El euro se salvará si también existe Europa

En un clima de catástrofe inminente, los ministros de Finanzas de la Unión Europea están preparando el Consejo del 16 de diciembre, que incluirá en el orden del día varias propuestas de ingeniería financiera. Todas ellas dirigidas a tranquilizar los mercados. ¿Funcionarán? ¿Servirán para sacarnos de la situación de peligro?

Y, sin embargo, si hacemos el esfuerzo de alzar la vista para observarnos a nosotros mismos desde fuera, descubriremos que la región en la que vivimos no es solo una de las más ricas del planeta, sino que, además, está experimentando un discreto crecimiento tras la crisis, distribuye sus rentas de forma más equitativa que otras, no ha contraído deudas imposibles de pagar y mantiene un equilibrio sustancial en su balanza de pagos con el resto del mundo.

Esta región es la eurozona. Es cierto que India y China crecen a un ritmo más acelerado, pero pasará todavía bastante tiempo antes de que el nivel de vida de sus ciudadanos se ponga a la altura del nuestro. Tampoco tenemos motivos para envidiar a Japón, cuya economía está estancada desde hace casi 20 años y cuya deuda pública es el doble de su PIB. Ni a Estados Unidos, con sus desequilibrios bastante más señalados, tanto en el ámbito interno (distribución de la riqueza) como externo (balanza de pagos).

En resumen, si consiguiéramos vernos como una sola entidad, como un conjunto, nuestra percepción de nosotros mismos, los habitantes de la Unión Europea -y en especial de la eurozona-, sería mucho más imparcial. Y nos parecería absurdo que alguien pueda poner en tela de juicio la supervivencia de nuestra moneda, el euro.

Pero el problema, precisamente, es que no somos una unidad política, y los mercados son muy conscientes de ello: si no se “tranquilizan” es por eso, y no, como se suele creer, por la “excesiva” diversidad que existe entre los países europeos.

Si nos fijamos en los seguros de impago de deuda (Credit Default Swaps, CDS), California e Illinois corren más peligro de quiebra que Portugal y España. Pero nadie pone en duda la unidad política de Estados Unidos, mientras que la unidad política de la eurozona y la Unión Europea no es todavía una realidad.

Unidad política significa tener, además de un banco central, que ya tenemos, un Ministerio de Hacienda que administra un presupuesto federal de dimensiones suficientes para estabilizar el sistema cuando es necesario y ayuda a los Estados en dificultades con una maniobra fiscal. Por consiguiente, para salir de esta crisis, para estabilizar el euro, Europa debe apresurarse a convencer a los mercados y el resto del mundo de que no puede caber duda sobre su unidad política. Y la única forma de hacerlo es avanzar. ¿Cómo? Por ejemplo, creando un presupuesto federal que financie la provisión de bienes públicos importantes como la defensa, la diplomacia, los grandes programas de investigación científica, las redes de infraestructuras transeuropeas y la seguridad del tráfico comercial y de personas.

No estamos hablando del monstruo que quita el sueño a los euroescépticos británicos, el Superestado europeo. Al contrario, estamos hablando de una Federación light, que absorba no más del 5% del PIB europeo para asumir las funciones de gobierno mencionadas, frente al 20% del PIB que se destina al presupuesto federal estadounidense, y frente al 1% del presupuesto comunitario actual. Por cierto, el 5% del PIB europeo son casi 650.000 millones de euros, más o menos el volumen del fondo de estabilización actual.

El esfuerzo de imaginación que se exige para crear esa Federación light es el del federalismo de Spinelli, Monnet y Adenauer adaptado al siglo XXI, una perspectiva que tenga en cuenta la realidad: que los ejércitos nacionales en la Unión Europea ya no tienen sentido, puesto que ninguno de sus países amenaza la integridad territorial de otro; que ciertas tareas científicas necesitan una escala que ningún Estado nacional puede ya garantizar; que ya existen las redes de infraestructuras necesarias para sostener el mercado interior, pero las financiamos a trozos, cada uno por su cuenta; que la unión aduanera es ya competencia exclusiva de la UE y resulta ridículo confiarla a 27 organizaciones nacionales distintas y separadas.

Si nos atreviéramos a hacer ya tal Federación light, los mercados y el mundo sabrían que nuestra unidad política es indiscutible y que, por fin, tenemos un presupuesto federal de dimensiones suficientes para convertir la estabilización macroeconómica de Europa en una cuestión administrativa normal.

No necesitamos un informe de expertos. Los costes de la no Europa están a la vista de todos, en los gravísimos y prolongados sacrificios que deben hacer nuestros conciudadanos -que representan un freno a la economía europea en su conjunto- y en la inútil coexistencia con las dudas angustiosas sobre el futuro del euro y todo el proyecto europeo. Disipar esas dudas no solo es urgente, está, además, a nuestro alcance.

Emma Bonino, vicepresidente del Senado italiano. Este artículo se ha publicado previamente en La Stampa y en la web del European Council on Foreign Relations (ECFR). Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia