El espectáculo (no) debe continuar

«Discutamos en paz el mensaje, señores diputados, trabajemos en el cumplimiento de nuestro deber, pero no provoquemos porque es indudable que podría perder en ello el prestigio el sistema representativo».

Con estas palabras, el 11 de marzo de 1876, se dirigía Cánovas del Castillo a las Cortes pidiendo dignificar el Parlamento y su función.

Por desgracia, tras la última moción de censura, esta petición es más pertinente que nunca.

Visto con perspectiva, lo vivido hace dos semanas ha sido el penúltimo acto de la política vodevil que se inició en España tras las elecciones de 2015 con la entrada en las instituciones de los partidos de la nueva política. La monotonía del Congreso, donde lo más disonante había sido la negativa del ministro Sebastián a usar corbata, quedó pulverizada por los atuendos más inverosímiles, las camisetas reivindicativas, pero, sobre todo, por unas formas nunca vistas hasta entonces.

De la mano de Podemos penetraron en el Parlamento los insultos, las acusaciones y todo el rencor acumulado por círculos, mareas y activistas. De la de Ciudadanos, la obsesión por el mensaje corto y simple mirando a cámara con el objetivo de amplificarlo posteriormente en redes sociales.

Los diputados Pablo Iglesias, Irene Montero, Gabriel Rufián o Albert Rivera son algunos de los máximos representantes de esa nueva forma de actuar en el Parlamento que, lejos de dignificarlo, ayudó a desprestigiarlo.

Desde 2018, Sánchez ha gobernado a base de Decretos-Ley –normas carentes de debate parlamentario–, huyendo de los debates o alargándolos a su antojo de manera ventajista e, incluso, cerrando el Parlamento cuando le ha convenido. Pero es que Sánchez también es producto de la nueva política.

Por desgracia, Vox ha demostrado serlo también. En vez de actuar con la seriedad y serenidad que se espera de un partido que puede ser clave en la alternativa de gobierno, decidió impulsar una segunda moción de censura con tintes de esperpento. En España, al igual que en todas las constituciones europeas, las mociones de censura son constructivas; deben buscar censurar al Gobierno por su mala actuación pero también proponer un cambio de rumbo a través de un nuevo programa y un candidato que lo lidere.

La razón es sencilla: nuestra Constitución y el reglamento de las cámaras ofrece multitud de instrumentos para fiscalizar y criticar la acción del gobierno, pero sólo la censura permite romper con la legitimidad que obtuvo en la investidura.

La moción de censura de Vox carecía de los votos necesarios para prosperar y el candidato de las mínimas capacidades para ser presidente –¿cómo habría dirigido España durante los al menos 54 días hasta las nuevas elecciones? ¿habría acudido a los Consejos Europeos alguien con dificultad para subir incluso al estrado del Congreso?–. Ni siquiera se tuvo la pulcritud de presentar un programa alternativo a la carcoma sanchista.

En definitiva, lo que Vox pretendía era acorralar al PP y provocar atención mediática. Por desgracia, lo único que ha logrado es una nueva pérdida de prestigio de la función representativa que sólo la política para adultos puede devolverle.

Ignacio Catalá es administrador civil del estado y diputado del PP en la Asamblea de Madrid.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *