El error de la ‘conllevanza’ catalana

Para comprender en parte cómo hemos llegado a esta triste situación, me parece fundamental revisar la doctrina política que las élites españolas han sostenido desde la Transición misma en torno a Cataluña. Y creo no equivocarme al decir que dicha doctrina unánime entre los partidos nacionales y otras instituciones ha tenido como leitmotiv la actitud de conllevanza hacia la comunidad catalana, en una interpretación que estimo errónea de la idea orteguiana al respecto.

El origen de una doctrina tal -a saber, que el problema de Cataluña no se puede resolver y sólo cabe conllevarlo- nace de la cabeza de Ortega en su discurso sobre el Estatuto de Cataluña en la sesión de las Cortes el 13 de mayo de 1932. Ante la actitud optimista de Azaña que ve en el Estatuto debatido -incluido en el Pacto de San Sebastián de 1930- la definitiva solución y pacificación de Cataluña, la visión más crítica de Ortega estará teñida del realismo de su filosofía que le lleva a no hacerse ilusiones con la pura realidad, en la que se incluye la ya entonces endiablada “cuestión catalana”.

Al inicio de su intervención parlamentaria fija la esencia misma de la conllevanza al afirmar: “El problema catalán es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar; que es un problema perpetuo, que ha sido siempre (…) y seguirá siendo mientras España subsista; que es un problema perpetuo, y que a fuer de tal, repito, sólo se puede conllevar”. Y al decir ello, Ortega subraya claramente algo que creo que hemos olvidado en nuestras décadas: “Conste que significo con ello no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles”. Un conllevar que significa para la RAE sufrir algo adverso o penoso.

La razón de todo ello, alegará, estriba en que dicho problema catalán es un caso de “nacionalismo particularista”, un sentimiento negativo que se apodera de una colectividad que le hace desear vivir aparte de los demás pueblos o colectividades. Sentimiento particularista este de una importante porción del pueblo catalán que Ortega denomina apartismo. “Tal es el caso doloroso -añade- de Cataluña, su carácter mismo y su terrible destino. Cataluña quiere ser lo que no puede ser”.

Pero nuestro parlamentario observa otro rasgo no menos dramático de la realidad catalana: “En el pueblo particularista, (…) se dan, perpetuamente en disociación, estas dos tendencias: una, sentimental, que le impulsa a vivir aparte; otra, en parte también sentimental, pero, sobre todo, de razón, de hábito, que le fuerza a convivir con los otros en unidad nacional”. Y en esta dicotomía aparece -añadirá- la parte lamentable de tales nacionalismos: que siendo un mero sentimiento, siempre tiene a mano un grupo exaltado que se encarga de traducir ese sentimiento en concretísimas formulas políticas. Que a su vez tienen en común arrollar a los que discrepan, avisa Ortega.

La existencia de ambas tendencias antagónicas -los que quieren vivir aparte de España y los que no- hace que nadie piense que una cuestión tal pueda ser resuelta de una vez para siempre. Siendo así de irresoluble la cuestión, la conllevanza aparece en el discurso orteguiano como la guía inspiradora de la acción política en Cataluña. No cabe otro remedio que este conllevar que equidista, como las viejas virtudes aristotélicas, de dos extremos nocivos: el puro centralismo y el nudo independentismo. La defensa de la autonomía catalana que Ortega hace en la segunda parte de su parlamento es la plasmación jurídica y política no sólo de una relativa pax catalana sino de la salud y supervivencia del resto del país en línea con la visión de una España autonomista de nueve o 10 regiones que había ya propuesto en La redención de las provincias.

Y nuestro diputado procura restar patetismo a esta propuesta de conllevanza -que sea dolorosa no significa que sea todo tristeza- aludiendo a su filosofía de la vida como un constante conllevar: “Después de todo, no es cosa tan triste eso de conllevar. ¿Es que en la vida individual hay algún problema verdaderamente importante que se resuelva? La vida es esencialmente eso: lo que hay que conllevar, y, sin embargo, sobre la gleba dolorosa que suele ser la vida, brotan y florecen no pocas alegrías”.

Hasta aquí la síntesis del discurso de Ortega. Que coincide en apariencia calcada con la aproximación intelectual -con algunas excepciones- y política al diseño territorial y autonómico plasmado en la Constitución de 1978 con especial atención a la autonomía catalana. También en lo que se refiere a la ley electoral vigente desde entonces. Y que justificaría el enfoque dado por los partidos nacionales en las décadas sucesivas hasta hoy.

Siendo así las cosas, ¿qué ha fallado entonces para desembocar en lo que estamos viendo y padeciendo? ¿A qué se debe este doloroso estado de error al que nos hemos precipitado nosotros y Cataluña?

Creo poder apuntar algunas causas: la conllevanza reguladora de Ortega, asumida con fe ciega e infantil, se ha confundido desde la Transición con un laissez faire, laissez passer por parte de nuestra gobernanza que nos ha conducido progresivamente a esta crisis. Se ha interpretado la tal conllevanza no como una exigencia de acción creadora y “estar alerta” sobre lo que en Cataluña venía sucediendo -que eso es lo que pediría la perspectiva orteguiana-, sino como un visado para la pereza intelectual -tan de nuestra clase política y que tantos males explica- la inercia e incuria culpable. La porción de resignación que introducía el conllevar orteguiano ha mutado -en letal malentendido-, en una parálisis de la política para Cataluña, cediendo la iniciativa a las tendencias independentistas en estas décadas.

Que un problema sea imposible de solucionar no significa que no se pueda gestionar. Que el problema catalán sea de suyo perpetuo no es óbice -más bien lo contrario- para que tengamos que habérnoslas con él, tanto en el plano político como en el jurídico, pedagógico y cultural, con esforzada atención. Y eso, precisamente eso, es lo que se ha dejado de hacer en nuestra política hasta hoy. Hemos estado políticamente más pendientes de otros temas -la corrupción entre otros- que de los malos presagios que venían desde Barcelona. Como si nuestra dirigencia hubiera olvidado la necesidad de estar a las cosas, para prevenir lo que se avecinaba. Y corregir así la lectura errónea y letal que se había hecho del discurso orteguiano de la conllevanza en las entrañas mismas de la Transición.

Simone Weil anotó que todo nuestro problema reside en dónde ponemos nuestra atención. No estaría de más que nuestras élites se preguntarán a modo de examen en dónde han estado sus atenciones y prioridades en estos años. Para recordarles que la verdadera conllevanza con Cataluña – es decir con nosotros mismos- exige lucidez, inteligencia y valentía. Todo lo contrario de la pereza. Y leer así desde otra perspectiva más crítica el tan influyente discurso de Ortega.

Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá de Henares.

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