El espectro islamista en el Magreb

En el intervalo de pocos días hemos recibido dos impactos: uno en Libia, otro en Túnez. El islamismo se cierne sobre estos países en plena conmoción. Si por una parte Libia ha optado en adelante por la charia que ya instauró Gadafi en 1993, en Túnez, aunque el partido islamista Ennahda es la fuerza mayoritaria salida de las urnas el 23 de octubre, no puede decirse que el islamismo vaya a gobernar ahora esta república. Pero tampoco ha sido una victoria de la laicidad y la modernidad. En fin, la partida no ha terminado. En cambio, las circunstancias de la muerte de Gadafi el 20 de octubre en Libia no auguran nada bueno.

Indudablemente, Gadafi fue un dictador sanguinario, torturó y mató a miles de ciudadanos e hizo desaparecer a otros muchos. Era un enfermo mental emborrachado de poder, que no dudaba en ejercer por todos los medios a su alcance con tal de mantenerse en la cúspide. Era tan poderoso que se permitía arranques de humor y arrebatos de divismo folklórico. Era un personaje odioso, un hombre que ha mancillado durante mucho tiempo la imagen de los árabes y musulmanes al financiar el terrorismo aquí y allá en el planeta. Sin ninguna duda, un criminal. Sin embargo, las circunstancias de su muerte son inaceptables; la suya no fue una detención sino una ejecución rodeada de la misma violencia que caracterizó su forma de actuar y sus ideas sobre la tarea de gobernar.

Las imágenes en cadena en las televisiones del mundo entero y luego en internet no honran precisamente a quienes hacían frente a un dictador que, indudablemente, era menester detener y juzgar pero no matar al grito de “¡Dios es grande!”, como si Dios pudiera ordenar un comportamiento tan salvaje y brutal.

Cuando se intenta derribar una dictadura, lo primero que hay que hacer es no comportarse como ella sino al contrario; ya que se trataba de construir una nueva Libia, era menester actuar de forma ejemplar y hacer todo lo posible para que el antiguo dictador y sus hijos fueran detenidos y juzgados.

Pero la violencia sucede a la violencia y a nada bueno conduce tal fatalidad. El Consejo de Transición se felicitó del fin de Gadafi en la televisión. Nadie ha lamentado cómo han sucedido las cosas.

La democracia es una cultura que necesita tiempo para quedar impresa en las mentes. Libia es un país donde todo está por hacer: el Estado no existe, no hay tradición de partidos políticos ni de sindicatos; no hay oposición ni estructuras sobre las que pueda asentarse un país. Hay que crearlo todo. Pasar de un país de base tribal a un Estado moderno que tenga presente al individuo y esté dotado de una constitución que establezca valores y principios, de eso de trata. Y estamos lejos aún.

La lucha final contra Gadafi y su clan forma parte del cúmulo de fallos de una revuelta que no ha alcanzado el estadio de revolución. Sin embargo, la opinión árabe, de alguna forma, se siente vengada: después de la humillación suprema infligida a Sadam Husein, después de la desaparición de Osama bin Laden en el mar, después de la huída de Mubarak y de Ben Alí, las miradas se vuelven hacia Siria y Yemen. La primavera árabe está atrayendo a su paso una violencia inaudita que es eco de la violencia reinante en estos países durante décadas. Los ataques contra los coptos en Egipto han sido escandalosos, como también la intolerancia de ciertos tunecinos que no consienten una película o documental que se tome libertades con el dogma musulmán. Le costará ciertamente a la laicidad establecerse en estos países en ebullición cuyo porvenir inmediato suscita preocupación.

Muerto Gadafi, Libia debería renacer. Pero nadie sabe en qué condiciones ni con qué programa. El islamismo sigue atento y vigilante y no pierde ninguna ocasión de tomar el tren de la revuelta. Salvo que tras una dictadura tan prolongada el pueblo libio tiene derecho a conocer una vía libre en la que el triunfo democrático debería poder sentar sus reales, más aún si se considera que los recursos energéticos de este país son enormes y por una vez se confía en que puedan emplearse para mejorar la educación y la salud, para el desarrollo racional y justo, para el respeto a la persona y la apertura de este hermoso país al mundo.

El caso de Túnez es muy distinto. Debido a la ausencia de partidos políticos modernos y sólidos, los tunecinos han dirigido sus miradas al islam de forma natural porque es más que una religión; el islam se vive como una cultura, una moral y una identidad. El problema es que el factor religioso gana la mano a los demás elementos y es posible que veamos a los tunecinos exigir el restablecimiento de la poligamia y del repudio, la prohibición de locales donde se consuma alcohol; en suma, nos encaminamos a la imposición de trabas y cortapisas de las libertades individuales. Sin embargo, los partidos laicos no han permanecido con los brazos cruzados. De momento se ha elegido una asamblea constituyente que ha de redactar una nueva Constitución. En las próximas elecciones legislativas se comprobará si se confirma o cuestiona el triunfo de los islamistas.

Los marroquíes elegirán a sus nuevos diputados el próximo 25 de noviembre. También en este caso la amenaza islamista es auténtica. Los otros partidos se han constituido en grupo para cortar el paso al “partido de la involución”. Se sabe, por otra parte, que el establecimiento de las circunscripciones electorales se ha diseñado cuidadosamente para impedir la victoria del islamismo. La democracia es también un juego y una táctica para hacer triunfar principios y valores que acompañen la eclosión del individuo. Como nos decía un profesor de filosofía, “la democracia no es sólo el hecho de ir a votar, aunque es menester votar por quien representa valores de progreso”. La democracia es una cultura que precisa tiempo y experiencia. Esperemos que el Magreb no pierda tiempo y energías y rechace arrojar sus destinos en brazos de los preceptos religiosos, basados en la irracionalidad de la fe y la creencia. No obstante, la tradición islámica se halla mucho más inscrita y anclada en las mentalidades que la tradición de emancipación del individuo y de su libertad. La prueba: cada vez más mujeres militan a favor del islamismo que coarta sus derechos. Es difícil de entender.

Tras el triunfo del islamismo, viene la revancha del monolingüismo sobre el bilingüismo. Es el desquite de los formados únicamente en lengua árabe sobre los francófonos que el poder siempre ha favorecido en el Magreb. Esta dimensión cultural es un factor esencial. El problema lingüístico divide el Magreb de forma silenciosa y callada. Es una cuestión que no da que hablar, pero se sabe que las filas del islamismo están llenas de arabófonos desatendidos por el poder.

Tahar ben Jelloun.

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