El espíritu de Milán

El espíritu de Milán

Los titulares son espantosos. Escasez de equipamiento esencial que obliga a los médicos a tomar decisiones en el campo de batalla sobre quien vive y quien muere. Largas filas de enfermos esperan en vano un análisis de laboratorio o una cama de hospital. Negocios, tiendas, bares y restaurantes vacíos llevan a la economía mundial a un punto muerto. Y la lúgubre contabilidad de los países más golpeados por el coronavirus COVID-19, con EE. UU. que ahora toma la delantera: con casi 61.000 casos confirmados más que China, donde tuvo lugar el brote original.

En Europa, la pandemia golpeó con especial dureza a Italia, que está en cuarentena desde el 9 de marzo, en un intento por reducir la difusión del virus. Al 30 de marzo, Italia ha informado casi 98 000 casos confirmados de COVID-19. Más de 10 700 italianos, principalmente en la región de Lombardía, al norte del país, fallecieron hasta el momento debido a esta enfermedad. Milán, la capital regional, es más que un pilar de la economía italiana. La otrora bulliciosa ciudad está ligada inextricablemente al proyecto europeo y es un motor fundamental de la economía europea en su conjunto.

Sin embargo, a medida que aumenta la cantidad de muertes y la región experimenta tasas de contagio mayores que las de cualquier otra parte del continente, la Unión Europea y sus estados miembros han estado lentos a la hora de implicarse de manera significativa y mostrar solidaridad con su vecino en problemas. Por el contrario, los estados miembros de la UE han cerrado sus fronteras y se han centrado en sí mismos. Las dificultades en Italia empeoraron debido al cierre de fronteras, que la dejó sin provisiones y equipos médicos muy necesarios.

Los gobiernos se enzarzan en riñas mezquinas y parecen más preocupados por sus ventajas económicas. Los representantes de algunos estados europeos del norte parecen haber desafiado las recientes decisiones económicas de Italia y estar más pendientes de la forma en que se las arreglará para pagar sus deudas que de la cantidad de muertes y el empeoramiento de su economía.

En consecuencia, en un momento en que el continente y, de hecho, el mundo entero, enfrentan crisis de salud pública y económicas de proporciones históricas, Europa es una casa dividida en peligro de disolución territorial. Si la brexit unió a los 27 estados miembros restantes y eliminó el fantasma del abandono del ruedo europeo, el coronavirus volvió a colocarlo en la agenda.

La UE tiene la responsabilidad ante sus estados miembros y sus habitantes de usar todos los instrumentos financieros a su disposición, o crear nuevos, para garantizar que Italia y la Unión en su conjunto puedan superar —y a la larga, recuperarse de— esta crisis. Eso exige abandonar la dependencia habitual en un modelo de gobierno anticuado, basado en la ausencia de recursos financieros comunes en una unión monetaria. Si Italia cae, el costo para la economía europea —de hecho, para el propio proyecto europeo— será mucho mayor que el costo de infringir alguna que otra norma fiscal en un momento de grave peligro.

Antes de la cumbre virtual del Consejo Europeo la semana pasada, un grupo de nueve países europeos, incluidos países del sur como Portugal y Eslovenia, solicitaron un eurobono y mutualizar la deuda común. A las instituciones financieras europeas se les encomendó durante la cumbre que hagan propuestas, lo que posiblemente alivie la presión sobre los líderes de gobierno (que en su mayoría están preocupados por la oposición local). Al mismo tiempo, algunas de las figuras más autoritarias y extremas de la política italiana aprovecharon la situación para lanzar una nueva acometida contra la UE y poner sobre la mesa la salida de Italia del euro y de la propia Unión.

Frente a la retirada de Estados Unidos, con su actual gobierno, de la alianza transatlántica de posguerra, la UE tuvo la oportunidad de cumplir su promesa de compromiso con los valores, los derechos y la cooperación multilateral, y afirmarse como líder mundial. No ha estado a la altura. Aunque el futuro de Europa parece funesto, no es demasiado tarde para que las instituciones y los gobiernos europeos cambien de rumbo. La UE no puede darse el lujo de perder a Italia ni de transitar la crisis sin una respuesta significativa, todos los países y economías del bloque sufrirían por ello.

Mi padre, George Soros, sobrevivió a algunos de los crímenes más atroces del siglo pasado y salió de esa experiencia con la profunda y perdurable creencia de que el proyecto europeo es necesario. Me enorgullece que durante tanto tiempo haya usado sus instituciones filantrópicas para promover un futuro mejor para Europa y el mundo.

Por eso no debiera sorprendernos que la organización que fundó, la Open Society Foundations, intervenga para ayudar a Italia en este momento crucial y haya comprometido 1 millón de euros para la ciudad de Milán, para apoyar la dura tarea de ayudar a sus ciudadanos más vulnerables y reconstruir su economía, su salud y su espíritu en los meses venideros.

Ciertamente, algunos países de la UE —con ciertas demoras— también han enviado suministros médicos y muchos italianos han hecho donaciones a los esfuerzos del país para contrarrestar la crisis. Y tan solo unos pocos días después de recibir la luz verde para comenzar las negociaciones de ingreso a la UE, Albania mostró una verdadera solidaridad europea y envió un contingente de 30 médicos al norte de Italia. Espero que muchos otros sigan ese ejemplo y ofrezcan ayuda a las áreas más golpeadas por la COVID-19. Esta ayuda llega inmediatamente después de un regalo similar para la ciudad de Budapest y es una de la serie de intervenciones que la Open Society Foundations lanzará en los próximos días en respuesta a un mundo en crisis.

Alexander Soros is a deputy chairman of the Open Society Foundations.

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