El excedente de estancamiento de Europa

Mientras el resto del mundo se recupera de la Gran Recesión de 2008-2009, Europa se está estancando. Se espera que el crecimiento de la eurozona sea de 1,7% el próximo año. ¿Qué se puede hacer al respecto?

Una solución es un euro más débil. A comienzos de este mes, el máximo responsable ejecutivo de Airbus solicitó una acción drástica para reducir el valor del euro frente al dólar en aproximadamente 10%, de un tipo de cambio “demente” de US$1,35 a algo entre US$1,20 y US$1,25. El Banco Central Europeo recortó sus tasas de depósito de 0 a -0,1%, cobrándoles en efecto a los bancos por guardar dinero en el Banco Central. Pero estas medidas tuvieron escaso efecto en los mercados de tipos de cambio.

Eso es así principalmente porque no se está haciendo nada para impulsar la demanda agregada. El Reino Unido, Estados Unidos y Japón aumentaron su masa monetaria para reanimar sus economías, mientras que la devaluación de la moneda se convirtió en una parte esencial del mecanismo de recuperación. El presidente del BCE, Mario Draghi, suele insinuar una flexibilización cuantitativa -el mes pasado, repitió que “si fuera necesario, actuaremos rápidamente con una flexibilización de la política monetaria”-, pero su eterna falta de compromiso se asemeja a la de Mark Carney, el presidente del Banco de Inglaterra, a quien un ex ministro de gobierno del Reino Unido recientemente comparó con un “novio poco confiable”.

Sin embargo, la inacción del BCE no es del todo responsable de la apreciación del tipo de cambio del euro. El patrón de desequilibrios de cuenta corriente en toda la eurozona también juega un papel importante.

El excedente de cuenta corriente de Alemania -el mayor de la eurozona- no es un fenómeno nuevo. Ha existido desde los años 1980. Sólo cayó durante la reunificación, cuando una intensa inversión en construcción en la ex Alemania del este absorbió los ahorros del país. El excedente externo ha crecido con especial rapidez desde principios de los años 2000. Hoy, sigue cercano a su nivel previo a la crisis de 2007, en 7,4% del PBI.

Hoy, sin embargo, los países que antes experimentaban déficits están pasando a tener superávits, lo que significa que la cuenta corriente de la eurozona es cada vez más positiva. De hecho, se espera que el superávit a nivel de la eurozona sea de 2,25% del PBI este año y el próximo. La eurozona está ahorrando más de lo que invierte o, lo que es equiparable, exporta más de lo que importa. Esto está fortaleciendo su moneda.

Allá por octubre de 2013, el Tesoro de Estados Unidos responsabilizó al superávit estructural de Alemania de ser la causa de los males de Europa. Su argumento fue que si un país tiene un excedente, otro tiene un déficit, porque el exceso de ahorros/exportaciones del país con superávit debe ser absorbido por otro país como inversión, consumo o importaciones.

Si el país con superávit no toma medidas para reducir su excedente -por ejemplo, aumentando su inversión y consumo domésticos-, la única manera de que el país con déficit pueda reducir su déficit es recortando su propia inversión y consumo. Pero esto produciría un “mal” equilibrio, y en definitiva estancamiento.

Algo así parece haber sucedido en la eurozona. Alemania ha conservado su excedente “bueno”, mientras que los países del Mediterráneo achicaron sus déficits recortando la inversión, el consumo y las importaciones. La tasa de desempleo de Grecia trepó a casi 27%; la de España es casi tan alta, y Portugal enfrenta una crisis bancaria.

En noviembre de 2013, Paul Krugman escribió que “la imposibilidad de Alemania de aplicar un ajuste magnificó el costo de la austeridad”. Si bien “era inevitable que España enfrentara años austeros mientras aprendía a vivir por sus propios medios”, argumentó Krugman, “la inmovilidad de Alemania contribuyó y mucho al sufrimiento de España”.

Pero Alemania rechazó esta lógica. Su superávit de cuenta corriente era su justa recompensa por todo el esfuerzo. De hecho, según el ministro de Finanzas alemán, el superávit “no es causa de preocupación, ni para Alemania, ni para la eurozona o la economía global”. Como no se necesitaba ninguna “corrección”, era responsabilidad de los países deficitarios ajustarse los cinturones.

John Maynard Keynes señaló la consecuencia deflacionaria de esta actitud en 1941. Los países deficitarios con un tipo de cambio fijo (como es el caso en la eurozona) están obligados a recortar su gasto, mientras que los países con superávit no sufren una presión equivalente para aumentar el propio. La solución propuesta por Keynes para este problema era un sistema de pagos internacional que impondría un ajuste simétrico tanto en los países con superávit como en aquellos con déficit. Los excedentes y los déficits persistentes serían gravados con una tasa progresiva. Su plan fue rechazado.

Por supuesto, un país acreedor siempre puede ayudar a un país deudor invirtiendo su excedente allí. Alemania está dispuesta a hacerlo en principio, pero insiste en que antes debe venir la austeridad. El problema es que el estancamiento arruina las perspectivas de inversión.

China ha demostrado que el ajuste voluntario de un país con superávit es posible. Hasta hace poco, el problema de los desequilibrios globales estaba centrado en el excedente bilateral de China con Estados Unidos. China utilizó su exceso de ahorros para comprar bonos del Tesoro de Estados Unidos, lo cual hizo bajar las tasas de interés mundiales y facilitó un endeudamiento barato, permitiéndole a Estados Unidos tener un vasto déficit de cuenta corriente. El principal impacto de las bajas tasas de interés, sin embargo, fue el de alimentar la burbuja inmobiliaria que estalló en 2007, y que condujo directamente a la crisis financiera de 2008.

Desde entonces, China ha hecho grandes esfuerzos por reducir su superávit externo. En su pico del 10,1% del PBI en 2007, el excedente era mayor que el de Alemania; para fines de 2013, se había derrumbado al 2% del PBI.

¿Por qué China estuvo dispuesta a hacer un ajuste y Alemania no? Tal vez una diferencia clave resida en el hecho de que Alemania tiene una significativa influencia política sobre los países deficitarios con los que hace negocios. Alemania, en efecto, pudo imponerles la austeridad a sus vecinos.

Eso plantea una cuestión importante respecto de legitimidad de la austeridad. Sus principales defensores son acreedores, que tienen mucho que ganar con ella (en relación a la alternativa de aumentar los salarios domésticos y perdonar las deudas). Los conflictos de acreedores y deudores siempre han sido la esencia de la política monetaria, y la persistencia de la austeridad ha sentado las bases para una nueva revolución de los deudores.

De modo que tendremos que confiar en Draghi y en la flexibilización cuantitativa para salvar al euro de Alemania. El dinero tendrá que caer del helicóptero proverbial antes de que Alemania muestre algún indicio de querer reducir su superávit.

Robert Skidelsky, Professor Emeritus of Political Economy at Warwick University and a fellow of the British Academy in history and economics, is a member of the British House of Lords. The author of a three-volume biography of John Maynard Keynes, he began his political career in the Labour party, became the Conservative Party’s spokesman for Treasury affairs in the House of Lords, and was eventually forced out of the Conservative Party for his opposition to NATO’s intervention in Kosovo in 1999.

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