El euskara y el cuco

Por Luis Haramburu Altuna, escritor y editor (EL PAÍS, 15/03/03):

Vaya por delante la expresión de mi disgusto por el cierre de Egunkaria, por lo que éste supone de merma en las opciones del euskara. El momento exige, sin embargo, mucha templanza y alguna reflexión.

Muchos son los problemas que aquejan al euskara, pero no es el principal de ellos el supuesto acoso que por parte del Gobierno de España está padeciendo. Entender el cierre cautelar de Egunkaria en clave de persecución al euskara y a la cultura vasca es hurtar el debate de una problemática que no por sabida es menos grave. El problema no es por supuesto el euskara, ni siquiera la ideología que destilan algunos de los medios escritos en dicho idioma. El problema es la instrumentalización del euskara como herramienta política.

Hoy sería impensable la reedición de la Ley del Euskara que hace 20 años fue aprobada por consenso de la totalidad de las fuerzas políticas vascas. Ignorando el sabio consejo de Mitxelena que advertía de la fragilidad del euskara para someterlo a la lucha partidista, el nacionalismo no ha cejado en el empeño de patrimonializar en exclusiva el idioma de todos los vascos.

El euskara es patrimonio de la humanidad, pero también y porque así lo instituyó la Constitución española, el euskara es patrimonio de todos los españoles. Luego el Estatuto de Autonomía instauró la cooficialidad, a todos los efectos, del euskara y del castellano. Desde entonces, el euskara se ha beneficiado de una generosa política de discrimación positiva por parte del Gobierno vasco. Nunca el euskara gozó de tanto apoyo político ni financiero.

Pero con ser cierto que el euskara es patrimonio de todos, no es menos evidente que el euskara es ante todo el idioma de quienes lo utilizamos. Es decir, si cabe algún tipo prevalencia entre los derechos sobre el euskara, el que prevalece es el derecho de los vascohablantes. En nombre de tal derecho me parece urgente solicitar la democratización del euskara; es decir, el retorno del euskara al conjunto de la sociedad vasca. Sólo así garantizaremos su pervivencia.

De entre las muchas y muy altas voces que se han escuchado desde el cierre de Egunkaria, me ha sorprendido con agrado el tono cauto y prudente que la consejera de Cultura Miren Azkarate ha utilizado al referirse al cierre del diario, así como a la posible y necesaria creación de otro diario euskaldun. Miren Azkarate se refería a la metáfora del Ave Fénix para significar que el futuro periódico debía ser un órgano plural y abierto al servicio de la plural sociedad vasca. Antes, y ya desde el primer momento, la señora Azkarate expresó con claridad su preocupación por las graves imputaciones que sobre Egunkaria se habían formulado y manifestó su cautela de cara a futuros proyectos.

Son de agradecer la serenidad y la prudencia manifestadas por la consejera de Cultura, y lo son más, si cabe, porque contrastan con nitidez con las apresuradas e interesadas declaraciones del conjunto del nacionalismo vasco, que ha preferido ver en el cierre de Egunkaria una afrenta para alimentar su paranoia victimista, antes que la eventual vulneración de las normas del Estado de derecho.

El euskara goza entre nosotros de una suerte de bula en virtud de la cual todo estaría permitido y, a su mayor gloria, cualquier desmesura estaría justificada. En nombre del euskara se ha discrimado a profesionales de la enseñanza y de otras funciones, y en su nombre se ha cooptado a no pocos parroquianos cuyo principal mérito era su fidelidad a los postulados del nacionalismo. También y siempre en nombre del euskara y a la mayor gloria de la patria se han acumulado fortunas y creado monopolios culturales que en nada favorecen a la pluralidad y creatividad culturales. Pero con ser graves los abusos que en nombre del euskara se han cometido, son aún peores las consecuencias que de la patrimonialización del euskara por parte del nacionalismo se derivan.

El hecho de que se utilice el euskara como bandera política tiene como primera consecuencia negativa la equiparación que se establece entre nacionalismo y euskara. Esta ecuación llevada a sus últimas consecuencias está trayendo consigo la inhibición de los vascos no nacionalistas hacia el euskara e incluso está en el origen de las políticas restrictivas del Gobierno de Navarra. Sean justificados o no los recelos de los no nacionalistas, a los abertzales compete despojar al euskara de las hipotecas con las que el nacionalismo ha lastrado su futuro. Si el nacionalismo no cambia de actitud con respecto al euskara y no ceja en su empeño de utilizar el euskara como elemento identitario excluyente, puede no estar lejano el día en el que un declive político del nacionalismo arrastre en su derrota al euskara.

