El éxito del populismo económico de derecha en Colombia

 Un hombre en Bogotá lee el periódico del 18 junio, que anuncia la victoria electoral de Iván Duque. Credit Reuters
Un hombre en Bogotá lee el periódico del 18 junio, que anuncia la victoria electoral de Iván Duque. Credit Reuters

La victoria de Iván Duque en las elecciones presidenciales colombianas es el resultado de una serie de exportaciones ideológicas desafortunadas de Estados Unidos.

Duque, quien sin duda tomó nota de las excentricidades del Partido Republicano estadounidense durante su estancia en Washington, ganó gracias a su plataforma asentada en la teoría del derrame económico y en los llamados valores familiares. Si bien alinearse con los valores sociales de los electores conservadores ha sido una estrategia recurrente en Colombia, la teoría económica del derrame es una propuesta inusual.

El éxito de Duque en un país cuya Constitución consigna el derecho universal a servicios de salud, a la educación y que tiene un sistema tributario sensato debería causar alarma entre los progresistas y críticos de la desigualdad en toda la región; los economistas en las universidades, por su parte, también deberían estar alerta, pues quizá pronto deban enfrentarse a la misma clase de populismo económico de derecha que, hasta hace poco, era una anomalía en Estados Unidos.

El presidente electo de Colombia dijo que el gobierno estaba inflado y cobraba impuestos muy altos. Con frecuencia, los estadounidenses escuchan los mismos argumentos sobre su sistema fiscal y quienes se toman el tiempo de buscar las estadísticas saben bastante bien que se trata de una afirmación falsa: el promedio de la recaudación fiscal en los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) se ubica alrededor del 34 por ciento del producto interno bruto (PIB); pero en Estados Unidos ronda el 26 por ciento del PIB. Así que es preocupante que esta afirmación haya funcionado en un país como Colombia, que tiene un PIB mucho más pequeño y en donde la recaudación fiscal asciende apenas al 20 por ciento, muy por debajo del promedio de la OCDE y de América Latina.

Duque adoptó una retórica republicana —según la cual los “creadores de empleo” reciben un trato injusto— y durante la campaña expresó su intención de reducir los impuestos que debe pagar el sector privado. Sin embargo, la realidad es que los ricos reciben un trato preferencial; incluso en Colombia aún más que en Estados Unidos.

En 2010 —el año más reciente en el que hay información disponible—, la tasa efectiva de impuestos que pagaron los contribuyentes del uno por ciento de los mayores ingresos en Colombia fue de alrededor del 11,5 por ciento, muy poco si se compara con el 23 por ciento que pagaron los contribuyentes del uno por ciento en Estados Unidos durante ese mismo año.

El que será el nuevo presidente hizo un llamado a la unidad nacional y los colombianos deberían darle el beneficio de la duda. Aunque a Duque podría resultarle difícil librarse por completo de la influencia del expresidente Álvaro Uribe —en vista de que era una figura desconocida en el escenario público colombiano hace apenas un año y obtuvo la presidencia gracias a su apoyo—, podría girar hacia el centro político. Algunos de sus aliados en el Congreso, como el Partido Liberal, quizá logren evitar que modifique la Constitución y reforme el periodo de los mandatos presidenciales, que debilite al poder judicial o cambie aspectos importantes del acuerdo de paz, lo que los electores de centro-izquierda temen que Uribe quiere que Duque haga.

No obstante, su exitosa adaptación de la teoría económica del derrame a la política colombiana —e, incluso, latinoamericana— debe ser una causa de preocupación. Colombia tiene uno de los mayores índices de desigualdad del mundo y su economía depende de los intereses de oligopolios locales que controlan el sector financiero, además de otras industrias clave. Estas industrias, como muchas en Estados Unidos, son muy hábiles en confeccionar estudios y reportes en los que presentan cifras económicas de la manera más conveniente para su propio beneficio, pero no necesariamente para los demás. Sin embargo, a diferencia de la forma en que sucede en Estados Unidos, en Colombia la desinformación a partir de datos económicos básicos no suele encontrar un contrapeso firme en organizaciones civiles que surgen en la intersección entre la academia y las políticas públicas.

El Observatorio Fiscal, una organización que dirijo en la Universidad Javeriana de Bogotá, ha intentado cubrir ese vacío, para lo cual ha adoptado el modelo de algunas organizaciones estadounidenses, como el Tax Policy Center y el Center on Budget and Policy Priorities. Pero nuestra misión es muy ambiciosa y no podemos hacerla solos. Son indispensables más grupos que se dediquen a ofrecer al público una perspectiva más amplia sobre economía y gasto público que beneficie al ciudadano común y corriente, no solo a quienes pueden pagar por tener una posición de influencia y poder.

Un aspecto vital es que la cultura de donaciones caritativas que suele respaldar estas iniciativas civiles, un esquema muy común en Estados Unidos, prácticamente no existe en Colombia, quizá debido a que, tras décadas de conflicto armado, se ha desbaratado el tejido social. Los colombianos que creen en los principios socialdemocráticos plasmados en la Constitución deben estar dispuestos a colaborar para defenderlos, no solo con su voz, sino también con su dinero.

Los estadounidenses también pueden ayudar. En esta época en la que el populismo y la desinformación constituyen una amenaza global para la democracia y la igualdad de oportunidades, es indispensable trabajar juntos.

Luis Carlos Reyes es profesor adjunto de Economía y director del Observatorio Fiscal de la Universidad Javeriana en Bogotá.

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