El escaño 89: salida, voz y lealtad

En su libro Salida, voz y lealtad Hirschman analiza las opciones para consumidores y miembros de organizaciones empresariales al disminuir los beneficios que éstas les reportan. El PP es una empresa en crisis aliviada mínimamente por los últimos resultados electorales. En ese contexto, su escaño 89 en Vizcaya tiene gran relevancia. Por un lado, obliga a Pedro Sánchez a apoyarse en los «testaferros de ETA», como define a Bildu el Tribunal Supremo. Además la nueva diputada del PP, Beatriz Fanjul, ha mostrado cuál es el camino si el centroderecha desea evitar el canibalismo que limita su utilidad. Ante la crisis del PP, Fanjul no ha optado por la «salida», a diferencia de otros políticos hoy en Vox y Ciudadanos que se beneficiaron de la empresa hasta su deterioro. Tampoco ha elegido la «lealtad» ciega a los responsables de la crisis del partido, a diferencia de muchos «leales» que callan sus propias responsabilidades y eluden abordar las causas de la desconfianza de los electores. En cambio, Fanjul ha optado por permanecer en el partido, utilizando su «voz» para expresar una ejemplar autocrítica a pesar de las dificultades.

El escaño 89 salida, voz y lealtad«El PP vizcaíno rechaza a Fanjul como cabeza de lista si se repiten las generales». Así tituló El Correo el 2 de septiembre una interesada información. El diario ofrecía anonimato y altavoz a «cualificados dirigentes del partido» que «temían» que Pablo Casado «impusiera» de nuevo a Fanjul como candidata tras «la debacle» en las elecciones de abril. «Los populares vascos expusieron entonces a Génova su disconformidad con la designación de Fanjul, sin peso orgánico interno y con fuertes discrepancias con la cúpula del partido en Euskadi», escribía la periodista. Y añadía: «unas divergencias que han quedado crudamente de manifiesto en los últimos días tras la publicación de sendos artículos en los que la ex candidata critica sin paños calientes la línea política de Alfonso Alonso [presidente del PP vasco] y los acuerdos alcanzados con el PNV, además de hacer una defensa sin fisuras de un País Vasco Suma que permita presentar listas conjuntas con Cs y Vox».

Fanjul articuló una autocrítica sin parangón en el PP tras los peores resultados de su historia: «La traición a nuestros votantes desde el Gobierno fue continua; y la ausencia de explicaciones, constante»; «no es cierto que el discurso centralista nos haga daño sino que son las cesiones a los chantajistas nacionalistas las que han acabado con nuestras perspectivas electorales»; «el PNV es una formación política claramente connivente con los terroristas, una formación política separatista y corrompida que hace del clientelismo su modusoperandi». En un tiempo en el que se abusa del término «valiente», sus admisiones lo eran. Lo evidencia la maniobra de sus críticos a través del principal diario vasco que ahora titula: «Un espaldarazo para Alfonso Alonso de una candidata ‘impuesta’ por Casado». Alonso, uno de los responsables de la desafección del electorado popular, atribuyó el fracaso en las elecciones anteriores a una inexistente radicalidad de Casado mientras ignora que la deslealtad del nacionalismo impone un cambio de política.

La obtención del escaño 89 recompensa la crítica de Fanjul. Su «voz» explica algunos de los factores detrás del auge de Vox al rentabilizar la desconfianza que el «marianismo» generó: la endeble respuesta del PP al separatismo en Cataluña; su continuidad con la política antiterrorista socialista culpable de una dañina impunidad política para ETA; y su refuerzo del PNV que terminaría apoyando la moción de censura contra Rajoy. Como explica Luhman, la confianza permite movilizar, cohesionar y la acción política, pero solo puede asegurarse en el presente.

