El fantasma de Hirohito

La conclusión de la relación en 61 volúmenes de la vida del emperador Hirohito (1901–1989) por el organismo de la Casa Imperial del Japón encargado ha despertado mucho interés y atención en el Japón. Recientemente se mostró en público de forma limitada toda esa formidable obra y está prevista su publicación a lo largo de los cinco próximos años, pero ya resulta claro que la nueva relación refleja inadvertidamente la permanente incapacidad del Japón para abordar algunas cuestiones fundamentales sobre su pasado.

El proyecto, que se ha tardado un cuarto de siglo en compilar, contó con unas cuarenta nuevas fuentes, la más notable de las cuales es el diario y las notas de Saburo Hyakutake, almirante que prestó sus servicios de Chambelán de la Corte de 1936 a 1944, pero, si bien reconocen la enorme magnitud de la empresa, los especialistas parecen coincidir en que la nueva relación no ofrece descubrimientos extraordinarios ni interpretaciones innovadoras sobre los numerosos y cambiantes papeles desempeñados por Hirohito en el período más tumultuoso de la historia moderna del Japón.

Tal vez no sea de extrañar, por proceder del equipo oficial de compiladores de una conservadora institución imperial. La relación abona al máximo la idea de que la tarea del historiador es, como dijo Leopold von Ranke en el siglo XIX, la de mostrar “lo que ocurrió en realidad”. Dicen que es una crónica excelente de los sucesos cotidianos de la Corte, que revela, por ejemplo, que el Emperador celebraba la Navidad de niño, que se le hizo una intervención quirúrgica nasal en su juventud y con quién y cuantas veces se reunió.

Para ser justos, hemos de decir que esas informaciones pueden ser interesantes y útiles, pero la nueva relación no explica ni analiza acontecimientos decisivos del reinado de Hirohito. Los lectores que deseen saber más sobre la entrada del Japón en la guerra del Pacífico, su derrota, la ocupación de los Aliados (en particular, la relación de Hirohito con el general Douglas MacArthur) y la posterior renuencia de Hirohito a visitar el santuario de Yasukuni, donde se honra a los muertos en la guerra imperial del Japón, incluidos los peores criminales de guerra, quedarán decepcionados.

Lo que ya se sabe sobre Hirohito es fragmentario: que fue un hombre que padeció conflictos trágicos es algo ya sabido. Como joven soberano (regente imperial a la edad de veinte años; emperador, a la de veinticinco años), tuvo que desempeñar papeles contradictorios: pater familias divino del Estado japonés y Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas Imperiales, que estaban colonizando a los vecinos asiáticos del Japón. No es posible que fuera el más valiente ni el más decidido de los hombres, pues no pudo oponer resistencia al militarismo en ascenso, pero decir que estaba impotente (y, por tanto, era inocente) o que no hizo nada para oponerse tampoco sería cierto.

El conflicto entre los papeles divino y secular de Hirohito cobró su mayor intensidad en el otoño de 1941, cuando los dirigentes del Japón debatieron si ir a la guerra con los Estados Unidos y sus aliados. El 6 de septiembre, se convocó una conferencia imperial a fin de aprobar un calendario para la movilización con miras a la guerra, en caso de que fracasaran las negociaciones diplomáticas EE.UU.-Japón. Como ocurrió con todas las conferencias imperiales, se esperaba que Hirohito permaneciera mudo y aprobara una política que ya se había decidido.

Sin embargo, Hirohito no respetó el protocolo y pidió cautela para no abandonar la diplomacia demasiado pronto y después recitó el poema de su abuelo el emperador Meiji de comienzos de la guerra ruso-japonesa en 1904: “Allende los cuatro mares, todos son hermanos y hermanas./Entonces, ¿por qué –oh, por qué– estos vendavales y oleadas?” Hirohito podría haber intentado así expresar su opinión de que el Japón debía evitar una guerra con los EE.UU., en vista sobre todo de que el país había estado riñendo una salvaje e infructuosa guerra de conquista en China durante más de cuatro años.

Pero, fueran cuales fuesen las verdaderas intenciones de Hirohito (que no podemos saber con seguridad), el hecho más importante sigue siendo el de que aceptara la movilización para la guerra y, si bien la nueva relación oficial describe ese conocido episodio con cierto detalle, no arroja nueva luz sobre cómo entendió Hirohito su propia actuación.

Del mismo modo que vaciló sobre la decisión de ir a la guerra con los EE.UU., Hirohito se mostró totalmente ambivalente sobre cómo ponerle fin. La nueva relación informa de que dijo a su asesor más próximo, el Guardián del Sello Kōichi Kido, el 26 de septiembre de 1944: “Si se pudiera lograr una paz sin que se planteara la cuestión del desarme o de las responsabilidades de guerra, no me importaría perder nuestros territorios conquistados”. Al parecer, ésa es la primera indicación que figura en la nueva relación del deseo de Hirohito de poner fin a la guerra.

Pero, fuera cual fuese su verdadero deseo, su actuación posterior no fue –una vez más– las de un hombre que intentara activamente encontrar una vía hacia la paz. Pasó meses diciéndose a sí mismo y a otros que, antes de ello, “el Japón deb[ía] obtener otra brillante victoria militar” sobre los EE.UU. para disponer de una mínima capacidad diplomática con la que negociar un acuerdo para la posguerra. Ni que decir tiene que durante esos meses de indecisión se perdieron muchas vidas japonesas y no japonesas.

De hecho, la propia existencia de la nación japonesa estuvo en peligro, pues se bombardearon muchas ciudades, se invadió a Okinawa y se lanzaron bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Al final, el Japón quedó desarmado, se celebraron juicios en la posguerra y se anularon la mayoría de las conquistas imperiales del país. Y, aun así, Hirohito consiguió esquivar la cuestión de su propia responsabilidad en una guerra que se riñó tan evidentemente en su nombre. En plena devastación de la posguerra, pasó a ser un símbolo de paz.

Así, pues, la enseñanza más importante que se desprende de la nueva relación imperial podría ser muy diferente de lo que sus compiladores pretendían. La tristemente famosa incapacidad colectiva del Japón para abordar su pasado va íntimamente unida a su incapacidad para entender a ese Emperador.

Cierto es que la nueva relación recurre sólo selectivamente a fuentes primarias, muchas de las cuales no se han desclasificado enteramente. Es posible que en el futuro surjan más revelaciones, pero de momento Hirohito sigue siendo un personaje singularmente insondable y aislado y que desafía al entendimiento común… con detrimento –¡ay!– de una mejor comprensión de “lo que ocurrió en realidad”.

Eri Hotta is the author, most recently, of Japan 1941: Countdown to Infamy. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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