI. Tendría muchos criados, y tierras, y hasta tropas, pero le costaba casi tres días cubrir el trayecto de Sevilla a Madrid o se tenía que calentar con braseros en las habitaciones, amplias, con pesados y costosos cortinajes, pero terriblemente frías y difíciles de calentar. Es verdad que disfrutaba de un aire puro y sin contaminar, pero se solía morir antes de cumplir los sesenta años.

Ahora, lo que me preocupa de la sociedad de consumo, no es su existencia, sino su regulación, que no sólo se puede dejar al albur de la libre competencia, porque existen monopolios y trapacerías fiscales y otras picarescas. Y hay un aspecto que puede parecer frívolo, pero que a mí me atrae con esa fuerza que tienen los misterios y los enigmas: el extravagante precio de las cosas.

el-enigmatico-precio-de-las-cosasHace poco, el sencillo accesorio de carga de mi tableta se quedó en la habitación de algún hotel. No se trata de un aparato complejo y sofisticado, sino de un cable con dos bornes y un enchufe. Es verdad que el enchufe tiene una oquedad para uno de los bornes, pero no lleva pilas de litio, ni nanotecnología de costosa investigación, porque el enchufe ya está inventado y el cable también. Bueno, pues me cobraron 20 euros, que aunque el cable fuera de iridio, me hubiera parecido excesivo, porque la longitud es de unos treinta centímetros. Un precio, aislado, es difícil de que provoque rechazo rotundo, pero un lavavajillas automático de marca conocida se puede adquirir por algo más de 200 euros, es decir el equivalente a diez, doce accesorios de cable. Hay que tener en cuenta que el lavavajillas lleva acero inoxidable, chapa esmaltada, un motor y un pequeño ordenador para regular tiempos y formas. ¿De verdad es comparable? ¿Alguien me cambiaría diez cables de cargador de tableta por una lavadora automática?

Cuando voy a ver a mi madre, a Zaragoza, tomo el AVE. El tiempo que tarda en recorrer los 320 kilómetros es de una hora y dieciséis minutos, si no para en Calatayud y Guadalajara. Vivo en las afueras de Madrid y tomo un taxi para que me lleve a la estación. La tarifa del taxi es muy parecida a la del billete del AVE, con la diferencia de que el tren se desliza en ocasiones a 280 kilómetros por hora, y al taxi recorrer los 17 kilómetros que hay entre mi casa y Atocha le cuesta unos cuarenta o cuarenta y cinco minutos. Se argüirá que el AVE es un transporte colectivo y el taxi es un servicio individual, pero me sigue pareciendo desproporcionado que tomar el taxi para ir a la estación del AVE tenga un precio semejante a desplazarme en AVE desde Madrid a Zaragoza.

El año en que mi futuro yerno iba a licenciarse en Edimburgo alquilé un coche en Londres y, como tengo experiencia de lo enrevesado que es para los que no vivimos en el Reino Unido conducir por la izquierda, exigí que fuera de cambio automático, porque si, además de estar atento a adelantar por la diestra, tenía que cambiar de marchas, podíamos acabar mi mujer y yo en un hospital británico. Eran los años en que, en Europa, el cambio automático solo venía acoplado a los coches de alta gama, y me endosaron un Volvo, último modelo, que acepté porque el precio era bastante razonable. Creo que un poco antes, en Túnez, durante unas vacaciones, alquilé un coche para comprobar que el Imperio de Roma había llegado a todo el norte de África, y me dieron un Ford Fiesta elemental, que tenía cuatro ruedas y motor, ni una concesión a la comodidad, ni un dispendio en el que se pudiera intuir algo lejanamente parecido al lujo… y me costó ¡más caro que el Volvo londinense!

El desconcertante precio de las cosas me subyuga por lo impredecible de su aparición. Y por su vocación de persistir. El paquete de patatas fritas pertenece a ese segmento de la facilidad con que lo exagerado se convierte en crónico. Un kilo de patatas fritas vale lo mismo que un filete de merluza fresca de 250 gramos. Claro, claro, está la bolsa que lo envuelve, la distribución… Pero es mucho más difícil encontrar una merluza que una patata, a no ser que tú seas una merluza. Y hay que atraparla, y navegar muchas millas, y envolverla en mucho hielo, y guardarla en cámaras de frío que gastan energía…, hasta que llega al consumidor. Y no quiero referirme a esos ridículos precios que le pagan al ganadero por la leche, o por el cordero, o los miserables precios a los que tiene que vender el agricultor. Al ganadero y al agricultor le cuestan el mismo precio que a los urbanitas la energía eléctrica, la gasolina, el gasóleo, los automóviles y la merluza. ¿Por qué el almacenamiento y la distribución priman sobre la producción? Uno de los fundamentos de la Unión Europea –y ahí Francia desempeñó un brillante papel– fue el de sujetar el territorio para que Europa no fuera un continente, donde en París vivieran 50 millones de habitantes; 20, en Roma o en Madrid; 17 en Amsterdan, y así sucesivamente, rodeados de territorios desiertos. Pero no sólo era una cuestión de egoísmo, sino de supervivencia, porque el día que la agricultura y la ganadería dependan del exterior seremos un continente dependiente, que es la antesala de una forma de esclavitud.

Puede que por eso me asombre del escaso interés que tienen los partidos políticos sobre los problemas de la agricultura y de la ganadería. No sufren el desprecio que soportan los enfermos de alzhéimer, porque los agricultores y ganaderos todavía tienen derecho al voto, pero como son porcentualmente pequeños despiertan una atención perfectamente mensurable.

Recuerdo a mis tíos recogiendo patatas, luchando contra el escarabajo, llenando los sacos sobre los lomos de las mulas, y veo el precio de las patatas fritas en cualquier estantería de un súper. Según el tamaño, por un paquete de patatas fritas puedes comer el menú del día en los polígonos industriales, con primer plato, segundo plato, una copa de vino y postre o café. Con una persona que atiende la mesa. No entiendo de economía, pero me queda algo de sentido común. Y algunos domingos, en Majadahonda, cuando salgo a pasear por el campo, me encuentro con el pastor que lleva unas cuantas ovejas y unas pocas cabras. Los animales no saben de domingos. Y yo no sé nada del misterio de los precios.

Luis del Val, escritor.

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