El evangelista que quiere convertir a Río de Janeiro en un purgatorio

El alcalde de Río de Janeiro, Marcelo Crivella, camina por las calles Rocinha, el 27 de septiembre, tras el despliegue de 950 soldados para reforzar la presencia policial en la mayor favela de Brasil. Credit CARL DE SOUZACARL DE SOUZA/AFP/Getty Images

Un viernes reciente, tres amigas y yo nos montamos en un taxi para ir por primera vez a un baile funk en el legendario club Emoções, en Rocinha, la mayor favela de Brasil. Rocinha está enclavada en la zona sur de Río de Janeiro entre los barrios ricos de Gávea y São Conrado. Después de años con una tendencia a la baja, el número de muertes violentas en Río se ha disparado a índices similares a los de 2009, antes de la bonanza de los años del Mundial y los Juegos Olímpicos: siete personas son asesinadas por día. Hace poco, un bebé fue alcanzado por una bala dentro en el vientre de su madre. Una niña de 13 años cayó abatida por balas perdidas dentro de su escuela. En Copacabana, la explosión de una granada lanzada desde una favela cercana mató a un portero. Y nosotras estábamos preocupadas por la violencia: ir por la noche a una comunidad que no conocíamos era arriesgado. Pero era ahora o nunca porque el Emoções será pronto cerrado por órdenes del obispo de la Iglesia Universal y alcalde de Río de Janeiro, Marcelo Crivella.

Cuando el taxi se acercó a la avenida principal que sube al morro, un grupo de policías armados con fusiles nos detuvo y nos echó un vistazo intimidador antes de dejarnos seguir. Pero ya estábamos cerca de nuestro destino. En aquel momento, ya nuestra preocupación parecía solamente un perjuicio… pero no sería por mucho tiempo.

Oí hablar sobre el Emoções en una canción funk de 1995 en la fiesta de cumpleaños de una prima carioca que se mudó a Brasilia, donde yo crecí. MC Junior y MC Leonardo enumeraban, en la canción Endereço dos Bailes (Dirección de los bailes), las fiestas en Río donde se bailaba el funk, en un momento en que el ritmo, conocido por canciones sobre sexo y violencia, se popularizó fuera de Río y entre otras clases sociales con una versión más suave, el funk melody, que hablaba de paz y amor. El Emoções es el último de los clubes mencionados en la canción que sigue abierto. Hace unas semanas, sin aviso previo, Crivella firmó un decreto expropiando el terreno.

Al lado del Emoções, el templo del profano, hay uno de los 7 mil templos de la Iglesia Universal del Reino de Dios, fundada hace 40 años, cuando el seis por ciento de la población brasileña era evangélica. Hoy los evangélicos ya representan el 30 por ciento y la universal es la mayor congregación neopentecostal del país. Aunque el templo en el pie de Rocinha ya había intentado comprar el terreno del club, que ahora, por decreto, será usado para construir casas populares. Ganó el sagrado.

Visto aisladamente, usar un terreno bien ubicado para un proyecto social no parece una mala idea. Pero si vemos esta medida junto con otras tomadas por el alcalde en los primeros seis meses de su mandato, queda claro que Crivella tiene una agenda nada ecuménica: ya en 2011 dijo que los creyentes deben elegir a un presidente evangélico “que va trabajar por nosotros y nuestras iglesias”.

Durante la campaña, Crivella, un defensor del creacionismo, se quejó de sufrir perjuicio por ser evangélico. Tiene alguna razón, pero no mucha. Aunque sea cierto que muchas iglesias prestan asistencia social en regiones donde falta el Estado, es descarada la manera en que los evangélicos se han organizado como fuerza política, no a partir de su orientación ideológica, sino religiosa. Por eso, su religión, más que la de otros candidatos, es puesta bajo escrutinio. En el caso de la universal, su plan de poder viene con el paquete completo. Además de la iglesia con más de cinco millones de creyentes, los evangélicos tienen el Partido Republicano Brasileño (PRB) y la tercera mayor cadena de televisión y radio del país, Record, hoy muy popular con sus telenovelas de temas bíblicos.

