El estanque y el cristal

El capitalismo parece un estanque. El comunismo es un cristal. Ante la crisis, el primero se comporta como el agua cuando recibe el impacto de una piedra: se ondula, tiembla, se desestabiliza para después volver a su estado inicial. Flexible, blanda, la superficie de un estanque se inquieta ante el insignificante vuelo del mosquito, pero sobrevive a la incertidumbre gracias, precisamente, a su infinita maleabilidad. El cristal no se ondula cuando la piedra impacta en él, sino que se quiebra, haciéndose mil pedazos lo que al principio parecía compacta superficie, transparente y perfecta. Su rigidez es su debilidad, su férrea estructura es a la vez frágil belleza, perfección imperfecta.

Bello en la teoría, ideal sobre el papel, el comunismo -más correctamente llamado socialismo real– hizo de la URSS y sus zonas de influencia cristales inmaculados que sucumbieron, sin remisión, a los embates de sus propias contradicciones. Y las brechas del Muro fueron metáforas perfectas de las grietas que asolaron el aparentemente perfecto cristal comunista a partir de 1989. El sistema sucumbió a la crisis porque no supo integrarla y digerirla.

Contraria fue la dinámica capitalista, pues las piedras lanzadas al estanque que supusieron las crisis de 1929 y 1973 desestabilizaron al sistema, lo introdujeron en una pendiente cercana a la catástrofe que, gracias a la flexibilidad de los conceptos en los que el propio sistema se basaba -la libertad, como buque insignia de ellos-, dieron brío al estanque para superar las serias ondulaciones provocadas. El equilibrio inicial pudo así restablecerse, o más bien corregirse y aumentarse, pues tras cada crisis el capitalismo ha salido más fortalecido hasta ser hoy -cruel derrota que los propios comunistas reconocen- el único sistema triunfante que en lo material cristaliza en una economía de libre mercado, en lo social se caracteriza por el voraz consumo masivo y en lo político se define por estas democracias de masas afectadas de demagogia y cada vez más vacías de contenido.

Pero el estanque no es río. El hedor que desprenden sus orillas es síntoma de putrefacción. Algo no funciona bien en el fondo, porque al digerir tanta piedra con soltura y ligereza, al salir de cada crisis corrigiéndose y aumentándose -amplificándose, en fin, pasando del liberalismo inicial al imparable neoliberalismo actual- el estanque capitalista se halla colapsado en su lecho, lleno ya de cadáveres que son las víctimas inocentes de un darwinismo social que tiene a la libre competencia como nuevo dios y a la supervivencia del más hábil como senda hacia una felicidad basada estrictamente en lo material, y por ende tan pobre como inconstante.

Esos cadáveres –parados, desmercantilizados en términos de teoría económica- tienen casi cuatro millones de nombres hoy en nuestro país, uno de los más azotados por las contradicciones de un sistema que, parece, seguirá corrigiéndose y aumentándose para salir del actual atolladero.

«No es esto, no es esto». Hay que rescatar a Ortega. De la crisis va a salirse recetando más liberalismo al liberalismo, más capitalismo al capitalismo, más gasolina al fuego. Sarkozy, le petit Napoleón, como le llaman por su París de purpurina, dijo que era necesario reformular el capitalismo. Pero reformularlo no es amplificarlo, sino corregirlo y dar pie a posibles mutaciones internas que generen estados cualitativos nuevos en un estanque cada vez más colapsado.

¿Y cómo corregirlo? Haciendo cada vez más presente uno de los grandes conceptos que los padres del liberalismo y la Revolución francesa situaron como piedra angular del mundo contemporáneo: la igualdad. Libertad sí, pero no para cualquier cosa, no para que los grandes poseedores de recursos financieros y energéticos sigan engordando sus arcas a costa de los más débiles. Libertad siempre, fundamental, pero combinada sutilmente con igualdad de oportunidades y ante la ley. Sólo así será posible establecer garantías de que esa libertad desbocada (y malentendida) se convierta en privilegio de aquellos que más recursos -materiales y simbólicos- atesoran.

Reformular el capitalismo implica favorecer su mutación desde dentro, no su ruptura ni su desaparición, sino la digestión de sus crisis favoreciendo una transformación que albergue la posibilidad de una más justa y nivelada distribución de la riqueza. He aquí el reto del siglo XXI. Y todo pasa por considerar al Hombre como fin en sí mismo y no como medio para conseguir determinados fines particulares e insolidarios. Pero leo los periódicos y veo los debates, y el panorama resulta desolador. Porque una de las cuestiones que más preocupan ahora a los grandes partidos -y a sus respectivos voceros mediáticos- es hasta qué punto el giro impuesto por Europa a la patética política zapateril pasará factura electoral a nuestro ínclito presidente. Poco se habla de las consecuencias humanas -de los dramas en tantas casas repetidos- que costará la inminente reforma laboral; nada se reflexiona sobre los impactos psicológicos, familiares y afectivos que sufren los casi cinco millones de españoles expuestos cada lunes al sol del paro.

Si al capitalismo lo derrota algo será su amoralidad, su error de convertir al hombre en simple medio para el enriquecimiento de unos pocos y no en fin para que ese Hombre, con mayúsculas, individuo único, irrepetible y digno en (y por) sí mismo, pueda autorrealizarse más allá de simples esclavitudes materiales. Y puede que el estanque, tras esta crispada ondulación en su superficie, acabe volviendo a una aparente tranquilidad. Pero en su fondo, y en sus orillas, los miles de cadáveres que ha tragado, las mil vidas sacrificadas -física y moralmente- para su supervivencia seguirán emitiendo el hedor que surge de la injusticia y precede a la catástrofe.

Alfonso Pinilla García, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Extremadura. Su último libro es El laberinto del 23-F.