El expolio

El lenguaje religioso tiene un extraordinario valor de mercado en el comercio sentimental del nacionalismo. Palabras a las que se arrebata su sentido trascendente, pero que no pierden por ello su solemnidad, su abrumadora sensación de relatar una verdad que está por encima de nosotros, otorgándonos, al mismo tiempo, significado y humildad. Tal vocabulario no se pone al servicio del hombre y de su libertad personal, sino que se recurre a él para indicar la presencia de una autoridad suprema, a la que los hombres, azorados y temerosos, han de someter su voluntad. En la mística servil del nacionalismo, el lugar de la divinidad es ocupado por una Gran Idea intimidatoria, que despoja al individuo de su capacidad de decisión, para entregársela a una providencia más pagana que laica, más abstracta que humanista. El ejercicio de persuasión del nacionalismo, mezcla paradójica de júbilo y amedrentamiento, necesita de un lenguaje al que la civilización cristiana se ha acostumbrado durante dos mil años de esperanza, de consuelo ante las adversidades y de afirmación de la libertad y la dignidad del ser humano. Pero lo usa con graves lesiones a su sentido último, a aquel que al liberalismo le sirvió para afirmar la universalidad de unos valores luego reducidos por las ideologías nacionalistas a sus criterios identitarios de comunidad nacional. Las arcaicas ensoñaciones del nacionalismo nunca han procurado la construcción de un pensamiento laico moderno; se han limitado a fabricar un proyecto en el que las legítimas esperanzas sociales del individuo solo pueden expresarse mediante toscas analogías religiosas, volcadas en palabras que buscan a ciegas su auténtico significado.

El expolioAunque el vocabulario que el nacionalismo ha usurpado a la tradición cristiana es innumerable, existe hoy una palabra cuyo uso contiene una especial aberración: el expolio. El secesionismo catalán la utiliza sin pausa, porque contiene una imagen de singular potencia para nuestra cultura. Recordemos ese episodio, traigamos esa imagen. El pulso inmortal del Greco lo plasmó hace más de cuatrocientos años para la sacristía de la catedral de Toledo. Cristo, a punto de ser despojado de la túnica con la que se le había cubierto en su martirio. Jesús, a punto de exhibir la desnudez lacerada de un cuerpo debilitado por la tortura. La carne del Hijo del Hombre a punto de ser mostrada en su humillante condición. Pero también en su orgullosa afirmación de un mensaje liberador: solo en la Encarnación y, por tanto, solo en aquel acto atroz y ejemplar, adquiría nuestra existencia su esperanza de redención. Al expolio se ha referido la propaganda nacionalista. Pero no para aludir a esa imagen dolorosamente liberadora que contiene uno de los momentos más conmovedores de la Pasión, sino para referirse a una escena que también pintaron los artistas del Barroco: la inmunda avidez con la que los guardianes romanos, representantes de un ejército de ocupación, se jugaron la túnica sagrada. Muchos catalanes han sido convencidos, a lo largo de estos treinta últimos años, de haber sido despojados de su conciencia, de su cultura, de sus recursos económicos y de su soberanía. Cataluña no ha sido, en el flatulento lenguaje del nacionalismo, un territorio meramente maltratado por un sistema fiscal revisable: ha sido una sociedad saqueada en todas sus facetas, la víctima de un expolio, cuyo botín se reparte entre los celadores armados del «Estado Español».

Quizás la vulgata nacionalista acabe por proporcionarnos un vocabulario que nos resulte de utilidad. Porque nadie podrá negar que en Cataluña se ha asistido al despojo de los dispositivos ideológicos de una sociedad, a una feroz liquidación de existencias culturales, a una incineración de su pluralidad en el crematorio propagandístico de todo aquello que se considera ajeno a la esencia nacional. Con desvergonzada complacencia, los angustiados embustes del sistema educativo y los medios de comunicación al servicio de la Generalitat han olvidado en qué consistía la riqueza de una Comunidad antes de ser sometida a los dictados higienistas de la «normalización», en ese proceso que Pujol llamó la «construcción nacional de Cataluña», como si antes del feliz advenimiento del peculiar personaje a este mundo, los catalanes hubieran carecido de una existencia real.

Lo que ahora sucede solo es comprensible como punto final de un proceso de expropiación de una serie de valores. Aquellos que no solo hicieron de Cataluña motivo de orgullo y emulación de todos los españoles, sino también una espléndida experiencia de modernidad, de crecimiento hacia Europa, de disfrute de la singular fortuna del bilingüismo, del rechazo de cualquier distinción entre catalanes por su lugar de origen o por el idioma que usaban, de la voluntad de integración en un gran proyecto español desprovisto de todo casticismo, de la esperanza de ser un elemento crucial para que la nación asumiera una diversidad gestionada con sabiduría y vivida sin sectarismo. En esa Cataluña cuajaron principios cuya destrucción ha sido precisa para llevarnos a la ofensiva secesionista. Por ejemplo, esa «voluntad de ser», que plantearon en tiempos difíciles para la convivencia española intelectuales del rigor, la prudencia y la sensatez cívica de Vicens Vives. Por ejemplo, la llamada a la integridad moral y a la búsqueda de puentes de entendimiento que lanzó el poeta Salvador Espriu en los tiempos de cólera y de separación. Por ejemplo, la formidable tarea de cohesión social y cultural que realizaron los demócratas, en los años finales del franquismo, cuando, mediante una Asamblea de Cataluña muy distinta a la que hoy existe, proclamaron el deseo de dar a luz una España democrática, constitucional, sintetizadora de su diversidad y reconciliada en un proyecto regeneracionista.

Todo esto es lo que se echa en falta en Cataluña. Añoramos aquella tensión intelectual para afrontar los problemas de convivencia nunca fáciles en una sociedad compleja y atravesada ahora por una crisis que nos pone a prueba y que algunos quieren aprovechar con un objetivo tan mezquino como peligroso: no solo la impugnación de España como realidad histórica, sino la afirmación del fracaso de nuestra nación ante un desafío que tenemos que afrontar juntos. Un país que no es capaz de afilar su conciencia y llevar al límite sus recursos humanos para arrostrar una situación como la que sufrimos merecería ser dejado en el arcén de los vehículos inservibles. La frustración de España, la desertización moral de la Cataluña que escribió sus mejores páginas, en aras de una nación culta, libre, moderna, tolerante y eficaz, es un sacrificio ritual con que el nacionalismo desea presentar su torpe victoria sobre el interés de todos. Empezando por los valores de quienes viven en una Cataluña a la que han despojado de buena parte de sus atributos cívicos. Esa, y no otra, ha sido la expropiación que nos asola. Ese, y no otro, ha sido el verdadero expolio de Cataluña.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento.

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