El espejismo de aquellos días de julio

Mi primera reacción fue echarme a la calle. La noticia de que ETA había secuestrado a Miguel Ángel Blanco y anunciaba un chantaje con su vida me empujó a hacer lo que llevaba dos años y medio haciendo sin descanso. En enero de 1995 ETA había asesinado de un tiro en la cabeza a mi hermano Gregorio mientras comía en un bar de San Sebastián. A partir de entonces acudí a todas las concentraciones para condenar los asesinatos y para pedir la libertad de los secuestrados, a todos los plenos para comprobar con mis propios ojos que Herri Batasuna se negaba a condenar los crímenes, a todas las manifestaciones que empezaban a convocarse para protestar contra el terrorismo y las amenazas. En todas había algo en común: la soledad. Mismas caras una vez tras otra. Con Miguel Ángel fue diferente.

Aún recuerdo con emoción las horas que pasamos en la calle clamando por su libertad. Por primera vez Herri Batasuna se sintió acorralada. Sus sedes fueron dianas de la ira y los gritos de la muchedumbre por fin los señalaban alto y claro no como cómplices de ETA, sino como responsables al mismo nivel que los terroristas. Por primera vez los ciudadanos se identificaron con la víctima y, como pocas cosas hay tan poderosas como la empatía, pidieron a los asesinos que los miraran, que ahí tenían sus nucas. Por primera vez sentimos que no estábamos solos.

Lo que ocurrió aquellos días de julio fue un espejismo. Estos días asistimos a un recordatorio entre nostálgico y romántico de lo que pasó, entre alabanzas a los ciudadanos que por fin dieron un paso adelante y escalofríos al volver a ver las imágenes que asombraron al mundo. La estela de los acontecimientos sigue hoy viva en buena parte de la sociedad española que recuerda qué hacía en el momento exacto en el que ETA secuestró a Miguel Ángel. Sin embargo, apenas quedan rescoldos de lo que ocurrió en la sociedad vasca.

En el pueblo de Miguel Ángel, en Ermua, sigue gobernando el mismo alcalde que entonces, el socialista Carlos Totorika. Pero la segunda fuerza más votada, EH Bildu, la heredera de la Herri Batasuna de aquellos días, se niega a condenar el crimen y lo hace desde los sillones de decenas de ayuntamientos vascos y navarros y desde los escaños del Congreso de los diputados. La tercera fuerza política es el PNV, el partido que con Miguel Ángel secuestrado se puso la careta de defensor de la ley y al que bastaron pocos meses para sentarse a negociar con ETA por miedo a perder la calle de la que hasta entonces tenía el monopolio. Juntas las fuerzas nacionalistas suman hoy casi los mismos votos que el socialista Totorika.

Pero hay más. Muchos de los ciudadanos de Ermua preguntados estos días en entrevistas y reportajes sobre aquellos días de julio prefieren no hablar o “mirar hacia delante” o criticar que aquello “se manipuló” o apenarse de que el recuerdo de su pueblo esté ligado al crimen de Miguel Ángel. En definitiva, se sienten incómodos. Bien es sabido que la memoria es molesta porque no se ciñe a rememorar lo que pasó, sino que empuja a los ciudadanos a preguntarse qué hacían ellos mientras todo eso ocurría. Puede que muchos vecinos de Ermua salieran a la calle a pedir la libertad de Miguel Ángel, pero quizá no lo habían hecho antes ni lo siguieron haciendo después. Y ahora que es tiempo de contar y de desempolvar el pasado sin la amenaza del tiro en la nuca, hay quien se da cuenta de que hacerlo significa sacar a relucir sus vergüenzas. No sorprende el dato de un informe del Centro Memorial para las Víctimas del Terrorismo que afirma que la mayoría de la sociedad vasca -el 44%-prefiere pasar la página del terrorismo en lugar de cultivar la memoria de las víctimas. Más bien, la cifra causa vergüenza.

La elección de la mayoría es cobarde y, además, peligrosa. Pasar la página del terrorismo sin haberla leído implica obviar que el discurso de odio que ha imperado durante décadas en la sociedad vasca ha dejado un poso que no desaparece bajo una alfombra de silencio. Ese poso es el que sale a relucir cuando las fiestas de los pueblos se convierten en aquelarres etarras, cuando una turba propina una paliza a dos guardias civiles y a sus novias o cuando decenas de personas homenajean entre vítores y bailes de honor a terroristas recién salidos de prisión. Las fiestas, las palizas y los homenajes ocurren en las mismas calles donde hace veinte años se clamó por la vida y la libertad. Pero eso, como decía, hoy es sólo un espejismo.

Hoy, cuando las instituciones vascas discuten cómo construir la sociedad, tienen más en cuenta a los asesinos que a las víctimas. El goteo de informaciones en torno a los presos de ETA es incesante, mientras la opinión de las víctimas se desprecia con el argumento de que hablamos desde las entrañas. Hoy el Gobierno vasco se llena la boca hablando de normalización y nos bombardea con los presupuestos millonarios de planes de convivencia que buscan promover un relato basado en la teoría del conflicto, teoría que presenta a dos bandos enfrentados: ETA y el Estado. Porque algo falla en esa nueva sociedad normalizada cuando la segunda fuerza más votada es la heredera del brazo político de ETA y cuando la mayoría de los vascos prefiere enterrar la memoria del pasado terrorista. Por desgracia, ni siquiera el aldabonazo a las conciencias que supuso el crimen de Miguel Ángel fue suficiente para evitar que hoy sigamos viviendo en la indignidad.

Consuelo Ordóñez es presidenta del Colectivo de Víctimas del Terrorismo en el País Vasco (COVITE).

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