Fanjul utilizó su «voz» para reconocer que el PP perdió «la brújula, llevamos bastante tiempo sin rumbo», exigiendo: «El debate aviva las almas dormidas, y en el PP vasco llevamos mucho tiempo dormidos». Contrasta su autocrítica con la transferencia de culpa de otros dirigentes del PP vasco que endosan a factores exógenos la pérdida de confianza en un partido que no dejó de perder votos desde que en 2008 María San Gil renunció a la presidencia. Ocurre precisamente ahora, cuando el tiempo confirma el diagnóstico de San Gil al alzar su «voz» desconfiando de Rajoy por la actitud de este hacia el nacionalismo. Hoy el nacionalismo catalán desafía abiertamente el orden constitucional. El nacionalismo vasco rehúsa denunciar con todas las consecuencias la ilegitimidad del terrorismo etarra. Se limita a cuestionar su eficacia aunque el PNV demuestra la utilidad de la violencia pactando con Bildu un nuevo Estatuto que exige el «reconocimiento de Euskal Herria como comunidad política».

Como sentenció Jon Juaristi: «El PP de Euskadi se ha extinguido en justo castigo a su ambigüedad». Fernando Savater advirtió que populares y socialistas vascos han acabado ofreciendo «los mismos platos identitarios que los nacionalistas». El «viaje al centro» del PP vasco que no ha dejado de restarle votos constituye un pésimo encuadre estratégico al asumir que se venía de un extremismo con el que injustamente se identificó a San Gil. Sin embargo, destacados dirigentes del PP vasco y nacional no han comprendido el devastador efecto de la renuncia a combatir política e ideológicamente al nacionalismo, a pesar de coyunturales invectivas coincidentes casi siempre con periodos electorales. Tampoco la necesidad de autocrítica que le devuelva credibilidad al partido. Ante la desconfianza de una parte del electorado popular, Fanjul tuvo el arrojo de difundir un vídeo reivindicando como referentes a quienes han sido criticados por otros líderes que hoy evitan asumir responsabilidades por llevar al PP a su peor crisis: «Jaime Mayor Oreja y María San Gil representan lo que yo creo que es la política. María entró y salió de la política por convicción, para defender unas ideas y unos valores en los que de verdad creía. Y Jaime hizo en su momento lo que nosotros tenemos que aspirar a conseguir ahora: unir a todos los que nos sentimos vascos y españoles».

La «lealtad» puede impedir o facilitar la recuperación del partido. La impide cuando la lealtad a determinados líderes niega las causas de la crisis mediante el silencio y la difusión de las responsabilidades que aquellos deben asumir por el deterioro. En cambio, la lealtad neutraliza la salida de desencantados si genera expectativas de reforma y beneficios. Para recuperar la confianza el PP precisa «voz» autocrítica y cambio en relación con un issue central: la permanente deslealtad al Estado del nacionalismo catalán y vasco. Fanjul ofrece argumentos para una «voz» que ensanche el constitucionalismo en torno a ese eje central: «Unidos somos más fuertes y, pese a que tenemos diferencias, los puntos de unión son mayores. Reforcemos estos últimos y enfrentémonos juntos a nuestro verdadero adversario». La experiencia del primer Gobierno vasco no nacionalista también aporta lecciones. El único Gobierno autonómico sin el PNV, que el PSE formó entre 2009 y 2012 gracias al apoyo del PP, mostró la falta de voluntad de estos dos partidos para desafiar la hegemonía nacionalista. Temerosos de la exclusión en una sociedad vasca que el nacionalismo ha moldeado políticamente, renunciaron a intentar reemplazar a un PNV avaricioso y desleal con el sistema constitucional.

La desestabilización del nacionalismo persiste en una situación que tanto Vox como Ciudadanos describen como «emergencia nacional». Su diagnóstico no coincide con el tratamiento aplicado. Si la emergencia nacional existe, el interés nacional debió primar sobre el partidario, lo cual exigía ensanchar el constitucionalismo mediante fórmulas que evitaran la competencia en diversas provincias. La fragmentación del centroderecha ha facilitado que Sánchez, que antepone su ambición de poder al bien común de España, pueda formar gobierno con quienes desean desmantelar el marco constitucional. En esta peligrosa coyuntura la lealtad constitucional debería prevalecer, de ahí la necesidad de una «voz» autocrítica de los partidos leales a la Constitución en beneficio de un fin común: el Estado de derecho. El verdadero interés nacional obliga a un esfuerzo colectivo en el que el interés general de España no sea reivindicado torticeramente mientras se supedita al particular de partidos y dirigentes que dicen defenderlo.

Rogelio Alonso es catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos. Su último libro es La derrota del vencedor (Alianza).

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