Marcelo Crivella es el primer alcalde de una capital electo por el PRB, que también obtuvo 21 diputados en las últimas elecciones legislativas en 2014. Su partido se suma a una bancada mucho más numerosa en la Cámara de Diputados, donde los evangélicos están superrepresentados, con 197 de los 513 diputados. Como es muy complicado negociar un acuerdo entre 27 partidos con representación en la Cámara Baja, para el gobierno es más fácil negociar el apoyo de grupos de interés suprapartidarios, como los ruralistas o los evangélicos.

Es así como los religiosos logran poner en discusión temas como la cura a la homosexualidad y la prohibición del aborto para mujeres víctimas de violación. La semana pasada, por ejemplo, una comisión del Senado debatió la criminalización del funk, proyecto promovido por un internauta. Sumado al desmontaje de las conquistas sociales promovido por el actual gobierno, el avance de las discusiones contra las libertades individuales es desoladora. Gracias a estos poderosos grupos de interés, Brasil galopa hacia el pasado.

Durante la campaña electoral, Crivella había prometido respetar el Estado laico y no mezclar el evangelio con la política, pero todos sabían quién era Crivella cuando votaron por él. Durante diez años, trabajó en África por la expansión de la universal, hoy presente en 174 países, y escribió libros diciendo que los cultos africanos “abrigan espíritus inmundos” y que la homosexualidad es una “conducta maligna”.

En sus primeros meses en el cargo, Crivella rompió la tradición de entregar las llaves de la ciudad al Rey Momo en el estreno del carnaval y tampoco participó de la fiesta. Poco después, anunció un corte de 50 por ciento en la financiación pública de las escuelas de samba para el tradicional desfile del próximo año con el pretexto de que necesitaba el dinero para la construcción de guarderías. Otra vez, su decisión parece lógica: si a los niños les falta protección, que corten las fiestas. Pero el cálculo no es tan simple. Solo el año pasado, el carnaval le inyectó mil millones de dólares en la economía de la ciudad. Crivella no admite que las fiestas son una inversión pero está claro que su cálculo no es solo financiero.

Pese a su bajo perfil como alcalde, Crivella sigue muy presente como obispo. Cuando una lluvia inundó la ciudad, no explicó por qué la infraestructura de la ciudad estaba en mal estado, pero fue a Brasilia a cantar en el púlpito del Senado en conmemoración de los 40 años de la IURD. Hizo un viaje oficial a Sudáfrica para encontrarse con representantes de la Iglesia Universal y ahí fue anunciado no como alcalde de Río, sino como obispo. Para desalojar a los jóvenes de la plaza San Salvador, el punto de encuentro de la izquierda de Río en El Barrio de Laranjeiras, ha impuesto un amplio despliegue policial.

Aunque la noche de nuestra visita a Rocinha la noche fue tranquila, la expropiación del Emoções se ha vuelto un problema muchísimo menor para los vecinos de esta favela de 70 mil personas. Desde mediados de septiembre, bandas de narcotraficantes iniciaron una guerra por el control del territorio. Por una semana, estuvieron en fuego cruzado hasta que el Ejército tomó la favela. Obligado a manifestarse, Crivella dijo hay que aprovechar el momento en que el Ejército ha tomado a Rocinha para hacer “reparaciones” en la favela, como “cambiar lámparas”, como si la comunidad necesitara un síndico y no de la presencia de un Estado funcional. Es cierto que la culpa de lo que pasa en la ciudad no es solo del alcalde, pero entre la evangelización y la violencia, Rocinha y la ciudad del Carnaval se nos están volviendo un purgatorio.

Carol Pires es reportera política y colaboradora regular de The New York Times en Español. Vive en Río de Janeiro.

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