El esquema esloveno

Pasó el esperado 1-O, y se complicó más el escenario con el creciente interés internacional por los acontecimientos en Catalunya. Especialmente por la represión policial, que ha encontrado eco en redes sociales, cabeceras internacionales y figuras políticas de cierta relevancia. Hasta ese momento, los esfuerzos de la Generalitat por atraer la atención internacional habían logrado resultados más bien discretos, limitados a conseguir la simpatía de un número de parlamentarios en diversos países y en el Parlamento Europeo.

Sin embargo, el 2 de octubre el ‘president’ Puigdemont subió la apuesta en este terreno, condicionando cualquier negociación con el gobierno español a una mediación de la Unión Europea y a la retirada de la Guardia Civil y la Policía Nacional de territorio catalán.

Este intento de internacionalización que sigue la Generalitat recuerda a estrategias seguidas en otros procesos soberanistas. De hecho, existen modelos y referentes históricos para el nacionalismo catalán, entre los que destaca el caso de Eslovenia, cuyo proceso de independencia fue el más depurado y mejor planificado de aquellos que tuvieron lugar en Yugoslavia y la Unión Soviética. El ‘modelo esloveno’ posee un especial atractivo por la proximidad emocional, que arranca con la amistad entre Jordi Pujol y Milan Kucan (primer presidente de la Eslovenia independiente) y se proyecta hasta el 1-O, cuando el presidente de la república, Borut Pahor, afirmó que «el corazón de muchos eslovenos late por la nación catalana».

Pero ese modelo también es atractivo desde la perspectiva práctica. La independencia de ese país, proclamada en junio de 1991, se basó en una preparación cuidada y en el efecto sorpresa. Recurriendo a la estrategia de la guerra asimétrica, hicieron caer en una trampa al ejército federal, cuyas fuerzas, muy desmotivadas, quedaron aisladas en carreteras y guarniciones hasta su retirada.

La rapidez y profesionalidad de los eslovenos generó declaraciones públicas agresivas de una parte de los mandos del ejército federal, aunque con pocos efectos prácticos. A ello hay que sumar la eficaz maquinaria propagandística de Ljubljana y la espectacular cobertura gráfica que llenó de inquietud a la opinión pública europea.

En la internacionalización de la situación eslovena jugó a favor la proyección de la imagen de ‘David contra Goliat’, que concitó las simpatías de las cancillerías europeas, aunque algunas de ellas ya estaban predispuestas a reconocer al nuevo Estado. El incipiente mecanismo de política exterior europea buscó contener la solución de forma rápida y con la menor repercusión posible. La implicación europea favoreció enormemente los intereses de los eslovenos, que consiguieron, a través del Acuerdo de Brioni, el control de sus fronteras y el acuartelamiento del ejército federal. Y ante todo, consiguieron sentarse un día en la mesa frente a la delegación yugoslava de igual a igual.

El esquema esloveno levanta entusiasmos entre el independentismo catalán, que ha contado con algunos de sus protagonistas durante la jornada del 1-O (Dimitrij Rupel, portavoz de los observadores internacionales, fue precisamente el artífice del aparato de acción exterior esloveno entre 1990 y 1992). Sin embargo, la equiparación con el esquema esloveno presenta hoy problemas más que evidentes. El primero, que España es miembro de la UE, y la secesión implicaría que el acervo comunitario se dejaría de aplicar en Catalunya.

En 1991, Eslovenia no era miembro de la Comunidad Europea y, por lo tanto, no le planteaba ese quebradero de cabeza a Bruselas. Es cierto que el soberanismo catalán ha conseguido meter el tema en la agenda europea (el Parlamento Europeo ha abordado la cuestión este 4 de octubre), pero las llamadas al diálogo desde Bruselas están lejos de propiciar un escenario parecido al de Brioni.

Otro problema es que la Generalitat no cuenta con aliados en los centros de poder españoles. Un elemento clave en el caso esloveno fue la conformidad del presidente serbio, Slobodan Miloševic, quien, ‘de facto’, tenía al ejército bajo su control. Además, en caso de que se consume la independencia, el gobierno catalán tendría que gobernar un país divido entre fidelidades nacionales.

El esquema esloveno fue posible gracias a la unidad de acción de la clase dirigente eslovena, conseguida a través de la incorporación de nuevos actores políticos a lo largo de los años 80. En donde sí se parecen estos dos procesos es en la deriva de las izquierdas políticas, cuya ‘nacionalización’, en ambos casos, les ha ayudado a ocultar su ausencia de proyecto.

Carlos González Villa, investigador, Centro de Estudios Avanzados de la Universidad de Rijeka.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *