El escaso glamour de los muertos

No sé si he contado en alguna ocasión que los chistes verdes más salvajes los he escuchado en los velatorios. El velatorio, antes de la aparición de los tanatorios, consistía en velar durante toda la noche al finado en el domicilio donde había fallecido, y se encontraba tendido en el lecho, correctamente vestido, de cuerpo presente. Los familiares del difunto tenían la obligación de proveer a los visitantes de café, anís, coñac y dulces, para resistir una de esas jornadas terriblemente largas, donde a partir de la medianoche quedaban velando los familiares directos, algunos indirectos, y los amigos más íntimos. El contacto directo con la muerte no es muy grato, y el cadáver de una persona apreciada, en la habitación de al lado, es una vecindad que oprime, y más a medida que pasan las horas entre rezos musitados y rememoraciones de la vida del difunto. Pero incluso en las vidas más intensas llega un momento en que la biografía no da más de sí, y se hablaba de otras cosas, de política, de otros amigos y familiares, hasta que alguien contaba un chiste suave. Naturalmente la habitación de la tertulia era un androceo, sólo para hombres, y las mujeres asomaban la cabeza para ver si había apetencia de más café o alguna otra bebida. Pasadas las tres de la madrugada los chistes cada vez tenían más que ver con la reproducción de la especie, porque no hay nada más lenitivo ante la muerte que la vida, o las tareas que conllevan su producción. Y nunca observé irreverencia o desafecto al difunto, sino la búsqueda de un escape ante un ambiente donde la postrimería estaba presente sin llevar vestido de metáfora, y no hay nada que neutralice más a Tánatos que Eros.

el-escaso-glamour-de-los-muertosLa aparición de los tanatorios trasladó el cuerpo del difunto a una especie de supermercado de la muerte, donde el fallecido ocupaba una habitación de hotel, un hotel de despedidas, pero donde seguían teniendo lugar los velorios. Con un añadido. No eran la viuda o la huérfana las que ofrecían café, sino que los tanatorios disponían de una cafetería que, naturalmente, estaba abierta durante toda la noche. Y en tiempos en que, en Madrid, no existían los after hours, solía ser un lugar al que acudían los noctívagos, cuando hasta la discoteca más permisiva ya había cerrado sus puertas. Recuerdo una noche, en la cafetería del tanatorio de la M-30, donde Raúl del Pozo y Juan Manuel Golf, que se conocían los horarios matritenses, discutían con bravura quién iba a pagar el último whisky de la noche, mientras los familiares de los velados intentaban despertarse con el penúltimo café.

Somos una sociedad que aparta de su lado todo lo que no sea bello o efébico, sea la enfermedad, la vejez o la muerte. Primero, alejamos la muerte y la depositamos en los tanatorios, más cómodos y más asépticos. Luego, nos desprendimos de la cercanía de la vejez, con las residencias de la tercera edad.

El éxito de la celebración de Halloween en España tiene ahí su explicación. No es un invento de Estados Unidos, sino una tradición celta de recuerdo a los muertos que Irlanda convirtió en All Hallows’ Eve (víspera de todos los santos) y que exportó al norte de América.

La Iglesia católica transformó esa antigua tradición en un día de gozo por todos aquellos que, pasado el purgatorio, habían superado la prueba y llegaban al cielo, pero las costumbres populares y, sobre todo, el dolor humano que produce el recuerdo de los seres queridos desaparecidos, sean o no recientes, transformaron la jornada en un día de peregrinación a los cementerios, más lleno de melancolía y tristeza que de celebración por la gloria eterna.

Recuerdo a mi madre encendiendo las lamparilla en la víspera de Todos los Santos, pronunciando el nombre de cada fallecido, una liturgia solemne que era un homenaje al muerto a través del recuerdo. Por la noche, a través de la puerta abierta de mi habitación, percibía las tenues luces y sombras que las pequeñas llamas, al agitarse, proyectaban sobre el pasillo, y me producían ese temor a lo desconocido.

He visto bastantes muertos en mi vida. En la etapa en que trabajaba en la sección de sucesos los contemplé con sábana encima y sin tela que ocultara el rostro. Recuerdo, a los 4 años, el primer cadáver que contemplé, el de mi tía Vicenta, una prima hermana de mi madre. En aquella casa grande, de pueblo, me había colado entre los de la funeraria y observé cómo colocaban el cuerpo en el interior del ataúd, forrado de un color fresa suave, y sus manos cruzadas, aquellas manos que acariciaban mi pelo de niño, yertas y con rosario envuelto en las manos. Cuando se dieron cuenta de mi presencia me despacharon, pero esas imágenes no se me olvidarán nunca, como tampoco se me olvidará aquel incendio ferroviario, los cuerpos y los rostros deformados por el fuego, y las lágrimas corriendo por las mejillas de un guardia civil que participaba en las tareas de auxilio, en medio del humo y el olor a carne asada.

No, no tienen glamour los muertos, y no hay cadáveres exquisitos, aunque se denomine así un juego inventado por los surrealistas. Ni los que pertenecen a personas amadas ni los desconocidos.

Mi segundo cadáver de niño fue mi tío José, marido de mi madrina. Era un hombre grueso de poco pelo y papada notable. Pasé a despedirme de él, tal como era ritual en la época. Se encontraba en su dormitorio, y me quedé solo allí un buen rato. De repente, me alarmé, me asombré, y me quede aturullado. Tendría 6 o 7 años, y en la frente de mi tío comenzaron a aparecer unas gotas de sudor. No era una alucinación: estaba sudando, y por un instante pensé que estaba a punto de presenciar una resurrección. No lo fue. Es un fenómeno normal, debido a que la temperatura de las casas particulares no es la que existe en las cabinas de los tanatorios.

Puede que nos pasáramos en unas costumbres excesivamente mortificantes, pero el péndulo es tan exagerado que casi resulta ridículo. Pasar de las lamparillas, la tristeza obligatoria y la peregrinación a las tumbas de los cementerios a una fiesta en la discoteca hasta la madrugada me parece desorbitado. Desde luego, es mucho más divertido vestirse de bruja que rezar por los muertos, o reflexionar sobre la fragilidad de la vida, pero pasar de los versos de Unamuno –«Noche, blanca, luna negra, noche de Todos los Santos»– a celebrar con un gin tónic haber quedado segundo en el concurso de disfraces hay demasiada distancia. Y comprendo que se huya de la muerte, porque es una obligación de los vivos, pero no hasta el punto de apartarla tanto que se llegue a sustituir por una fiesta.

Gustavo Adolfo Bécquer fue sobrevalorado en una época e injustamente despreciado a partir del decenio de los sesenta del pasado siglo. Y en sus «Rimas» hay un poema muy bello, dedicado a los muertos, con un verso que se repite de manera periódica, y que viene a ser una síntesis de su intención: «¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!». Se publicó a mediados del XIX, pero en este principio del siglo XXI cobra una gran vigencia, porque, después de un recuerdo milenario que viene de los celtas, la huida ha sido tan generalizada que presumo que la soledad en el futuro va a ser proporcional al escaso glamour que tienen los muertos.

Luis del Val, escritor.

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