El error de desoír a Bill Gates

Bill Gates, el segundo hombre más rico del mundo, ha financiado un documental titulado Waiting for Superman en el que aborda los problemas del sistema educativo estadounidense. Para Gates, la economía global requiere gente mejor educada porque, entre otras cosas, cada vez hay menos puestos de trabajo para quienes abandonan los estudios.

Los economistas saben bien de la importancia de la educación, una inversión siempre productiva que eleva la competitividad y el valor añadido de un país. “No existe una inversión más rentable”, dice Guillermo de la Dehesa. “Los grandes periodos de divergencia en el PIB per cápita español [con el resto de la UE] están asociados con épocas de retroceso en los niveles de escolarización”, dicen Carreras y Tafunell en su libro Historia económica de la España contemporánea (Editorial Crítica) que constata que, en efecto, España desaprovechó la primera globalización previa a la I Guerra Mundial y perdió terreno dramáticamente en el decenio posterior a nuestra Guerra Civil.

Conviene recordar todo esto porque, con todas las distancias de los ejemplos citados, España parece estar dispuesta a tropezar en la misma piedra que dificultó su convergencia con las grandes potencias europeas en el pasado. Ahogadas por el déficit presupuestario, las comunidades autónomas, gestoras de la educación, han optado por recortar los gastos en este capítulo en un 5% para 2011, lo que supone una reducción de unos 1.800 millones de euros. Es un tijeretazo que se ha acometido fundamentalmente gracias al recorte del sueldo de los funcionarios dictaminado por el Gobierno central en un panorama general en el que las reformas económicas han abundado más en simples reducciones de gasto que en propuestas realmente reformadoras capaces de equipar mejor a este país para el futuro y para afrontar mejor crisis venideras. Tal es la filosofía que alienta también esta política miope de reducir el flujo financiero a nuestras aulas.

Es una pena que esta visión cortoplacista se haya generalizado en un momento tan crucial como este. España invierte en educación menos dinero en relación con el PIB (4,3%) que lo que se invierte como media en la UE (5,05%) y en la OCDE (5,3%). Pero, al tiempo, dada la reducción del número de alumnos debida a la baja tasa de natalidad española, el gasto por estudiante se había situado en estos últimos años ligeramente por encima de la media de los países desarrollados. Todo parece indicar que España está dispuesta a perder también esa pequeña, pero histórica, ventaja comparativa.

De hecho, se podría afirmar que ya se está perdiendo y no solo por el recorte presupuestario al que se han lanzado las autonomías, con especial énfasis en Madrid, Castilla y León y La Rioja. Los resultados del informe PISA, el análisis que la OCDE realiza sobre la capacidad de los jóvenes de 15 años de 65 países, deja sistemáticamente en evidencia la calidad del sistema educativo español. Por otra parte, la tasa de abandono escolar (31,2%) más que duplica a la media de la UE (14,4%) y es ya una deficiencia crónica del sistema español. Además, ninguna de las universidades españolas aparece en el ranking de las 100 mejores universidades del mundo. El panorama es desolador y los recortes financieros no harán más que agravarlo si se tiene en cuenta que con ellos se han reducido los salarios de los profesores, lo que, según los expertos, siempre repercute negativamente en la calidad de la enseñanza.

Es previsible que próximos informes nos devuelvan a la melancolía que produce la constatación de que carecemos de gestores capaces de trabajar en el largo plazo y de administrar correctamente, en el corto, el dinero público que los contribuyentes han puesto en sus manos para velar por la educación de las nuevas generaciones.

El modelo de crecimiento español necesita un giro; una reforma profunda. Los políticos lo sabían mucho antes de que estallara esta crisis. Los Objetivos de Lisboa marcados por la UE hace 11 años ya señalaban la necesidad de convertir a Europa para 2010 en la zona más competitiva del mundo basada en una economía del conocimiento y pedían elevar al 3% del PIB la inversión en I+D+i. No se logró; tampoco en España, donde el primer Gobierno de Rodríguez Zapatero dio un primer e importante impulso a tales directrices que quedaron en suspenso por la crisis, pero también por el espejismo que el ladrillo ejerció haciéndonos creer, gracias a un vigoroso crecimiento económico antes de 2008, que nuestros problemas estructurales estaban resueltos. Estos han quedado de nuevo al descubierto con toda su crudeza: mano de obra poco cualificada, baja productividad, poca competitividad y paro galopante cuando la economía se estanca.

Bill Gates, como Guillermo de la Dehesa y tantos otros, tiene razón. Pero se da la circunstancia de que los resultados de una política que invierta en educación e investigación solo se perciben una década después de ponerla en marcha. Así que, de la misma manera que los responsables políticos de la educación de hoy tienen que dar cuenta de los errores del pasado cada vez que se publica un nuevo informe PISA, a los de dentro de 10 años le tocará hacer lo propio por los errores de los actuales. Es un círculo vicioso del que es imperativo escapar.

Por Gabriel Cañas.

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