El euroescepticismo frente al euro

La mayoría de los dirigentes políticos y de los analistas dan por hecho que mañana y pasado los 27 socios de la Unión Europea apoyarán el pacto por el euro que Angela Merkel, con el concurso de Nicolas Sarkozy, logró que los miembros de la moneda única aprobasen el pasado día 11. No se descarta, sin embargo, que alguno de los países que no forman parte del eurogrupo, por ejemplo Polonia, Suecia o Dinamarca, expresen su inquietud, quién sabe si también algo más, por el hecho de que ese pacto implica un reforzamiento del intervencionismo de los estados en la economía y, en concreto, del Estado alemán en la de toda Europa, en demérito de sus planteamientos más liberales.

Pero, más allá de ese eventual rifirrafe, lo que de verdad preocupa es que el pacto no sea más que una solución a corto plazo, es decir, un instrumento destinado meramente a ganar tiempo en la batalla de la deuda pública de los países periféricos, España incluida, y, en última instancia, de la salvación del euro.

Batalla que aún podría perderse. Su suerte sigue dependiendo de los mercados. Porque, a cambio de enormes costes políticos para los países más débiles -está por ver, por ejemplo, si el Gobierno de Zapatero será capaz de imponer a los sindicatos el fin de las cláusulas de los convenios colectivos que elevan los salarios en función de la subida de los precios-, lo que, en sustancia se aprobó en Bruselas el día 11 fue el compromiso de los países ricos de elevar de 250.000 a 440.000 millones de euros el fondo destinado al salvamento de las economías que, tras Grecia e Irlanda, en el futuro entren en situación de suspensión del pago de su deuda.

Esa decisión no comporta desembolso alguno, es un mensaje dirigido a los mercados, expresado con toda la fuerza que tiene un compromiso en firme. Lo que se les ha transmitido es que Alemania no va a dejar caer a Portugal, ni a España ni tampoco a Italia. Pero lo que hace falta es que los mercados se lo crean de verdad.

Es cierto que sus primeras reacciones han sido positivas: tras los acuerdos de Bruselas han caído un poco los enormes intereses que los citados países, y también Grecia, pagan por colocar sus títulos, y asimismo ha mejorado la cotización del euro respecto del dólar. Pero la impresión de los expertos más fiables es que esos movimientos pueden ser solo un espejismo. Y que la mayoría de los inversores sigue sin descartar lo peor. En concreto, que Grecia o Irlanda no aguanten más las condiciones draconianas que Europa y el FMI les han impuesto y que, finalmente, dejen de pagar. O que la economía portuguesa tenga que ser intervenida, suscitando nuevas incógnitas, entre otras cosas sobre qué pasará con los bancos acreedores, a la cabeza de los cuales están los españoles que tienen comprometidos nada menos que 78.200 millones en el país vecino.

Las incertidumbres suscitadas por la agencia Moody’s, que ha dicho que la capitalización de las cajas de ahorros costará más del doble de lo calculado por el Banco de España -una diferencia que deberían cubrir en primera instancia los capitales privados y podría terminar siendo costeada por nuestro erario público, que se está saneando con las duras medidas de austeridad hasta ahora aprobadas-, no han hecho sino echar más leña a ese fuego.

Con todo y con eso, la partida que se está jugando en Europa no es solo de orden económico, sino sobre todo político. Desde su estallido, la crisis de la deuda -sumada a los efectos de la convulsión económica general- ha golpeado duramente tanto a los gobiernos de los países débiles y afectados por ella como a los de los ricos, los llamados a resolverla para salvar la moneda única. Se ha llevado por delante al centroderecha irlandés, ha dejado muy mal parado a Zapatero y los socialistas portugueses tienen un negro futuro. Pero también amenaza con echar a Angela Merkel del poder. Y hoy por hoy nadie da un duro por la reelección de Sarkozy.

La situación alemana es paradigmática. La cancillera de hierro es odiada por muchos españoles, portugueses, griegos e irlandeses, porque creen que ella es la culpable de los recortes que están sufriendo. Pero cada vez más alemanes le dan la espalda porque piensan que está tirando su dinero para sacar las castañas del fuego a países que no se han sacrificado como ellos. Y que nadie se atreva a decirles, a unos o a otros, que eso se hace en pro del espíritu europeo. Porque el euroescepticismo crece por doquier. En Alemania, en España y en el Reino Unido. Y no digamos en Holanda, cuya primera fuerza parlamentaria es el Partido de la Libertad de Geert Wilders, antieuropeísta militante y xenófobo. O en Francia, donde sube como la espuma el Frente Nacional de Marine Le Pen, que, aparte de medidas terribles contra los inmigrantes, propone simple y llanamente que su país abandone el euro.

Ese escenario político marcado por el euroescepticismo va a influir mucho, tal vez hasta sea determinante, en la manera en que se conduzcan los asuntos económicos. Seguramente más que los acuerdos grandilocuentes que se adopten en Bruselas. Porque habrá que ver qué pasa con ellos el día que tengan que llevarse a la práctica.

Carlos Elordi, periodista.

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