El español que tiró el Muro

EL embajador Alonso Álvarez de Toledo y yo coincidimos en un lugar en el que la historia del siglo XX se abatió con una brutalidad pocas veces conocida. Y en un momento en el que la historia volvía a estar en movimiento. El sitio era Berlín. El momento, la segunda mitad de la década de los ochenta. De una forma imprevista y con velocidad creciente, la historia en Europa central, que había estado paralizada en términos geoestratégicos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo desde que en 1948 cae el Telón de Acero, hacía de nuevo crujir el orden establecido. En 1985 llegaba a la jefatura de un Kremlin esclerótico y quebrado un dirigente soviético llamado Mijail Gorbachov. Ese mismo año llegaba Alonso Álvarez de Toledo a Berlín Oriental como embajador de España, a la República Democrática Alemana. Yo había sido nombrado meses antes corresponsal del diario «El País» en Bonn, Berlín y Varsovia. Confío en que me crean si les digo que los tres nombramientos no estaban coordinados.

No voy a describir aquí la suerte que fue para mí ser nombrado en aquel momento corresponsal en aquella región del mundo. Lo que sucedió a partir de aquel año hasta 1990 fue tan increíble, espectacular y trascendental que aun hoy, cuando se va a cumplir el cuarto de siglo, causan estupor el ritmo y el calado de los acontecimientos. Pero quiero recomendarles un libro que acaba de publicarse, que es «Notas a pie de página. Memorias de un hombre con suerte», de Alonso Álvarez de Toledo. Y que contiene algunas de las mejores explicaciones que conozco de aquella realidad, terrible y mágica a un tiempo, que eran el Berlín dividido y la Alemania comunista en sus últimos años. Cierto que el libro es más. Es todo un vademécum de la historia del servicio exterior de España, cuajado de anécdotas, sucesos de enjundia de nuestro pasado inmediato, personalidades y personajes. Desde Foxá y Ranero hasta diplomáticos aún en activo, Alonso hace pasar por sus páginas a ministros, políticos y decenas de compañeros de un servicio exterior que llegó a ser un orgullo. Y que hoy adolece, como casi todas las carreras vocacionales, de desamor, falta de medios y angustiosa fatiga de ideas y materiales. Hay capítulos memorables. El que relata el rocambolesco proceso de las ratificaciones de nuestro ingreso en la Alianza Atlántica –con mi admirado Pérez Llorca haciendo gala de «zorro plateado»–, las divertidas escenas como temerario traductor de Franco, el México de aquellos otros españoles, los exiliados, los líos de protocolo o la Conferencia sobre Oriente Medio.

Pero volvamos a Berlín. Los capítulos dedicados a aquella realidad que compartimos son toda una inmersión en el llamado «Estado obrero y campesino sobre suelo alemán» y las causas de su desmoronamiento. Álvarez de Toledo participó conmigo en un debate de Televisión Española después del agitado verano de 1989. Estaban el profesor Roberto Mesa y Miguel Ángel Sacaluga. Recuerdo el sabio escepticismo de Álvarez de Toledo ante la solemne convicción de Sacaluga de que el muro se mantendría aún muchas décadas y por el bien de todos. No podía, por supuesto, el embajador ante la RDA decir que compartía mi análisis de que, después de la apertura de la frontera entre Hungría y Austria el 19 de agosto, el Telón de Acero, todo el telón, muro incluido, estaba condenado a la desaparición. Lo que nadie sabía era que sólo faltaban semanas para la mayor escenificación del triunfo de la libertad que se recuerda, y que se daría el 9 de noviembre. Y lo que nadie podía soñar es que Álvarez de Toledo estaría allí para jugar, sin saberlo, un papel que el azar había reservado para este hombre con suerte. En una anécdota capital que convirtió al autor de estas memorias en protagonista involuntario de un acontecimiento de mayor repercusión mundial que las campañas de Flandes. Que lo sepan los ancestros.

Los conocedores saben de la increíble y esperpéntica concatenación de coincidencias, malentendidos y casualidades que llevó a la apertura de la frontera y la caída del muro. Sin que nadie se lo propusiera. Aquel 9 de noviembre, en la conferencia de prensa del portavoz del Partido Comunista, Günther Schabowski, se había hablado de todo tipo de banalidades. Solo al final, y a instancias de un periodista italiano, Schabowski sacó un papel que le había entregado el líder Egon Krenz con las nuevas reglas para los viajes al extranjero. Unas reglas improvisadas por un aparato del régimen desarbolado. En las que habían metido la pluma varias instancias sin coordinar, como magníficamente describe Alonso. Leída la nueva reglamentación que permitía viajes para todos y a través de todos los puestos fronterizos, el periodista de la agencia italiana ANSA, Riccardo Ehrman, preguntó cuándo entraba en vigor. Schabowski dudó, pero al final dijo las palabras que sellaban la suerte del muro y a la postre del Estado comunista: «Ab sofort, unverzüglich». De inmediato.

La noticia se extendió por todo Berlín y la RDA, y ya con una interpretación de las nuevas reglas que jamás se habían dado las autoridades que lo redactaron. Nadie acababa de creerlo, pero muchos se acercaron a los puestos fronterizos a preguntar. Como el propio embajador de España, al que las palabras de Schabowski habían sorprendido con unos periodistas. Se fueron juntos al checkpoint de la Bornholmerstrasse, a ver qué sucedía. Y así fue como, en la confusión del momento, con un embajador occidental cuya presencia imponía a los guardias y al propio oficial al mando, la presión de la gente alrededor, las cámaras de televisión que habían acompañado al embajador y otras que llegaban, el hecho mismo de abrir físicamente el paso para el diplomático… En fin, nadie puede describir mejor el momento que Alonso Álvarez de Toledo. Y nadie lo describe mejor que él en el libro.

Porque él estaba allí en aquellos instantes, eran las 21.12 horas, con el teniente coronel Harald Jäger, cuando este, nervioso, sin mandos ya a los que consultar, le dejó pasar la verja a él y dejó que con él pasaran unos civiles y después otros y otros. El teniente coronel Jäger, ya jubilado, años más tarde, confirmaría que su presencia, la del embajador, fue decisiva para impulsarle a ser el primer oficial de las tropas fronterizas de la RDA en abrir el paso entre los dos Berlines y desencadenar así todos los acontecimientos posteriores que asombraron al mundo y cambiaron Europa definitivamente. Los últimos halcones habían intentado forzar una operación Tiananmen, una represión militar como la que los chinos llevaron a cabo con éxito el 9 de junio anterior. Pero desde Moscú se hizo saber que las fuerzas soviéticas en territorio alemán ya no ayudarían a tropas germano-orientales en una operación contra la población como había sucedido el 17 de junio de 1953. Que, por el contrario, podían contar con que salieran en defensa del pueblo. Con esa clara certeza de la posición del Kremlin, toda posibilidad de involución había muerto. Alonso Álvarez de Toledo no sólo estuvo allí. Fue un lúcido y bien informado observador. Pero además participó. Y mucho, como después se supo. No lo dude nadie, el muro habría caído sin él. Pero quizá no hubiera empezado a caer por la Bornholmerstrasse. Y todo habría sido un poco distinto. Fue como fue. El muro se desmoronó, y cuando en diciembre cayó Ceaucescu no quedaba ni un régimen comunista aliado de la URSS en Europa. Cuarenta años de dictaduras, terror y miseria habían tocado a su fin. Yo conocí todas aquellas dictaduras y asistí en directo en aquellos años a la caída de todas ellas. En este libro tienen uno de los mejores testimonios directos de aquellas jornadas inolvidables. Y el mejor desde aquel punto de Berlín, la Bornholmerstrasse, que se convirtió en epicentro del terremoto de la libertad de 1989.

Hermann Tertsch, periodista.

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