El espejo de los refugiados

La catástrofe de los refugiados sirios nos está demostrando que algunos de los supuestos sobre los que fundamentábamos nuestras sociedades son falsos o se están resquebrajando peligrosamente.

En primer lugar, ha obligado de nuevo a las sociedades europeas a preguntarse si son o quieren ser sociedades que promueven los derechos humanos, la dignidad humana y la libertad como proclaman los textos fundamentales de la Unión Europea. Unas sociedades, por otra parte, a las que habría que suponer una cierta comprensión sobre los movimientos forzosos y forzados de personas: a lo largo de su historia, no precisamente pacífica, han tenido que sufrir cómo millones de sus ciudadanos se veían obligados a buscar refugio y la oportunidad en otros países. Sin ir más lejos, la realidad española de los dos últimos siglos es una historia de exilios y asilos. Justamente estos temas se abordaron en la 12ª jornada de cooperación ‘Inmigrantes y refugiados: un reto para Europa’, organizada por la Universitat Ramon Llull.

La incapacidad de los países europeos para gestionar la crisis de manera mínimamente eficaz y respetando los derechos humanos evidencia, una vez más, el fracaso de Europa. Cuando nos interpelan, contestamos con acuerdos que no se cumplen, limitaciones a libertades esenciales como la de la libre circulación, medidas que no respetan la dignidad humana, manifestaciones xenófobas e, incluso, la criminalización de las acciones solidarias. No estamos ante un fenómeno accidental y epidérmico al proyecto europeo. En las costas griegas (y en las vallas de Ceuta y Melilla) naufraga la Europa que crea fronteras en su seno entre ‘nortes’ y ‘sures’, la que vuelve a levantar muros en lugar de derrumbarlos, la que no quiere mirar más allá de los específicos intereses particulares de sus miembros. La Europa fortaleza, la otra cara de la Europa asocial, está resultando el problema y no la solución.

En segundo lugar, es peligrosamente reduccionista centrarnos solo en los refugiados y olvidarnos del número ingente de personas que también se ven obligadas a abandonar su país de origen. No hay duda de que la guerra de Siria ha provocado una crisis humanitaria de una extrema gravedad a la que hay que dar respuestas. Pero nos equivocaremos si, como parece deducirse de determinados discursos, establecemos una división entre acogibles (los refugiados) y no acogibles –o muy limitadamente acogibles– (los inmigrantes). La única manera rigurosa y justa de abordar el tema es pensar que todo el mundo que se ve obligado a emigrar sufre una violencia, a menudo estructural, que la expulsa de su comunidad y de su país, sea fruto de una guerra ( muchas encubiertas), de la persecución por sus opciones religiosas, sexuales o políticas o del modelo económico hegemónico.

En tercer lugar, debemos partir de una premisa esencial: nuestras sociedades son cada vez más multiculturales. La diversidad cultural no es una opción ideológica, sino una realidad, que exige repensar el monoculturalismo en el que estamos fundamentalmente instalados. Repensar y llevar a la práctica nuevas políticas que permitan compatibilizar la igualdad y la diferencia, los derechos culturales y los de ciudadanía (y los deberes claro) y reconstruir el delicado entramado sobre el que se asienta la convivencia en sociedades plurales. Estos son algunos de los principales retos que tenemos planteados. Si no somos capaces de gestionar de manera justa y cohesiva la diversidad cultural, corre peligro la propia democracia.

Por otra parte, el reto multicultural exige nuevas políticas públicas y el desarrollo de las políticas sociales. Acoger personas significa darles acceso al mercado de trabajo, a la vivienda, a la educación, a la sanidad y que se sientan cómodos en la sociedad de acogida. Buena parte de los conflictos que atiza y de los que se alimenta la xenofobia surgen de la competencia entre autóctonos e inmigrantes por las migajas de unos estados del bienestar cada vez más escuálidos. Invertir en política social es invertir en cohesión, es luchar contra radicalismos de unos y otros, contra la intolerancia del signo que sea.

Todo ello no quiere decir que haya soluciones fáciles. Si algo resulta claro es que ninguno de los modelos de integración que se han aplicado ha resultado plenamente exitoso. Todos ellos presentan problemas y conflictos. Pero debemos rebelarnos contra el relato, cada vez más extendido, que nos sitúa entre la espada del racismo y la pared del buenismo. Cuando nos miramos en el espejo de la inmigración, la imagen que vemos no es la de sociedades abiertas, solidarias, respetuosas con la diferencia, comprometidas con la dignidad humana, cohesivas y justas. Y si lo que vemos no nos gusta, no le echemos la culpa al espejo. Nos va el futuro.

Jordi Sabater, profesor de la Facultad de Educación Social de la Fundació Pere Tarrés.

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