El espíritu de Aranjuez (1913-2013)

El 23 de noviembre de 1913 se reunió en Aranjuez lo más granado de la inteligencia española de aquella época. El pretexto fue un sonado homenaje a Azorín hábilmente organizado por José Ortega y Gasset y Juan Ramón Jiménez. Hubo campaña de prensa antes y después del acto y un decidido llamamiento a cerrar filas alrededor de la figura de Azorín. ¿Por qué? ¿Qué había pasado? Ocurrió que por dos veces, en aquel mismo año, la Real Academia Española estuvo llamada a cubrir algunas vacantes, y que las dos veces, ante la candidatura de Azorín, a la sazón representante de una «nueva literatura» que se venía afirmando desde principios de siglo, la venerable institución prefirió nombres que hoy no nos dicen nada y cuya memoria se ha desvanecido sin dejar rasto. El tiempo, en efecto, sabe ser inclemente con la vanidad de las mediocridades de postín, y más aún con sus oficiantes, sacerdotes de un culto que confunde el valor con el poder y acaba siempre transformando la cultura en reparto de prebendas.

Entre la publicidad que se hizo del Homenaje de Aranjuez no faltaron las invectivas contra la Academia. Era lo más fácil de ver, sin duda, también lo que más podía llamar a un cierto pathos de rebeldía. Los organizadores, sin embargo, protestaron. Ortega escribe a Roberto Castrovido matizando el alcance y el sentido: no se trataba de un acto «en contra de la adusta dama Academia», sino «en pro de Azorín». No se protestaban los hechos consumados de lo que había ocurrido, sino que se manifestaba en favor de lo que hubiera podido ocurrir, de los valores que sustentaban el peso de la esperanza en aquella España de entonces. Porque el peligro era que los impulsores y defensores de esos valores con la derrota se dispersaran como un ejército en fuga. Y se trataba precisamente de hacer tesoro de aquella derrota. Demasiado fácil ir contra la Academia: lo difícil era entender y asumir que la inercia que había movido la «exclusión de Azorín» estaba presente por doquier y atenazaba la entera vida española. En efecto, no era el valor literario de Azorín lo que estaba en juego, sino las esperanzas de renovación y reforma de España.

Lo que en Aranjuez se puso en marcha tenía mucho que ver con el intento «intelectual» de construir y de vertebrar un país que había quedado atrapado en las redes de un sistema político que no supo entender a tiempo que España también necesitaba una descolonización semejante a la de las antiguas colonias de ultramar. España, tras el desastre de 1898, necesitaba de una verdadera «refundación» capaz de aunar en un mismo impulso espiritual la tradición y la modernidad. Y nadie mejor que Azorín para representar ese impulso. En 1912 había publicado dos libros impresionantes y magníficos: Lecturas españolas y Castilla. Allí, en Las nubes, Azorín «reescribía» el final de uno de nuestros clásicos mayores, La Celestina, y con aquel gesto ejemplar dejaba encendida la esperanza en la regeneración de España. En la reescritura «moderna» de Azorín, Calixto ha podido desposar a Melibea, ha tenido una hija y en el jardín de su casa contempla el paso de las nubes en el cielo y medita sobre el transcurso del tiempo. Nada está escrito de una vez por todas, parece decir Azorín, todo –incluso el destino– es susceptible de cambio. Si el final trágico de los amantes podía cambiarse, ¿qué no podría hacerse con el futuro de España? España era una «nación en elaboración» y la «nueva literatura» salía al paso para iluminar el camino.

Al Homenaje de Aranjuez fueron todos (o casi todos) los integrantes de lo que después hemos dado en llamar la Generación del 14, y quienes no fueron enviaron cartas y telegramas de adhesión que un par de años después Juan Ramón recogería en un libro de factura impecable: Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín. En los Jardines de Aranjuez hablaron Juan Ramón, Ortega y Azorín, y se leyeron textos de Antonio Machado y Pío Baroja. Allí nacía la Generación del 14. Azorín era un pretexto para contarse y ver que a partir de ahí era posible mover una acción intelectual capaz de dar pulso a una «nueva España». Aquellos jóvenes habían aprendido la lección del fracaso de los mayores: habían aprendido que la acción individual era ineficaz y que los ensueños revolucionarios conducían derechos al desaliento. Sabían que había que hacer grupo y que estaban llamados a constituir y a dar vida a una nueva generación. Ortega lo había dicho claro: la única revolución que cabía hacer en España era la «revolución de la competencia».

Juan Ramón había elegido Aranjuez porque el jardín simbolizaba la naturaleza reformada y era capaz de exaltar la intervención del hombre en el curso de los acontecimientos. La Fuente del Niño de la Espina era un buen emblema: la nueva España quitándose una espina del pie para empezar a caminar con paso seguro y decidido. Y allí estaban ellos alrededor de una misma voluntad de ser generación y de un mismo afán reformista, aunque después se declinara en vario modo. Ese fue el «espíritu de Aranjuez»: sumar y no restar, juntar y no dividir, converger dentro de un proyecto de vida nacional, en una obra común de positiva construcción de la nación. Fue una Fiesta, en efecto, y tuvo sus luces y sus sombras, claro está, pero fue sobre todo el inicio de un camino que iba a llevar hasta la II República. En ella naufragaron muchos de aquellos protagonistas, pero esa es otra historia. De aquel espíritu queda la idea fuerte de que ser es ser-en-relación y que la convergencia, como la amistad y el amor, no es un dato adquirido sino una cotidiana conquista. También queda el compromiso con una patria moral que no es susceptible de intercambio o de rebaja. Un legado que de nosotros espera hoy quien se atreva a merecerlo.

A Aranjuez volveremos este año para renovar aquel superior compromiso con su espíritu. Y será una fiesta, desde luego.

Francisco José Martín, doctor en Filosofía y Filología.

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