El Estado Islámico y la revolución de “los nuestros”

Hace pocos días, un diario de ámbito nacional publicaba un artículo titulado “El Estado Islámico arrasa entre los yihadistas españoles”, donde se recogía la preocupación de un responsable policial por la curiosidad e incluso simpatía que, al parecer, dicho grupo está causando entre ciertos sectores de jóvenes españoles1. Esta preocupación venía avalada por datos más o menos objetivos, como por ejemplo las decenas de individuos con pasaporte español presentes en las filas del EI, pero también por lo que se sospecha se está incubando en el propio territorio nacional. En efecto; el volumen de información relacionada con contenidos yihadistas que circula por las redes sociales, la presencia de “ídolos terroristas” hablando en castellano, o las fotos de jóvenes con la enseña del EI junto a monumentos carismáticos, entre otros, son signos de que podría existir un fenómeno de atracción de masas hacia dicho grupo. Y el problema, como concluye el artículo, no es sólo que los finalmente reclutados se vayan a luchar al extranjero, sino que vuelvan después a España para captar más adeptos o para continuar su guerra en suelo español.

La atracción que ciertos grupos revolucionarios violentos pueden ejercer entre la población de sociedades modernas desarrolladas es un fenómeno que siempre llama la atención e incluso provoca incredulidad. Desde un punto de vista ético, es difícil asumir que escenas de asesinatos como las que propaga el EI puedan resultar atractivas, e incluso que los propios verdugos puedan ser capaces de reclutar adeptos. Desde un punto de vista funcional del comportamiento humano, el fenómeno también es sorprendente. ¿Por qué renunciar, por ejemplo, a los servicios sociales, a la enseñanza y sanidad gratuitas, a la libertad de expresión y credo, a la seguridad física y jurídica, etc. para cruzar la línea del crimen y pasar a la clandestinidad? Se podrían argüir motivos idealistas, ya estén basados en política, religión u otras creencias, pero el hecho objetivo es que lo anterior implica anteponer necesidades secundarias a otras de primer orden, cosa que no ocurre en ninguna otra especie. La única explicación, en efecto, reside en la excepcionalidad y complejidad de la conducta humana.

En España sabemos mucho acerca de la atracción que determinados grupos violentos, incluso los que han utilizado el terrorismo de manera recurrente, pueden ejercer entre ciertos sectores de la población. Desde el punto de vista del comportamiento humano, el fenómeno descrito al inicio de este artículo, aun teniendo connotaciones religiosas, no difiere esencialmente de otros fenómenos de atracción de masas y posterior radicalización individual que han ocurrido (y posiblemente continúen ocurriendo) en nuestro país. Técnicamente hablando, en sociedades donde las necesidades básicas del individuo están cubiertas, son prácticamente los mismos elementos y procesos los que están presentes en cualquier modalidad de radicalización, ya sea ésta de raíces políticas, religiosas, nacionalistas u otras.

Así, en estas circunstancias casi siempre es posible identificar: la posibilidad de llevar a cabo un conjunto de actividades excitantes, incluidas actividades violentas, que superen la monotonía e incluso la miseria del día a día; la presencia de un discurso épico y/o victimista, que justifique e incluso promueva la violencia; los modelos de conducta a imitar –esos “héroes” cuyas hazañas se busca emular; el grupo radical de base, ya sea partido, célula, cuadrilla o incluso red social en internet, que proporciona entre otras cosas el aislamiento de las influencias exteriores capaces de abortar de manera natural el proceso; los esfuerzos de los reclutadores para captar adeptos a la organización –probablemente menos exitosos de lo que se piensa; y, sobre todo, las ansias entre algunos simpatizantes de convertirse en uno de los “elegidos” para llevar a cabo ciertos designios, sean éstos supuestamente divinos o terrenales.

También es cierto que existen algunas diferencias. Una de ellas, característica de la radicalización de corte islamista, es la falta de progresividad en la adquisición y consolidación de la conducta violenta. Salvo que el activista se desplace a algún escenario de conflicto y después regrese completamente radicalizado, el paso a la actividad violenta manifiesta se lleva a cabo de manera súbita. Otra de ellas es la relevancia de las redes de información y contactos virtuales, que pueden suplir en buena medida las funciones del grupo físico y favorecer la aparición de lo que se ha dado en llamar “lobos solitarios”. En definitiva, la radicalización en ambientes islamistas es un proceso más insidioso y los resultados más inesperados. Pero en cualquier caso, las diferencias con otros entornos de radicalización se dan sólo en un pequeño tramo del largo camino que conduce abrazar la violencia. El resto del proceso es muy similar, y el producto final, técnicamente hablando, es el mismo: individuos alejados de la realidad y dispuestos a matar.

A la hora de extraer enseñanzas, por tanto, es más útil centrarse en los elementos comunes en vez de en las diferencias. Porque si existen elementos clave comunes a los diferentes ambientes de radicalización, es razonable suponer que factores que han contribuido a frenar el fenómeno en alguno de ellos podrían ser capaces también de hacerlo en otros.  La aplicación estricta de las leyes, dentro de los límites del estado de derecho, la supresión de espacios de impunidad, y la formación de un frente unido y sin fisuras por parte de las formaciones políticas, por ejemplo, han sido factores que han contribuido de manera decisiva al cese de la actividad terrorista por parte de conocidos grupos radicales y sus simpatizantes. Pero también lo ha sido la movilización ciudadana por parte de quienes éstos últimos se consideraban “salvadores” –vaya paradoja, por cierto- y éste es quizá uno de los aspectos que más potencial tiene para ser explotado en el caso que nos ocupa.

La contestación social a la violencia por parte de  “los nuestros”, es decir, de aquellos donde el grupo radical se inserta y se erige como redentor, tiene un efecto demoledor en un aspecto funcional clave de dicho grupo. Por diferentes motivos, la radicalización en sociedades desarrolladas es una carrera en contra de la tendencia social dominante; y como se ha dicho anteriormente, el grupo radical proporciona el aislamiento de las influencias exteriores que de manera natural podrían abortar el proceso a nivel individual. Es en este punto donde la contestación social muestra al individuo la cruda realidad, hasta entonces filtrada por las dinámicas del grupo; e introduce la contradicción cognitiva que puede frenar el proceso de radicalización. Como ejemplos de iniciativas que podrían fomentarse y encaminarse a dicho objetivo, se puede mencionar la convocatoria el pasado 20 de septiembre de la jornada de rechazo al extremismo por parte del Consejo Central de los Musulmanes de Alemania –país de procedencia de cientos de combatientes del EI, por cierto. Este acto se desarrolló en unas doscientas mezquitas a lo largo y ancho del territorio germano, e incluyó la asistencia del propio Ministro del Interior.

En definitiva; que la atracción que el EI está causando entre ciertos sectores de la población española, por muy difícil de creer que parezca, está en el origen de un proceso de radicalización individual que puede acabar, por uno u otro camino, en conducta violenta. El grupo radical de base, ya sea físico o virtual, constituye un elemento clave que puede hacer vulnerable todo el proceso. Y esta vulnerabilidad puede explotarse adecuadamente promoviendo la contestación social entre iguales. Es cierto que el miedo siempre está presente, especialmente en las comunidades más cerradas, y la historia nos enseña que son necesarios acontecimientos traumáticos para conseguir que los ciudadanos se sientan empujados a expresar libre, pública y contundentemente su rechazo a la violencia. Pero también es cierto que ésta es una circunstancia que no nos podemos permitir esperar; otra vez no.

Miguel Peco Yeste, licenciado en Psicología y Doctor en Seguridad Internacional.

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