El español, ¿conquista el mundo?

Este podría ser otro artículo laudatorio de la lengua española. Desde luego, es el activo más importante que tenemos, como así lo demuestra la desapasionada lectura de unas cifras que solo invitan al optimismo. De acuerdo con los informes que la Fundación Telefónica está realizando sobre el valor del español, la capacidad de compra que acumulan sus más de 450 millones de “usuarios” alcanza el 9% del PIB mundial; además, el idioma genera el 16% del PIB español y es un vehículo crucial de nuestra internacionalización: de este modo, compartir lengua multiplica por siete los flujos bilaterales de inversión directa exterior.

Sin embargo, la influencia del español en la comunidad internacional no hace justicia a estos números. Ciertamente, gracias ante todo a la presión iberoamericana —de donde procede el 90% de los hispanohablantes— es una de las lenguas oficiales en Naciones Unidas, pero es solo la tercera en uso y ni siquiera es idioma de trabajo de su Secretaría ni oficial en la Corte Internacional de La Haya, en beneficio de un francés claramente sobrevalorado. Por si fuese poco, el español ocupa el quinto lugar en la Unión Europa, desde donde —recordemos— en 1991 se intentó imponer sin éxito la comercialización de los teclados sin ñ.

Puede que, como se sugería desde The Economist hace unos meses, el español desbanque al francés como segunda lengua diplomática por razones de eficacia y ahorro, pero no va a ser fácil. Y no solo por el amplio apoyo institucional que se dispensa a Francia (Cruz Roja, Médicos Sin Fronteras, por no hablar de las naciones francófonas que prefieren seguir utilizando su idioma), sino por la condición de lengua de prestigio, cuidadosamente respaldada por el Estado, que mantiene el francés. Pues bien, este es el terreno en el que —al igual que se está haciendo con las finanzas y el comercio— tenemos que competir: en el de la reputación exterior de nuestra lengua. No para rivalizar con el inglés, verdadera lingua franca contemporánea, sino para dotar de empaque y garantía de futuro a una realidad lingüística que de momento responde a un único factor, de naturaleza oscilante: la demografía.

Se trata de una tarea que exige una coordinación panhispánica, una gran corriente social aplicada, al menos, sobre tres planos mutuamente conectados: el económico, el institucional y el científico-cultural. Con relación al primero, precisamente la demografía quizá ya nos está diciendo algo. Es sabido que los ritmos de crecimiento poblacional en Iberoamérica se están estabilizando, lo que, según ha advertido Lamo de Espinosa, puede resultar perjudicial para la expansión de nuestra lengua. La tendencia sin embargo es interpretable como una ocasión para apuntalar la presencia del español en los negocios y el comercio exterior, siempre que entendamos que la moderación demográfica está ligada a la aparición de clases medias y al incremento del poder adquisitivo. Si a esto le añadimos la existencia de un floreciente mercado hispano en Estados Unidos, que vende y consume en español, cabe pensar en la ampliación global de un tejido empresarial que, sin perjuicio del inglés, deberá “mimar” nuestra lengua.

Por supuesto, tal expansión encontrará tantos menos obstáculos cuanto más acompañada esté de normativas internacionales escritas, cuando no negociadas, en español. Sumando esfuerzos, tendremos mayores posibilidades de avanzar y recolocarnos en Naciones Unidas; en contraste, resulta cuando menos peculiar observar el lugar secundario que conserva el español en la UE, fruto en parte del desacierto —este sí, 100% patrio— de no concertar un mensaje de unidad. Una situación acaso reversible, previo rejuvenecimiento de cierta obsolescencia eurócrata, a través de la apertura de Europa hacia una Iberoamérica fortalecida (también en función de calidad institucional) y que el Gobierno debe continuar estimulando, alcanzando logros como el de la supresión de la visa Schengen a Colombia y Perú.

Con todo, poco se obtendrá si no somos capaces de exprimir nuestro potencial cultural —a menudo anclado en percepciones anquilosadas, en las que el Barroco aparece como última y ya lejana aportación de calado— en combinación con la inagotable riqueza americana. Y no cejando, a la vez, en el empeño de construir un espacio científico y de conocimiento en español, tarea sin duda complicada en un ámbito donde parece inevitable escribir, publicar e incluso estudiar en inglés. Pero hacer competitivas a las ciencias y humanidades desarrolladas en español no es inviable si se dan los pasos adecuados: fijando criterios académicos de calidad análogos a los anglosajones, generando redes de investigación transnacionales y desplegando una oferta formativa que incentive la movilidad universitaria iberoamericana y atraiga también a nuevas audiencias, como la asiática.

En la actualidad, desconocer el inglés se ha convertido en una tara profesional que obstruye no solo la promoción individual, sino también el horizonte de sostenibilidad de cualquier empresa o proyecto. Cabría cifrar el prestigio de una lengua en función de esta hegemonía. Aunque, en su lugar, también cabría cifrarlo en la capacidad para templar el alcance de dicho monopolio, erigiéndose, más que como alternativa, como firme custodia del plurilingüismo y, al cabo, del propio idioma (incompleto sin otras lenguas). Tal es el reto inmediato que afronta el español.

Jesús Andreu Ardura es director de la Fundación Carolina.

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