El factor religioso en el mundo árabe

Los recientes ataques contra la comunidad copta en Egipto, y el triunfo del islamista Enada en las elecciones en Túnez revelan que la cuestión religiosa, y cómo vincularla con la construcción de Estados democráticos, es uno de los desafíos más complejos que afrontan los procesos de transición postdictatoriales en Oriente Medio y el Norte de África. Si bien los problemas en la región son fundamentalmente económicos y políticos, la religión puede ser usada como arma de agitación y provocación.

Las identidades religiosas son marcadas en Oriente Medio y Norte de África. Las tres religiones monoteístas (cristianismo, judaísmo e islam) nacieron en Oriente Medio. El 90% de los habitantes de la región son musulmanes, y ocho de cada diez de ellos practican la fe suní. En Iraq, Irán y Bahréin la mayoría son chiíes. Los cristianos son fuertes en Líbano, y representan el 6% de la población en Egipto. Ningún país es totalmente homogéneo, ni Israel que tiene un 20% de población árabe, ni tampoco Líbano, que alberga a dieciocho minorías musulmanas y no musulmanas.

Los Estados autoritarios de la región han usado la religión como un factor de legitimación. Desde Egipto a Marruecos, y de Iraq a Argelia, los gobernantes reprimieron a la vez que trataron de asimilar el islam y movilizaron o reprimieron a otras comunidades como los coptos en Egipto. En estructuras estatales débiles, los dirigentes han usado formas subestatales (tribus, grupos étnicos, comunidades religiosas) a las que identificaron con la soberanía nacional. Este juego peligroso favoreció a unos grupos de identidad sobre otros en vez de practicar la igualdad ante la ley, aceleró y creó rivalidades que aún perduran.

Los regímenes del mundo árabe están cayendo por una crisis de legitimidad en la que la manipulación de la religión ha tenido un papel importante. Por una parte, las élites civil-militares establecieron alianzas con sectores (sindicatos, partidos, líderes tribales o religiosos) a los que adjudicaron cuotas de poder. Por otra, al modelo político-económico que impusieron se unió un progresivo estancamiento económico, como explican Kjetil Selvik y Stig Stenslie ( Stability and change in the Modern Middle East, I.B. Tauris, 2001), con falta de libertades, crisis del conocimiento, opresión de la mujer, desigualdad, pobreza y falta de oportunidades.

Las élites árabes de la región establecieron una estrategia de dos caras hacia el islamismo. Internamente reprimieron sus expresiones más radicales, mientras hacia Occidente se mostraron como el muro de contención ante el ascenso del islamismo radical o la fragmentación religiosa. El presidente sirio, Bashar el Asad, usa en cierto modo este argumento para asustar a EE.UU. y Europa al decir que la tolerancia religiosa que ha reinado en Siria se romperá si cae su régimen; su país se convertirá en otro Afganistán arrastrando a Líbano y Jordania.

El islamismo es un movimiento intelectual y político que busca que la organización social y política de sus sociedades funcionen de acuerdo con los principios del islam, que provee un sistema total de valores que permitiría organizar todos los aspectos de la vida privada y pública. El islamismo acoge a diferentes corrientes, desde los moderados que están dispuestos a buscar formas de convivencia con ideologías seculares y otras religiones (y que ven a Turquía como el modelo que seguir), hasta los más radicales que pretenden imponer su visión del mundo a través de la violencia. Esa violencia es la que temen las comunidades cristianas de distinto signo que se sienten amenazadas en Egipto, Líbano, Siria, Jordania, por falta de oportunidades, amenazas, acusaciones de traición y sectarismo. También otros sectores religiosos y no religiosos, y particularmente las mujeres seculares y liberales, temen que los partidos islamistas que se presentan como moderados en Túnez o Egipto tengan una agenda oculta.

La cuestión clave no es la agenda oculta o el choque de religiones. Por un lado, se precisa establecer marcos constitucionales amplios en los que no haya lugar para la violencia. Por otro, los islamistas, como dice Jean-pierre Feliu ( The Arab revolution, Hurst & Co, 2011), no tienen el control de la agenda y de los términos de referencia. Están implicados en un proceso de transacción y negociación, afirma, con un amplio espectro de partidos, instituciones y asociaciones. Los islamistas han de elegir si forman parte del paisaje político o tratan de apoderarse del mismo. La relación religióndemocracia se debería resolver en un largo proceso pluralista.

Por Mariano Aguirre, director del Norwegian Peacebuilding Resource Centre, en Oslo.

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