El espejo africano

Por Juan Villoro, escritor (EL PERIÓDICO, 03/06/08):

Hace unos meses vi una película china que comienza con una travesía en una barca. Para matar el aburrimiento, unos pasajeros envían mensajes SMS y otros se leen la mano. Dos sistemas de comunicación coinciden en ese viaje: la telefonía satelital y la quiromancia. Los artificios de la tecnología se mezclan con lejanas formas de comportamiento.
¿Hasta dónde lo atávico coexiste con lo nuevo? Ciertos malentendidos aclaran la realidad, y uno de ellos me permitió un acercamiento insólito a internet. Me presentaron a un escritor negro que hablaba francés y había errado por varios países en busca de refugio. Como mi francés es deficiente, la conversación progresó entre lagunas de incomprensión. Creí entender que era un “autor de chat”. Me pareció interesante que las nuevas tecnologías determinaran su escritura. Me habló de la oralidad y el sentido tribal de la narración, la polifonía de voces que se mezclan en la página. Pensé que, en efecto, los usuarios conectados en la red representan una comunidad que reclama un testimonio múltiple, una fogata virtual donde los peregrinos cuentan sus historias.

EL ESCRITOR habló de las tradiciones de su país, que privilegian el relato colectivo. Como internet es un espacio deslocalizado, que reúne a gente dispersa, le pregunté si registraba testimonios francófonos ajenos al dominio africano. Entonces me miró como si yo fuera un alienígena y volvió a explicar todo desde el principio: ¡no era un autor de chat sino del Chad! La oralidad a la que se refería no era fruto de una nueva tecnología sino de una arraigada tradición. Me parece que, pese a todo, mi disparatada interpretación no estuvo tan lejos del sentido profundo de la red. La comunidad digital permite un regreso a formas ancestrales de comunicación gregaria.
Quienes pertenecemos a la primera generación que tuvo en sus manos computadoras personales, nos sentimos a veces como viajeros del tiempo. Nuestro entorno coincide con aparatos que desafían el entendimiento. Formados en culturas lentas –los tiempos en que había que esperar un año para que instalaran un teléfono–, tenemos ahora la desconcertante posibilidad de hacer contactos instantáneos.
¿Cómo lidiar con el asombro de lo nuevo? Una forma de apropiarnos de un invento raro consiste en atribuirle una vida que no le pertenece. A veces alguien le pone un apodo a su ordenador o se refiere a él como a una mascota. El episodio más curioso que presencié al respecto ocurrió durante un congreso de escritores donde un novelista se resistía a apartarse de su portátil. Lo llevaba al desayuno y a todas las sesiones. Supuse que temía perder alguna información supervaliosa, pero se trataba de algo más significativo. Cuando le tocó exponer, leyó directamente de la pantalla. Pidió disculpas por ese gesto y dijo con desarmante sinceridad: “Hace año y medio me separé de mi mujer; ahora el ordenador es mi pareja”. La confesión fue recibida con el respeto que suscitan los detalles íntimos que no queremos oír. Me conmovió la soledad de mi colega y la forma en que una prótesis informática le servía de compañía. ¿Qué podíamos hacer por él? Me hubiera encantado presentarle a una amiga. Como no estaba en condiciones de hacerlo, me sentí tentado a ofrecerle mi computadora para que al menos tuviera un affaire con ella.
Cuando eso sucedió, me sentí testigo de una obsesión ajena: ese colega humanizaba en exceso su computadora. Seguí viajando en compañía de mi G-4 hasta que, hace unas semanas, sufrió un accidente. Cayó al suelo, y cuando lo encendí en mi hotel, la pantalla mostró un diseño con edificios de translúcida modernidad. Pensé que se trataba de un mensaje promocional. Estas ideas (mejor dicho: estos disparates) revelan una relación irracional con la tecnología. Para empezar, no se trataba de edificios sino de barras de color, provocadas por el golpe que la pantalla había sufrido. Además, no podían haber entrado a mi computadora sin pasar por una conexión a internet. Mis fantasías negaban lo evidente: la computadora había expirado. Una diagonal negra atravesaba la pantalla: sangre de plasma. Sé que la expresión es incorrecta, pero es la única que me permite describir lo que pasó.

HABÍA USADO el teclado durante tantos años que las letras estaban borradas. Si alguien me preguntaba dónde se encontraba la e, no podía decirlo; sin embargo, mis dedos la activaban por su cuenta cuando debía escribirla.
Solo entonces entendí la soledad del colega que hace unos años me pareció un fetichista de los aparatos. Vi la pantalla como un espejo roto. ¿Me traería siete años de mala suerte?
Durante ocho años aquel objeto se había vuelto progresivamente íntimo y desconocido. Ni siquiera sabía dónde tenía las letras, pero podía seguirlas de manera intuitiva, como las líneas de mi mano.
Lo único que en verdad entendí de mi G-4 fue el peso de su ausencia. Cuando alguien muere pensamos de inmediato en lo que no alcanzamos a decirle.
Ahora estreno teclado con la sensación de remontarme a los comienzos de la especie. El desconcierto de la tecnología estimula supersticiones para vincular lo nuevo con el origen.
Cada nueva pantalla es un espejo africano.