El estado de alarma y el coronavirus

Lo que está sucediendo estos días en el planeta Tierra, en el cual vive la humanidad desde hace millones de años, es sin duda algo insólito, aunque haya habido anteriormente otras pandemias pero de menos alcance que ésta. Porque todavía no somos capaces de imaginar las consecuencias que puede comportar para los diferentes países afectados, pero pueden ser gravísimas. Ciertamente, no se está reaccionando en todos los países de forma igual. En unos, en los que dicen que se están poniendo los medios adecuados, podría ser que por el momento la pandemia parezca que está controlada. En otros países parece que no se lo estén tomando en serio y no hacen gran cosa para detenerlo. En alguno, por el contrario, se están adoptando toda serie de medidas pero ya es, como en España, demasiado tarde, sin que sepamos adónde vamos a llegar y si se podrá parar.

Sea lo que sea, como es lógico, no voy a agotar el catálogo posible de ejemplos existentes. Me voy a limitar únicamente a un análisis jurídico-político de lo que está sucediendo en nuestro territorio, visto desde una óptica general. Distingamos así la perspectiva científica de la jurídica, pero en cuanto a la primera nuestros últimos gobiernos han dejado la investigación en una situación lamentable. Además, en el campo de la ciencia lo que impera es la ley de la serendipia, es decir, aunque se dedicasen todos los laboratorios del mundo a buscar un remedio contra el coronavirus, no se garantizaría que se encontrase el antiviral adecuado a este caso. La serendipia significa que, con mayor o menor frecuencia, ocurre que buscando una cosa encuentras otra tan valiosa o más que la que perseguías, como le ocurrió a Fleming con la penicilina. En cualquier caso, es cierto que en la actualidad hay diversos grupos de investigadores tanto en China como en varios países de Europa –incluido España– que son muy optimistas con respecto a los resultados, que esperan sean favorables.

El estado de alarma y el coronavirusAhora bien, es claro que un hecho como éste no parece que se haya dado anteriormente en el mundo con estas dimensiones. Por lo demás, es cierto que se conocen de siempre medidas de aislamiento para pacientes con enfermedades transmisibles, pero siempre se trataba de casos aislados, como la tuberculosis en individuos o grupos de personas que fueron contagiados y convenía aislarlos hasta su curación. Pero una pandemia de este tipo, que afecta a gente de cualquier país, de cualquier sexo y, sobre todo, de una especial edad, es algo tenebroso, algo que asusta no solo por lo que ya tenemos encima sino por lo que podría venir. Lejos estamos, pues, de las enfermedades románticas como la tuberculosis, a las que pertenecieron poetas extraordinarios como los españoles Vicente Aleixandre, Ángel González y otros tan importantes o más que éstos. Y entre los extranjeros sobresalen Edgar Allan Poe, Maupassant o sir Walter Scott.

Pero, en fin, si los rasgos de estas nuevas enfermedades se agudizan, cabe sostener que estamos entrando en una nueva civilización en donde, de creer al presidente francés, Emmanuel Macron, la sociabilidad será mínima, con todas las consecuencias que eso conlleva. Dejo, pues, el terreno científico para adentrarme en el puramente jurídico. En este sentido, lo primero que habría que afirmar es que la Ley Orgánica 4/1981 de 1 de junio, sobre los estados de alarma, excepción y sitio es una estupenda ley que se debía, como señalé en su momento, haber aplicado en Cataluña, después de los actos inconstitucionales del 5 y 7 de septiembre de 2017, en lugar del artículo 155 de la Constitución, que no está para ese supuesto. En efecto, el artículo 32 de dicha ley, que regula el estado de sitio, dice así: «Cuando se produzca o amenace producirse una insurrección o acto de fuerza contra la soberanía o independencia de España, su integridad territorial o el ordenamiento constitucional, que no pueda resolverse por otros medios, el Gobierno, de conformidad con lo dispuesto en el apartado 4 del artículo 116 de la Constitución, podrá proponer al Congreso de los Diputados la declaración de estado de sitio».

En otras palabras, si se hubiese aplicado este artículo, que entra en este supuesto como si fuese un guante, no hubiera habido golpe de Estado y Cataluña estaría hoy más tranquila. Pero sabemos que los españoles y, especialmente, los nacionalistas catalanes, sienten urticaria cuando se aplica la ley exigida. Para situarnos otra vez frente a la ley orgánica que regula los supuestos señalados, en este caso el estado de alarma, nos hemos enfrentado al principio de aplicar la ley a todo el territorio nacional para sostener el principio de unidad de acción y no fragmentar la intervención. El presidente de la Generalitat ya tuvo un primer enfrentamiento con el presidente del Gobierno, porque exigía que fuese él quien llevase la dirección en Cataluña. Como se supone que Torra sabe leer, entonces se supone que quiere violar los artículos 6, 7 y 8, que señalan que el estado de alarma es siempre declarado por el Consejo de Ministros, que será quien determine el ámbito territorial, la duración y las medidas que se tomen.

Por lo demás, este Gobierno ha pecado por omisión y después por acción. En primer lugar, el Gobierno sabía antes del día 8 que ya había enfermos de coronavirus en España y, sin embargo, los colectivos feministas se empeñaron en esa locura de manifestación en la que se contagiaron varios centenares, según parece. Pero ahí no acaba el asunto sino que empieza la situación caótica que se nos viene encima. De entrada, el presidente del Gobierno y el vicepresidente acudieron al Consejo de Ministros pese a que la mujer de ambos habían dado positivo por coronavirus. Y ahora vamos a lo que podríamos denominar estalinismo sanitario. Esto es: lo más parecido al régimen estalinista o si se quiere al régimen hitleriano, guardando las distancias, en que consiste el régimen que el Gobierno está implantando en España y que traerá, si dura al menos un mes, consecuencias de todo tipo. Para empezar, se ha perdido la libertad de circulación y te recomiendan no salir de tu casa, Ya no puedes ir a donde quieras y con quien quieras. Y la violación de estas normas pueden no solo comportar multas, sino hasta la cárcel.

Lo peor es que no sabemos lo que puede durar esta situación atípica que nos ha hecho retroceder a épocas odiosas. No tiene gracia aunque lo parezca, pero los que se hallan hoy en el Gobierno, suprimiendo todas las libertades, son precisamente los que querían acabar con el franquismo para lograr una sociedad libre y democrática. Por supuesto, se sabe que en este caso la restricción de las libertades se hace por la búsqueda de un bien mejor y que afecta a todos los ciudadanos. En este sentido, toda la sociedad debe estar agradecida a un personal sanitario que está sufriendo más que los pacientes. Pero lo terrible de la situación que atravesamos es que ignoramos si después de que pase algún tiempo, que no sabemos si será corto o largo, habremos conseguido mejorar la sociedad.

Por una parte, los efectos económicos de la falta de libertades suponemos que serán mucho peores que la actual circunstancia sanitaria, porque cambiaremoss el virus actual por otro que tal vez sea peor: el virus del desempleo. Me supongo que vamos a asistir a todo tipo de arbitrariedades, porque es lo que ocurre cuando se concentra demasiado el poder. Además, sin que podamos afirmar que empiezan a disminuir los contagiados o incluso el número de muertos. Ciertamente, no creo que este Gobierno lo esté haciendo bien. Pero, al menos, hay que consolarse pensando en el caso de un pueblo de Italia, que se niega a que desaparezca su periódico local de toda la vida. Hace un año publicaba una sola página de esquelas. Ahora publica diez.

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional.

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