El error del error

Mientras las autonomías españolas practican el edificante deporte de lanzar bolas de corcho contra el muñeco catalán, los amos de las atracciones se preparan para cerrarles las casetas. O cuando menos reducirlas a la mínima expresión. El muñeco, atado de pies y manos al fondo de la hornacina, hace muecas para disimular el trato vejatorio. En el estado de confusión mental y debilidad muscular en que se encuentra, el muñeco no se ve con ánimo para plantar cara. No tanto por un síndrome de Estocolmo como por una confusión más antigua, mezcla de orgullo y de temor, cae en la tentación de añadirse a los que consideran un error el Estado de las autonomías.

El error del error, el rechazo del café para todos, ya viene de la transición, y ahora vuelve. Con un mínimo de lucidez y menos amor propio, el catalanismo debería haber estado siempre a favor del café para todos, añadiendo «los otros». ¿Café para todos? ¡Por supuesto! ¡Para todos los otros! El primer problema de España, su mal histórico, es el centralismo, tan persistente como poco eficiente a la hora de establecer una arquitectura territorial viable. El error era y es considerar el mapa federal de España. Cayó en él el president Pujol desde el primer día, y parece que aún no se ha dado cuenta a pesar de los incrementos actuales de su proverbial y acreditada clarividencia.

Intentaré formularlo de la forma más clara y contundente que pueda: aunque Catalunya -o los Països Catalans o los Occitans- tuviera la autonomía de Portugal, deberíamos influir al máximo para contar con una España federal como vecina. La modernidad y el desarrollo son federales. Con muy pocas excepciones -y la más exitosa es la inimitable Francia-, el centralismo es un lastre, un freno a la riqueza. El federalismo, un motor. Sea cual sea el futuro de los catalanes, es simple de prever que de la península Ibérica no nos moveremos. Si queremos, pues, una España moderna, o simplemente viable, tenemos que combatir el centralismo y coadyuvar a su contrario. Se equivoca también quien crea que Lisboa y Portugal no sufren el centralismo megalomaníaco de Madrid.

La España federal nos conviene, nos convendrá siempre, conviene a todas las autonomías, a todas, y ya les convenía cuando eran regiones. Es bastante ilusa, por no decir bastante estúpida, la pretensión de pactar con Madrid el apoyo catalán a los propósitos de retroceso centralista. No es así como se incrementará el diferencial autonómico propio. Recuerdo lo que me decía, con irónica intención, uno de los más conspicuos arquitectos de la Constitución española. «Oiga, que los catalanes andan pidiendo otra vez». «Pues que les den Correos, pero solo a ellos, porque es el único modo de tenerles contentos».

El problema de la organización territorial española no son las diputaciones provinciales. Si Catalunya disfrutara de la mencionada autonomía de Portugal, se organizaría en siete veguerías, por la sencilla razón de que tiene muchos municipios y las comarcas son pequeñas. De forma similar, habría que facultar a cada comunidad para que se organizase, en este y otros muchos niveles, como mejor le pareciera. Y a competir. La gran virtud de los sistemas federales es que facilitan la competencia territorial. El mal del centralismo es que empobrece el territorio.

Todas las autonomías tienen problemas. Pero todas tenemos uno en común, que se llama Madrid. La insaciable y cegada voracidad de Madrid. España es un bocadillo formado por siglos de centralismo, al que se superpone una buena rebanada de jamón autonómico, sobre la que se van añadiendo nuevas capas de centralismo. Los efectos perniciosos del doble sistema federal-centralista se observan en las autonomías, pero su causa y su fundamento se encuentran en el neocentralismo que impide la responsabilidad de los gobiernos autonómicos. Que me corrijan el profesor Ferran Requejo o el profesor Josep Maria Colomer, pero no tengo noticias de ningún sistema federal que no parta de la responsabilidad, las oportunidades y la suficiencia fiscal de los entes federados. Como los ayuntamientos, que en Europa y el mundo (tampoco exactamente en España) viven de los impuestos que perciben y administran sus recursos como les parece. Pero el aparato central del Estado está demasiado avezado a remover el aceite, untarse los dedos y después chupárselos.

Puesto que el president Mas no puede, el señor Duran Lleida debería aprovechar su bien ganado prestigio para levantar el estandarte de la racionalidad federal en España. Contra el retroceso, responsabilidad total en su ámbito competencial. Capacidad de apuesta estratégica diferenciada o en colaboración. Supresión de las carísimas y contraproducentes tutelas de Madrid. Transferencia de impuestos y capacidad recaudatoria. Aprovechemos que, en todos estos sentidos, lo que conviene a España conviene a Catalunya, con independencia de lo que conviene a Catalunya, que es muy distinto. Solo por esta vía evitaremos la infantilización de las autonomías que nos convierte en el muñeco de esta feria esperpéntica.

Por Xavier Bru de Sala, escritor.

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