El estado de salud de los políticos

Los políticos huyen como de la peste de los escándalos financieros, sexuales o de abuso de poder. Cuando estallan, no necesariamente son despedazados por ellos, pero tienen la capacidad de hacerlo. Así ocurrió con la histeria del Watergate de Nixon y del Sexgate de Clinton. Y algo similar está pasando con el factor corrupción en España. En cuanto nos descuidamos, todos fuimos -o somos- adictos a la droga del seguimiento de esos escándalos, y algunos pueden llegar a morir de sobredosis.

Tan corrosivo como un escándalo -y tan temido por los políticos- son las oscilaciones de la salud. Un mago del ocultismo, Jacques Chirac, el ex presidente de Francia, acaba de ser ingresado en una clínica por infección pulmonar. En 2005 había ocultado un accidente cardiovascular. Desdramatizar era la consigna de entonces: «Tout va bien!» Su primer ministro Dominique de Villepin: «Lo he encontrado en buena forma. Tiene ganas de salir». Según Denis Demonpion y Laurent Léger en un libro de revelaciones sobre la salud de los presidentes, el entourage de Chirac echó el resto para esconder o minimizar esta quiebra de salud. Conforme pasaron los años -incluso ya fuera de la Presidencia- el clan Chirac continuó protegiendo la salud del presidente.

el-estado-de-salud-de-los-politicosLa imagen de hace unos días de una mareada Hillary Clinton, siendo transportada en volandas por agentes de seguridad, levantó alarmas mediáticas, que, cuando se habló de neumonía, se han convertido en un rebato de sirenas. De ahí se pasó al fantasma del Parkinson o a los efectos tardíos de un coágulo corregido por cirugía en 2012. Por no hablar del absurdo rumor de que la Hillary que apareció frente a la casa de su hija recuperada del mareo era, en realidad, la sosias de Clinton, Teresa Barnwell, que en ocasiones ha sustituido con acierto a la ex secretaria de Estado. Naturalmente, Trump ha escarbado en la herida, a la vez que se vio obligado a poner sobre la mesa parte de su historial médico: «Bastante colesterol, tendencia a la hipertensión y con exceso de peso…». Algo es algo.

¿Por qué estas reacciones? Pongámonos en la situación de un votante americano. El presidente es el jefe del Ejecutivo y el árbitro de las Cámaras. Es el jefe del Estado y Comandante en jefe del Ejército, la Marina y el poder aéreo, así como del Pentágono. Es el embajador ante el mundo entero, con la obligación de una vida social muy intensa, al recibir a decenas de jefes de Estado. Recae sobre él tal haz de competencias que desborda las fuerzas de un hombre o mujer sanos. No les digo nada si accede al Despacho Oval alguien con una salud disminuida. Es normal que muchos indecisos vean signos de debilidad en la enfermedad, y acaben decantándose por votar a otro candidato más sano.

Se entiende así que en parte de las encuestas generales de hace unos días (Rasmussen Reports, L.A. Times/USC Tracking, o FOX News), al igual que las sectoriales de estados como Ohio, Virginia, Texas o Iowa, se daba un ligero triunfo de Trump sobre la enferma Hillary. La reaparición de ésta ha ido equilibrando de nuevo la balanza.

El estado de salud de los políticos es sometido a una severa vigilancia por la opinión pública. No obstante, ha habido presidentes que han ocultado hábilmente sus enfermedades. Kennedy disimuló bastante bien el síndrome de Addison; de las 35.000 fotografías que se conservan en la Roosevelt Presidential Library, sólo dos muestran a F.D. Roosevelt en silla de ruedas, dejando en la oscuridad su parálisis; Cleveland fue un genio de la ocultación: tuvo un cáncer de boca, acabó su mandato, perdió la elección siguiente y, más tarde, volvió al poder con su enfermedad a cuestas. Durante los dos septenatos como presidente de la República francesa, Mitterrand ocultó su cáncer de próstata con metástasis en hueso, encubriéndolo a través de boletines médicos inocuos. Y Georges Pompidou disimuló magistralmente su cáncer de sangre (enfermedad de Waldenström) enmascarándolo como «gripes frecuentes». En fin, el presidente Wilson tuvo dos ictus seguidos que lo confinaron en la Casa Blanca. Su incapacidad nunca se declaró hacia fuera y, en vez de dimitir Wilson, durante los dos años finales de su segundo mandato la verdadera presidenta fue su esposa.