Por otra parte, también convendría repensar las metas estratégicas del euskara, no vaya a ser que estemos exigiendo prestaciones y velocidades de un Ferrari a lo que no deja de ser un modesto vehículo con rémoras importantes. Es una evidencia el importante desarrollo del euskara en los últimos treinta años. Pero el euskara es un idioma desarrollado en algunos aspectos y subdesarrollado en otros.

Algunos vascos tenemos la suerte de poseer una maravillosa lengua ligera y frágil que es capaz, como el corcho, de salir a flote en medio de las mayores galernas lingüísticas; pero ese mismo idioma es incapaz de soportar el peso añadido con el que algunos quieren gravarlo para convertirlo en una lengua competitiva y homologable. Si el euskara ha sobrevivido hasta nuestros días es porque ha transitado a lo largo de la historia ligero de equipaje y fiel a su condición de lengua peculiar y popular.

El carácter popular de nuestro idioma no ha sido, sin embargo, ajeno a la existencia de élites lingüísticas que lo han cultivado y escrito frente al pueblo llano que se limitaba a hablarlo. Ya desde el siglo XV, la élite estaba formada por clérigos y su predominio ha durado prácticamente hasta nuestros días. Es en los años sesenta cuando se opera un cambio fundamental, y paralelamente -o tal vez consecuentemente-, la élite del los vascófilos se secularizó. Mirande, Mitxelena, Arregi, Aresti, Sarasola… son todos ellos laicos y ellos serán los artífices de la renovación y unificación del euskara, con Euskaltzaindia como mascarón de proa. Pero a rebufo de la modernización del euskara han ido surgiendo toda suerte de asociaciones, fundaciones, observatorios, consejos, virtuales industrias culturales e incluso academias paralelas que se han autodesignado vates y oráculos del euskara demandándole prestaciones y cometidos a los que el euskara se resiste. En este proceso de regeneración lingüística que ha vivido el euskara y en el sentido inverso de la secularización de sus mentores, se observa un movimiento de sacralización del euskara como la piedra filosofal de la construcción nacional.

Hay quien piensa que, para que el euskara pueda ejercer la función “nacionalizadora” es necesario que sea homologable a las lenguas circundantes, y es así como se le ha exigido el sobreesfuerzo de quemar etapas y atajar caminos. En ausencia de la homologación se ha recurrido al mimetismo, y es así como surgen y se financian no pocas iniciativas culturales por el prurito de asemejarse a una cultura normalizada.

Egunkaria ya no existe, y parece que habrá que pensar en otro diario euskaldun. En esta circunstancia han comenzado a perfilarse dos opciones sobre la creación de un nuevo rotativo. Hay quienes utilizan la metáfora del Ave Fénix y entienden que se ha de recrear un diario clónico del que el juez Del Olmo ha clausurado con el mismo ideario y los mismos principios; pero hay otros -entre los que me cuento- que pensamos que es preciso hacer de la necesidad virtud y esforzarnos por crear un diario más abierto, más tolerante y mejor dimensionado que aquél. Un diario cuya principal razón de ser sea no ya la construcción nacional, sino el allanamiento de la fosa creciente entre la élite vascófila y el pueblo llano vascohablante

Frente a la tentación del Ave Fénix puede existir otra no menos alevosa, y es la tentación del pájaro cuco. El cuco que ya debe de estar cantado en las estribaciones del Txindoki o en las faldas del Otsabio es un pájaro de cuidado. Es un pájaro parásito que deposita su huevo en el nido de otros y rompe el cascarón, come y crece más que sus compañeros de nido; poco a poco, el cuco va echando a todos, hasta quedarse solo. Solo y con el nido.

Decía que no soy partidario ni del fénix ni del cuco, porque son ya demasiadas las veces en las que ETA ha depositado su huevo en el nido construido por otros y siempre ha terminado quedándose con el nido. El truco del cuco lo ha utilizado ETA en el campo de los movimientos sociales y sobran indicios para pensar que otro tanto ha ocurrido en algunas iniciativas del mundo del euskara. El Gobierno vasco y la sociedad vasca han de procurar que en el futuro diario que tantos desean y algunos necesitamos, el cuco no pueda nidificar, y menos quedarse con el nido. El euskara no necesita de solemnes y trágicos pájaros como el fénix ni de tramposos parásitos como el cuco; bastará con un modesto ruiseñor.

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