El Estatut no escrito

Por Angel Castiñeira y Josep M. Lozano, profesores de Esade (LA VANGUARDIA, 27/04/06):

El protagonismo agónico de las negociaciones sobre el proyecto de nuevo Estatut ha eclipsado otros temas que, al hilo de este debate, han ido aflorando a lo largo de los dos últimos años sin que, a nuestro parecer, hayan sido objeto de suficiente análisis. Uno de ellos emergió durante el pasado mes de octubre con motivo de la publicación de dos artículos. Se trata del texto del catedrático de Política Económica Antón Costas “Más globales, menos españoles” (El País, 18/X/2005) y del artículo del notario Juan-José López Burniol “Fi de trajecte personal” (El Periódico, 27/X/2005).

Ambos abordan las relaciones actuales entre Catalunya y España y ambos lo hacen interpretando más la música que la letra del momento presente. Antón Costas comenta su encuentro en Esade con un grupo de jóvenes dirigentes de empresas e instituciones sociales.

López Burniol relata lo que, según él, es la voluntad que inspira el nuevo texto estatutario. Costas describe la actitud de los catalanes hacia España como de “soberbia, altivez y displicencia”. López Burniol, tras la lectura del proyecto de Estatut, confiesa un sentimiento personal de “desconcierto, consternación y desánimo”. Lo más curioso es que ambos utilizan la misma expresión: “Dar la espalda a España”.

Llevamos dos largos años renegociando el encaje de Catalunya desde su vertiente jurídico-política. El resultado será el nuevo Estatut. Sin embargo, pocas voces se han atrevido a verbalizarlo desde su vertiente sentimental y relacional. Es posible que el clima estereofónico de crispación instalado en la capital del reino (no sólo político y mediático, también eclesial -arzobispo de Toledo- y empresarial -José M.ª Cuevas-, entre otros) y esperpentos como las propuestas de boicot a los productos catalanes no aconsejen dicho análisis. Pero a nuestro parecer conviene hacerlo, porque ése es en realidad un Estatut no escrito, pero tan real como el anterior.

Dicho análisis no es fácil porque requiere, de un lado, distanciamiento y, del otro, la inclusión de la doble perspectiva: catalana y española. Costas y López Burniol sólo valoran la actitud catalana. Ambos se lamentan. Costas habla de desimplicación, autoaislamiento, reacción defensiva y formulación de proyectos colectivos económicos y empresariales liliputienses frente a la globalización, que fomentan “más de lo mismo” y que dan la espalda a España. López Burniol cree que ya no hay voluntad de regenerar o modernizar el Estado español, sino que se está articulando un sistema catalán “tan independiente como la realidad permite”.

La cuestión es si, en este nuevo contexto, estamos asistiendo al fin de un modelo que proponía una vía de pertenencia, que consistía en hacer de España algo también propio para los catalanes. ¿Puede haber ahora un proyecto común basado sólo en los intereses de un mercado común, cuando todos los mercados son abiertos? ¿Hay suficiente con redefinir las competencias autonómicas y estatales para fortalecer nuestra convivencia o necesitamos también apelar a los afectos y actitudes? ¿Puede haber lealtad constitucional sin vínculo emocional? ¿Vamos a derivar hacia un repliegue sordo a la presencia del otro, antesala de la indiferencia?

Estamos ante un cambio de escenario generacional en el que los contactos formales e informales con España y el mantenimiento de unas biografías basadas en afectos e identidades compartidas dejan de ser evidentes. Ya no hay migraciones interiores; la movilidad interterritorial ya no es la más importante; los contactos profesionales y científicos se han hecho más globales, el mundo no comienza ni acaba en Madrid o Barcelona. Más allá de la rivalidad deportiva, ni Madrid mira tanto a Barcelona ni ésta a Madrid. Se puede suponer, por tanto, que es posible el tránsito desde la beligerancia actual a la simple indiferencia ciudadana, lo que vendría a representar -y ahí enmarcamos los lamentos de Costas y López Burniol- el canto del cisne de lo que fue, en su mejor momento, una realidad entrañable.

Creemos que es importante interpretar bien el momento y no confundir un pasado común con un futuro común. Nuestra actual vinculación escrita (Constitución y nuevo Estatut) puede que se esté disociando de nuestra vinculación sentida (lealtad, adhesión), no tanto por odio o reacción sino por puro desinterés, por falta de proyecto compartido. Por lo tanto, este futuro común dependerá también del cultivo consciente y recíproco de los afectos y las relaciones: intercambios, encuentros, reconocimientos, etcétera. La España que aspira a ser plural ya no va a poder seguir haciendo de centrifugadora y esperar a cambio adhesiones sumisas, sino que va a tener que pasar de ser un Estado tutor a un Estado seductor. Esto implica un cambio copernicano. Hasta ahora y durante todo un siglo de catalanismo, la pedagogía, los diálogos y el intento de tejer complicidades procedían siempre básicamente de Catalunya. Puede que eso esté en vías de extinción. Si el Estado español no cuida la relación, puede darse el caso de que en Catalunya se acaben superponiendo dos realidades contrapuestas: una de iure, la de un Estatut escrito que (todavía) nos une a España; y una de facto, la de un Estatut no escrito que nos proyecta al mundo sin pasar ya, más allá de lo necesario, por Madrid (a pesar de la T-4). A no ser que creamos que un proyecto compartido es sólo una urdimbre de intereses y relaciones de poder.