Una excepción ha sido el antiguo alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani. Se le detectó, en vísperas de las elecciones presidenciales 2008, un cáncer de próstata. Un político con experiencia y buen amigo le dio este consejo: «Me da igual que seas senador, alcalde, o presidente. No puedes hacer nada a menos que estés vivo y goces de buena salud. Pon tu salud por encima de todo». La reacción de Giuliani fue: «Decidí convertir mi salud en mi primera preocupación». No se trata de convertir a los políticos en hipocondríacos mentales, siempre mirándose el ombligo. Se trata de hacer una ponderación razonable entre la salud y la carga de trabajo. Es decir, de no engañar a los electores ocultándoles que, en la cima del poder, van a poner a un enfermo dudosamente capacitado para llevar su carga.

La salud física es importante para los políticos, pero el equilibrio mental lo es también. David Owen, que ha estudiado a fondo la influencia de la enfermedad en las decisiones políticas, hace hincapié en la hybris/hubris, una alteración que consiste en evaluar una situación en términos de ideas fijas preconcebidas, mientras se ignora o rechaza toda solución contraria. O si se quiere, la incapacidad para cambiar de dirección porque ello supondría admitir que se ha cometido un error. Ese tipo de disturbio hace que los afectados por él desarrollen un tipo de comportamientos que huele a inestabilidad mental.

La tendencia al secretismo en la política norteamericana fue empalideciendo por la decidida actuación de los presidentes Eisenhower y Reagan, que en cuanto se produjeron sus problemas de salud (ataques de corazón el primero, cánceres en el segundo) hicieron que se divulgaran enseguida. El caso de Juan Pablo II fue singular. La originalidad de su enfermedad (Parkinson, secuelas del atentado, etc.) es que no la escondió en absoluto. Ni siquiera su portavoz situó las cámaras de televisión, como era fácil hacer, para que no tomaran el temblor de su mano izquierda. Y esto porque su enfermedad fue su mensaje; convirtió la carátula de una enfermedad en un mensaje universal.

Incluso el Tribunal de Derechos Humanos (en la sentencia 18 de mayo de 2004, asunto Plon Société c. Francia), en un caso sobre la publicación -una vez muerto François Mitterrand y pasado un cierto tiempo- por su antiguo médico personal de un libro que incluía revelaciones sobre el estado de salud del presidente, se refiere al debate que existe en la opinión pública acerca de si, tratándose de personajes políticos, en ocasiones, puede ceder el secreto médico ante la libertad de expresión, dado el derecho de «los ciudadanos de estar informados de las afecciones graves de un jefe de Estado».

No llega a definirse claramente, pero su alusión varias veces a este debate a lo largo de la sentencia, y la importancia que da a la libertad de expresión sobre la confidencialidad, transcurrido un tiempo razonable, parece marcar una corriente a favor de la primacía del derecho a conocer del ciudadano. Aunque sin llegar a lo que habría de ser conclusión obligada: que en ciertas ocasiones, el interés público pasa por encima de la confidencialidad médica.

De modo que, casi al final de la campaña presidencial, tanto Hillary como Trump han de demostrar su excelente estado de revista. Sigo sosteniendo que ganará Hillary, aunque dos miedos acechan a Trump: el primero perder la batalla electoral de noviembre y ser arrojado a la papelera; el segundo, más subterráneo, ganar las elecciones. Sabe que no era lo que pretendía al lanzarse a las primarias, sabe que menuda se le viene encima si gana.

Rafael Navarro-Valls es catedrático y Vicepresidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *