El espejismo

Las ideologías pasan a veces del éter del concepto al terreno de la práctica y se convierten en movimientos. Incurren entonces, por lo general, en comportamientos sectarios, si no en actitudes rotundamente fanáticas. El primitivo socialismo es un buen ejemplo. No son muchos los políticos capaces de transitar el recorrido entre ideología y práctica preservando un equilibrio razonable entre lo deseable y lo posible. Los «ismos» y vanguardias de comienzos del siglo XX son la manifestación de este mismo fenómeno en el mundo del arte, aunque para justificar la extremosidad los artistas tienen la coartada de la belleza.

El ejercicio del poder requiere astucia y capacidad de embaucamiento. La herramienta preferida de los líderes políticos es la abstracción. Yo he recordado antes en estas páginas que D. José María Pemán decía que la abstracción -y con ella la petulancia- había nacido el día en que unos indígenas vieron un hipopótamo en diferentes lugares de la selva y llegaron a la conclusión de que no se trataba del mismo hipopótamo. El paso de lo individual a lo general, de lo concreto al concepto y a la idea, marca un hito en el progreso del conocimiento y de la filosofía.

Los políticos hace tiempo que descubrieron las grandes ventajas de esta herramienta y no dudaron en dar el salto, fantástico, desde las ideologías a la abstracción geométrica de la política. Me refiero al proceso de simplificar las ideologías para convertirlas en posiciones abstractas de izquierda o derecha sin necesidad de tener que padecer el tedioso proceso de explicar largos programas políticos o de justificar la racionalidad de medidas concretas de gobierno. Todo se resuelve con enorme facilidad con la simple apelación al posicionamiento geométrico: este partido es de izquierdas, o bien, esa medida es de derechas; innecesario explicar sus bondades o sus deficiencias. La geometría lo hace por sí sola.

Desde la izquierda se ha usado el truco hasta la extenuación. De la misma forma que los famosos del mundo del corazón son famosos sin otra razón que su calificación como tal por las revistas y programas televisivos dedicados a ese mundo, la izquierda se ha convertido en garantía de bondad política por el simple hecho de que así lo deciden los más conspicuos representantes del mundo cultural y de los medios de comunicación social. Sin necesidad de más justificación. A tal extremo llega el sofisma, que el calificativo de izquierdista vale lo mismo para justificar un incremento de los impuestos como medida de progreso que para bajarlos, como muchos de ustedes recordarán que se sentenció en el PSOE de hace unos años: «Bajar los impuestos es de izquierdas».

En un primer momento el izquierdismo se criticó condescendientemente por Lenin como táctica equivocada -enfermedad infantil del comunismo- de los compañeros de algunos partidos hermanos, principalmente en Alemania y en Inglaterra: abogaban por la acción revolucionaria directa y despreciaban la posibilidad de participar en sindicatos y organizaciones existentes para tomar desde dentro su control e impulsar así el movimiento revolucionario con mayor eficacia. Pero más adelante los partidos socialistas abjuraron de la nuit eternelle du communisme, según la expresiva manifestación de Duverger, y abrazaron la socialdemocracia. El PSOE renunció al marxismo y al viejo «programa máximo».

Desde entonces se han sucedido generaciones de jóvenes que, en universidades, en medios de comunicación social y en el mundo de la cultura en general, se han aferrado al dogma indiscutible de la superioridad moral de la izquierda. Y el dogma moral lo han hecho fundamento de la superioridad política. La izquierda y el izquierdismo se han convertido en expresión del bien absoluto, político y moral, de una pureza casi teológica: el bien sin mezcla de mal alguno. La inmediata consecuencia de este principio es, lógicamente, la consideración de la derecha como representación del mal político y de la perversidad moral. Sin defensa posible.

Ni siquiera la tradición liberal y conservadora de los Estados Unidos les está librando de este fenómeno.

En la España de la Transición, con gran sagacidad, Suárez, a pesar de representar lo que a todas luces eran las posiciones conservadoras, entendió la inconveniencia de emplear el término derecha y asumió el concepto de centro. Qué era el centro es un enigma que jamás ha llegado a ser descifrado del todo. Pero fue una decisión brillante la de situarse oficialmente en la abstracción del punto medio entre uno y otro extremo. La derecha nunca captó la sutileza del invento y no tardó mucho en promover el enterramiento de UCD y su sustitución por la Alianza Popular de Fraga: lo que quieren la mayoría de los electores, decían, es el gobierno de la derecha sin mixtificaciones ni abstracciones centristas.

Pero era un espejismo. Lo que en realidad sucedió fueron casi catorce años ininterrumpidos de gobierno socialista. Para que el PP pudiese ganar las elecciones se hizo necesario cambiar el nombre del partido y a su líder y, sobre todo, hacer una pública reconversión al centro, bautizado ahora, en un nuevo gesto de virtuosismo, como centro-derecha.

En los últimos tiempos los socialistas han seguido un camino de vuelta desde la abstracción del centro-izquierda a la cruda realidad de un pacto con comunistas y separatistas. Zapatero y Sánchez se han hecho profetas del pasado y han roto la armonía de un centrismo compartido. Han sacrificado absurdamente la paz de un bipartidismo de centro, sin estridencias de izquierda ni de derecha. ¡Adiós al mar de la tranquilidad y vuelta a la aspereza de nuestra historia!

Los conservadores españoles se enfrentan en abril al mismo dilema que en la Transición: apoyar un centro que ha demostrado ser capaz de ganar elecciones y de gobernar con eficacia, o sucumbir de nuevo a la fascinación del espejismo de la derecha en estado puro, al breve consuelo del voto cabreado, al «para que se fastidie el capitán no como rancho».

En el 18 Brumario de Luis Bonaparte dice Marx, citando a Hegel, que los grandes hechos en la historia tienden a repetirse. Las elecciones del próximo 28 de abril son un hecho importante.

Daniel García-Pita Pemán es miembro correspondiente de la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia.

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