El éxito de la democracia india

Modi, el viernes en la cumbre del G-7 en Italia.Guglielmo Mangiapane (REUTERS)
Modi, el viernes en la cumbre del G-7 en Italia.Guglielmo Mangiapane (REUTERS)

En el prólogo de India after Gandhi, el historiador Ramachandra Guha recuerda lo arriesgado de hacer proyecciones sobre una sociedad que parece desafiar los principios de la ciencia política. Analistas y pundits, entre ellos el teórico de la democracia Robert Dahl, han errado, una y otra vez, al pronosticar la inviabilidad del país, definido como una “nación contra natura”. El verdadero éxito de la India, afirma Guha, reside no tanto en el dominio económico, como en el político.

El modelo indio supera en diversidad y complejidad al de cualquier otro conocido. En estas elecciones generales han concurrido 744 partidos y 8.400 candidatos para elegir a 543 representantes. Una escala más próxima a la de los recientes comicios supranacionales de la Unión Europea que a la de otros Estados. Contra todo pronóstico triunfalista, Narendra Modi obtuvo una victoria agridulce. Dulce por ganar un consecutivo tercer mandato, en sí un logro histórico, y agria al perder el BJP la mayoría absoluta y pasar a depender de sus socios en la agrupación que lidera, la Alianza Democrática Nacional (NDA por sus siglas en inglés). El resultado nos muestra la fragilidad de las predicciones políticas de buen aval y amplio espectro. Como se ha visto, la brecha que separa la interpretación de los analistas de lo que la sociedad piensa puede ser estrecha pero profunda.

Los sondeos y encuestas anunciaron la consolidación del BJP a modo de régimen, el Modi Raj o reino del todopoderoso Modi. Se equivocaron. Ni la victoria de Modi ha sido la esperada, ni el rival Partido del Congreso se ha hundido, ni, por fortuna, hemos asistido al derrumbe de la democracia india, como temían las voces más alarmistas. El BJP perdió un 12% de escaños con respecto a las elecciones anteriores, y la formación de Gandhi los incrementó en un 9%. Ahora bien, esta variación porcentual de diputados, la más comentada en los medios, no se corresponde con la de votos, donde la formación de Modi tan solo bajó un 0,8%, mientras que el Partido del Congreso únicamente aumentó un 1,7%. El desfase se explica por el sistema electoral que sigue la India de mayoría o first-past-the-post —“el primero que llega, gana”—, en el que obtener o perder un escaño depende de tener más votos que los otros candidatos. Una vez alcanzada la mayoría simple, el margen adicional de votos no repercute en los escaños. El Partido del Congreso ha sabido jugar con pericia la carta de los márgenes electorales al forjar un bloque transversal capaz de posicionarse en el centro de la mayoría simple, optimizando los resultados.

Es decir, se ha producido un giro, pero no tan pronunciado como podría parecer. El cambio se ha dado ante todo en el plano de las expectativas, con una fuerte carga simbólica, al perder el BJP en la ciudad de Ayodhya, bastión identitario del nacionalismo hindú.

Las fuerzas de cambio han sido varias. En Uttar Pradesh, el Estado del norte de la India con mayor número de diputados, donde cayó el apoyo a Modi, la imprevista desafección se ha dado entre la población más pobre y marginada: campesinos, dalits y tribales. A pesar de que la economía india crece a toda velocidad, al ritmo del 8%, las diferencias sociales persisten. Y las disruptivas redes sociales lo visibilizan y magnifican. El pasado abril, las imágenes de la preboda de Anant Ambani, el hijo del hombre más rico de la India, a quien Forbes asigna una fortuna de 115.000 millones de dólares y cercano al BJP, se hicieron virales. La celebración, a la que asistió la élite multimillonaria global, contó con un despliegue de riqueza y extravagancia propia de los fastos de los emperadores mogoles: elefantes enjoyados y más de 5.500 drones para un espectáculo de luz. Una exhibición obscena de opulencia que, por contraste, realza la miseria de los otros.

También ha pasado factura el retroceso de la calidad democrática bajo Modi: la aprobación de leyes para restringir la libertad de opinión y controlar el poder judicial, el populismo por la vía de la descalificación del adversario —tachado convenientemente de “antinacional”— con el objetivo encubrir las críticas, la tendencia a reemplazar el debate en el Parlamento por los discursos políticos en la calle.

El resultado electoral ha emitido un veredicto de continuidad con un bienvenido grado de autocorrección, una elección que devuelve al Ejecutivo a la política de pactos y coaliciones. El BJP ya demostró en el pasado su capacidad de adaptación al entorno. Lo hizo en 1998 cuando A. B. Vajpayee forjó una agrupación que dejó de lado los aspectos más controvertidos del programa electoral. Pero Modi no es Vajpayee. Su estilo de liderazgo y visión de Estado se acercan más a los de Indira Gandhi, y podría maniobrar para preservar la supremacía. En cualquier caso, se verá inevitablemente limitado por el contrapeso de sus socios mayoritarios y principales ganadores de estas elecciones, Chandrababu Naidu y Nitish Kumar, de los partidos regionales Telugu Desam y Janata Dal United, ambos vinculados al socialismo y con un historial de alianzas cambiantes.

Eva Borreguero es profesora de Ciencia Política en la UCM, especializada en Asia Meridional. Ha sido Fulbright Scholar en la Universidad de Georgetown y Directora de Programas Educativos en Casa Asia (2007-2011). Autora de 'Hindú. Nacionalismo religioso y política en la India contemporánea'. Colabora y escribe artículos de opinión en EL PAÍS.

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