El fantasma de las bandas

Carles Feixa es profesor en la Universitat de Lleida, autor de De jóvenes, bandas y tribus; Mauro Cerbino es profesor en FLACSO-Ecuador y autor de Jóvenes en la calle, y Luca Palmas es profesor en la Universidad de Génova. Suscribe este artículo Luis Barrios, profesor de Psicología en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (EL PAÍS, 03/06/06):

Un fantasma recorre España: el fantasma de las bandas. Sonoros nombres de Latin Kings, Ñetas, Mara Salvatrucha y muchas otras etiquetas evocan ciertos demonios populares y otros tantos miedos sociales. Supuestos códigos secretos, territorios en disputa, cruentos ritos, actividades criminales y redes tentaculares por doquier. Un fantasma que viene del otro lado del Atlántico y se expande provocando reacciones en cadena y alimentando sospechas racionales (y leyendas urbanas). Sospechas y leyendas que justifican coberturas mediáticas, pánicos morales e incluso reformas legislativas.

Tras el fantasma de las bandas, una presencia ignorada: la de miles de muchachos y muchachas de origen latinoamericano, llegados a Europa desde fines de los años 90 (gracias a diversos procesos de reagrupación familiar), (des)terrados de sus lugares de origen en uno de los momentos más críticos de sus vidas (la siempre difícil transición a la vida adulta), (a)terrizados en sociedades de acogida que no habían previsto su llegada y enfrentados a adultos (padres, vecinos, educadores, etc) (a)terrados ante su incapacidad de comprender el fenómeno. Tras esta presencia inquietante, un espectro: el de nuevas formas de sociabilidad que cruzan las fronteras geográficas para reconstruir identidades globales que aquí seguimos confundiendo con bandas tradicionales de delincuentes.

Lo que denominamos “bandas latinas” es resultado de una compleja historia en la que se mezclan al menos cuatro tradiciones subculturales: la norteamericana de los “gangs latinos”, la latinoamericana de las “pandillas” y “naciones” juveniles, la transnacional de las “tribus urbanas”, y la virtual de las “comunidades digitales”. Estas agrupaciones surgieron en los Estados Unidos en el periodo de posguerra, como refugio indentitario de jóvenes cuyos padres o abuelos fueron migrantes, lo que se tradujo en el modelo de la banda territorial, cohesionada y básicamente masculina. Desde los años 80, se experimentó una evolución hacia formas de organización más complejas, mixtas y desterritorializadas: grupos como los Latin Kings y los Ñetas toman una dirección más política, centrada en la reivindicación de la identidad latina y la condena de la brutalidad policial. En los 90 estas agrupaciones se difunden por diversos paises latinoamericanos, confluyendo con el modelo de la pandilla, forma tradicional de sociabilidad juvenil en el espacio público. A partir del 2000 también llegan a Europa, acompañando nuevos procesos migratorios de naturaleza transcontinental.

En España, las “bandas latinas” aparecen en la escena pública a fines de 2003, a raíz de la muerte de un joven colombiano en un instituto de Barcelona. Pero es sobre todo la emisión de determinados reportajes televisivos lo que da carta de naturaleza al fenómeno: el fantasma viaja de los informativos a los reality shows e incluso a las series de ficción; en el camino reaparece como espectro (pero también como presencia real, cual profecía autocumplida).

Mientras algunas “bandas” reproducen este modelo desviante, otras inician un proceso de visibilización y reforma desde su interior. En Barcelona, kings y Ñetas debaten la propuesta de legalizarse como asociaciones juveniles, con el apoyo de algunas instituciones (el municipio, el Consejo de la Juventud, el Defensor del Menor, la Comisión de Derechos Humanos y algunos académicos). El proceso empieza a tener consecuencias positivas en otras ciudades, como Génova, Guayaquil, Nueva York e incluso Madrid (donde sectores de la Administración y de los jóvenes se muestran dispuestos a dialogar). Los medios empiezan a dar informaciones menos sesgadas, que dan cuenta de la transformación de las “bandas” en “organizaciones juveniles”. Y empiezan a referirse a un “modelo Barcelona” para abordar el reto de las “segundas generaciones”.

Acaba de entrar en el Parlamento español el proyecto de reforma de la Ley de Responsabilidad Penal del Menor. Según la exposición de motivos “la reforma ha querido ofrecer una respuesta eficaz a un nuevo fenómeno sumamente preocupante: la integración de menores en bandas y grupos organizados dedicados a cometer delitos”. Para ello, se introduce una nueva figura delictiva -“delitos graves o actuando en banda, organización o asociación”- que puede castigarse con penas entre 3 y 6 años de internamiento.

Ante ello cabe preguntarse: ¿Por qué se califica de “nuevo” un fenómeno -las bandas juveniles- que existe en España desde hace décadas? ¿Cómo se distinguirá una banda de lo que no lo es? ¿Se aplicará la norma -utilizada en Centroamérica contra las maras– de tomar los tatuajes o la estética como pruebas de cargo? ¿Cómo se evitará que la medida afecte sólo a ciertos grupos? ¿A los jóvenes españoles de clase media que cometan actos ilícitos en grupo también se les aplicará el mismo agravante de actuar en banda? ¿Qué sucederá con los colectivos que han decidido abandonar la clandestinidad y legalizarse como asociaciones juveniles?

Como académicos que venimos investigando en el tema en los últimos años (en España, Ecuador e Italia), es nuestro deber manifestar nuestra preocupación por el proyecto de reforma legislativa (que nos consta comparten profesionales del ámbito de la justicia juvenil, la seguridad y el trabajo social, así como entidades latinoamericanas). Si sale adelante tal como está planteada, es probable que tenga efectos contrarios a los perseguidos.

Como ya ha sucedido con anterioridad en Estados Unidos, Centroamérica y Ecuador, la criminalización de las pandillas no sólo no acaba con ellas sino que las convierte en algo endémico y refuerza a las auténticas bandas, aquellos grupos criminales (a menudo liderados por adultos y con oscuras conexiones con el poder). No hay datos que permitan afirmar que la situación es tan alarmante como se plantea, más allá de ciertos pánicos mediáticos y algún caso grave pero aislado. Aunque es probable que algún líder haya abusado de su posición y se hayan cometido delitos, la mayoría de jóvenes que pertenecen a estas organizaciones de la calle no son delincuentes. Criminalizarlos sólo puede comportar el regreso a la clandestinidad y el alimento de rencores sociales que, como sucedió en Francia, pueden acabar explotando en el futuro.

No dudamos de las buenas intenciones de los responsables políticos que han impulsado estas reformas, pero es nuestro deber alertar sobre las consecuencias que las mismas pueden tener si en el trámite parlamentario no se modifican. Pues la única manera de hacer frente a los espectros es no magnificarlos y poder combatir los miedos que los alimentan, para de este modo seguir la senda que va del fantasma de las bandas (latinas) a la realidad de los jóvenes (latinoamericanos).