El ensueño musulmán

Por J. M. Ruiz Soroa, abogado (EL CORREO DIGITAL, 26/09/06):

Pues verán, creo que si algo confirma el episodio creado en torno a las palabras de Ratzinger es que el principal problema de las relaciones entre las sociedades occidental y árabomusulmana es el de una marcada asimetría cognitiva y actitudinal. Piénsenlo un poco: los musulmanes salen a la calle indignados por las palabras de Ratzinger (o lo que les cuentan de ellas); nosotros, en cambio, ni siquiera sabemos lo que dicen del occidente cristiano los imanes, ulemas, clérigos islámicos o el gran muftí de Jerusalén. Y no lo sabemos porque nos importa bien poco. Ahí radica una profunda disintonía de actitudes mutuas: el mundo islámico vive mirando y escuchando a Occidente, contemplándolo con un sentimiento mezclado de admiración, envidia, desprecio y odio, haciéndole responsable de sus males al tiempo que envidiando sus logros. Han encontrado en Occidente la coartada intelectual para explicarse a sí mismas su fracaso como sociedades inmersas en la moderna globalidad. Mientras que, por el contrario, Occidente apenas si les mira sino como marginales de la historia, como cantera de incómodos terroristas.

A los españoles nos tendría que resultar sencillo comprender esta asimetría, porque hemos vivido varios siglos inmersos en ella en nuestra relación con los europeos: nosotros denominábamos a la asimetría ‘la leyenda negra’, una supuesta confabulación universal de calvinistas y pérfidos ingleses para denostar y calumniar a España, para mantenerla siempre sometida e ignorada, para no reconocer nuestros valores y nuestra aportación a la historia. Ellos nos ignoraban. Salimos del ensueño el día en que nos apercibimos de que la leyenda éramos nosotros mismos y que permaneceríamos en el furgón de cola de Europa mientras no abordásemos nuestros propios problemas con los instrumentos que el racionalismo nos podía proporcionar. Nos costó, pero no nos ha ido mal.

A pesar de esta experiencia propia, es tentador para muchos entrar en el juego que nos propone la actitud de los musulmanes, es decir, aceptar el planteamiento de que los problemas acuciantes de sus sociedades se deben a los abusos, errores y culpas occidentales, pasados y actuales. Una mezcla sutil de abnegación lindante con la autonegación, un redentorismo ilimitado y cierto etnocentrismo llevan a algunos entre nosotros a asumir con masoquismo la idea de que Occidente es el responsable de todos los males de Oriente Próximo. De lo que se deduce que debe repararlos. Pues bien, hay que decir que no, y hay que decírselo tanto a los musulmanes como a nuestros propios orientalistas.

A éstos hay que decirles que no puede haber ni choque ni alianza de civilizaciones, por la sencilla razón de que civilización no hay más que una. En plural existen las culturas, las sociedades, los Estados y los intereses políticos, pero civilización sólo existe una, esa que vamos construyendo trabajosamente los seres humanos en la Historia a base de trascender nuestros propios marcos culturales y llegar a aceptar la esencial autonomía de la persona. Existe una sola civilización, la que aparece cuando se reconoce en serio que la Humanidad es un ‘reino de fines’, por lo que la persona nunca es medio para nada. Y si admitimos que una sociedad o una cultura que repudia esta idea (que niega la condición de persona a la mitad de su población, que acepta verdades trascendentes suprapersonales como guía de su conducta, que niega la libertad de juicio crítico) es una civilización, estaremos traicionando la civilidad misma y, lo que es peor, no estaremos haciendo nada útil para la mejora de la sociedad compadecida.

A las sociedades musulmanas hay que decirles que sus problemas tienen sus raíces en su propia estructura social. Que el terrorismo lo padecen sobre todo y ante todo ellos mismos, como bien saben los moderados de sus países. Que el fundamentalismo no es sino el mesianismo desesperado de los que se resisten a evolucionar y buscan una salida regresiva de los problemas que les plantea la modernidad globalizada. Que otra gran parte de sus elites mantiene situaciones de injusticia, despotismo y subdesarrollo sólo por su interés particular. Que por mucho que la actuación de Israel sea hoy inaceptable y prepotente, el problema lo crearon fundamentalmente ellos con su cerril y obstinado rechazo a aceptar la existencia del Estado judío. Y que en cualquier caso ese problema no es sino una endeble coartada para todo lo que dejan de hacer.

Charles Zorgbibe cuenta cómo un político egipcio decía desesperado: «Hemos probado todas sus recetas, hemos probado con el socialismo, con el nacionalismo, con la democracia, con el islamismo, y todo fracasa en nuestros países». Quizás habría que decirles, sin superioridad ni etnocentrismo, como propone Richard Rorty: ¿por qué no prueban ustedes con el liberalismo? A nosotros nos ha conseguido sociedades más decentes y menos crueles, así que, ¿por qué no ensayar sus recetas?

La ciencia social no es capaz de establecer relaciones unívocas de causalidad; no es una ingeniería que pueda decir ‘haga usted esto en su sociedad y conseguirá esto otro’. Pero sí certifica que unas cosas anteceden a otras, y que sin ciertas instituciones previas no se llega a ciertos desarrollos sociales. Por eso podemos decir a las sociedades musulmanas que precisan de severas modificaciones estructurales si quieren salir de su postración y convertir su furia estéril en frutos tangibles en términos de progreso. Precisan de crear un sistema de reglas sociales estables que sirva de marco predecible a la actividad económica; precisan de fortalecer sus Estados, y para eso no tienen más remedio que separar la religión del ámbito político (secularización); precisan de domesticar la política aceptando los cambios regulares en el poder; necesitan instituciones sólidas y respetadas que den soporte a la sociedad civil; precisan desde luego de integrar a toda su población en la plena ciudadanía; y precisan de reconocer al juicio de cada persona un ámbito de libertad inviolable, la ‘libertad negativa’ (demoprotección). Pueden hacerlo a su modo, en sus marcos culturales, usando como palancas sus propias particularidades. El tránsito del Japón Meiji a la modernidad será para siempre un admirable ejemplo de transformación exitosa de una sociedad conservando su idiosincrasia cultural. Pero si no lo hacen, y es su (torpe) elección no hacerlo, la responsabilidad no es nuestra.