El fecundo servidor del dolor

Por Jesús de las Heras Muela, sacerdote y periodista, es director de la revista Ecclesia (EL PAIS, 27/02/05):

Juan Pablo II ha vuelto al hospital. “También desde el hospital, sigo sirviendo a la Iglesia y a la humanidad”, exclamaba el papa Juan Pablo II el domingo 6 de febrero al saludar a los fieles congregados ante el Policlínico Gemelli de Roma, donde permanecía hospitalizado a causa de una dolencia respiratoria. Estaba siendo la novena que Karol Wojtyla, aquel “atleta de Dios” del alba de su pontificado, debía ser ingresado en este hospital romano, llamado por él, humorística y significativamente, “el Vaticano 3”. Cuando al domingo siguiente, día 13 de febrero, ya desde el Vaticano, volvía a presidir el rezo público del ángelus, pedía a las miles de personas que abarrotaban la plaza de San Pedro de Roma que rezaran por él para que pudiese cumplir hasta el final la misión que el Señor le ha confiado.

Y es que, a mi juicio, esta nueva y la ya pasada hospitalización de Juan Pablo II, esta nueva enfermedad suya, nos depara importantes mensajes y lecciones. La primera de ellas es comprobar cómo el misterio y la gracia de la cruz siguen estando tan presentes en la vida y en el ministerio del Santo Padre. Aquel hombre vigoroso venido del Este, aquel atleta de Dios, aquel portentoso y probado deportista, aquel Papa juvenil y moderno, ha ido envejeciendo, ha ido debilitándose, ha ido cargándose de años, de achaques, de dolores y de dolencias. Y aquel hombre, aquel Papa superstar de los albores de su ministerio petrino, es ahora el anciano entrañable y venerable, que se asemeja tanto a nuestros ancianos, a nuestros enfermos y a todos y a cada uno de nosotros mismos.

Por ello y porque para el creyente es preciso escrutar los signos de la providencia de Dios, porque para el cristiano es necesario saber leer y vivir la Palabra de Dios, el Papa del Gemelli, el Papa anciano y enfermo, es icono vivo de que la fuerza reside en la debilidad, es ejemplo luminoso de que siempre y hasta el final hay que cargar con la cruz, es referencia permanente a Dios y a Jesucristo, el único redentor del hombre, es testimonio inequívoco de los gozosos dolores y sufrimientos que siempre comportan la predicación del evangelio y la consagración entera de la propia vida en su servicio. ¿Y esto no es puro evangelio, puro misterio de contradicción y de gracia, pura refutación de la suficiencia de las solas eficacias humanas, pura afirmación de que Dios sabe más? Las reiteradas ocasiones en que Juan Pablo II se muestra cargando de este modo con la cruz e insiste en su voluntad de no bajarse de ella, al igual que el Señor, ¿no será un signo, una llamada de lo Alto para saber de quién debemos fiarnos y dónde debemos poner nuestras esperanzas?

Con todo, y a pesar de que la legislación eclesiástica limita a la sola voluntad del Papa la posibilidad de dimitir, y a pesar de los tan escasísimos y tan particulares casos en que un sucesor de san Pedro ha renunciado a su misión, no cabía duda de que tarde o temprano, tras esta nueva hospitalización de Juan Pablo II, se reabriría en la sociedad y en la misma Iglesia el debate sobre si el Papa debe dimitir, sobre si es conveniente establecer una edad de jubilación también para quien calza las sandalias del pescador y todos estos debates, cábalas y quinielas a los que nuestro mundo, tan autosatisfecho en sus mecanismos de eficacias y de marketing, es tan dado. Contemplando a Juan Pablo II en el hospital y releyendo desde la fe los párrafos anteriores de este comentario, todas estas polémicas y cuestiones se me antojan estériles, al menos, en el momento y contextos actuales.

Puedo entender que mi planteamiento y visión del tema sean tildados de incluir o de basarse sólo en razones de carácter religioso y hasta sobrenatural. Pero, ¡faltaría más!: la Iglesia es don de Dios, misterio de su gracia y de su amor, y los puestos, cargos y responsabilidades en la Iglesia forman parte de este misterio de gracia y son servicio. Dirigir la Iglesia no es dirigir una multinacional. Es servir en el amor a la comunidad de los creyentes y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. ¿Y cómo se miden, cómo se rentabilizan el servicio y el amor? ¿Quién puede saber y garantizar cuál y cómo es su mayor eficacia?

No obstante, si a datos cuantificables hubiéramos de referirnos, no vendrá mal recordar que el número de católicos en todo el mundo supera los 1.081 millones de personas, 15 millones más que en el año pasado y 120 millones de personas más que cuando Juan Pablo II, en 1978, calzó por primera vez las sandalias del pescador. ¿Más datos?: son ya cerca de los 300.000 los jóvenes de todo el mundo que se han inscrito para la Jornada Mundial de la Juventud del próximo mes de agosto en Colonia y que presidirá Juan Pablo II. ¿Cabe pensar una tal capacidad de convocatoria en algún otro tipo de acto y concentración de jóvenes? Hace menos de dos años, Juan Pablo II congregaba en Cuatro Vientos, en el sur de Madrid, a más de 700.000 jóvenes. ¿Ha habido en estos dos años en España alguna concentración juvenil de magnitud similar? Y podríamos seguir añadiendo datos que hablan con contundente evidencia de cómo Juan Pablo II, el Papa anciano y enfermo, ha calado en el corazón de la humanidad con una fuerza y con una penetración difícilmente superables, como también se pone de manifiesto, entre cristianos y no cristianos, cada vez que su quebrada salud adolece aún más.

Ya nos lo decía recientemente el cardenal Sodano, secretario de Estado del Vaticano: “Las dimisiones dejémoslas a la conciencia del Papa. Si hay alguien que sabe qué es lo que hay que hacer, ése es él. Si hay un hombre que tiene una sabiduría maravillosa, ése es él. Nosotros tenemos que tener una enorme confianza en él. Ama a la Iglesia más que nadie. Sabe qué es lo que hay que hacer. El Papa se expresa y guía a la Iglesia de diferentes maneras. La sabiduría del anciano para la Iglesia es también un don. No nos preocupemos: el Señor guía a su Iglesia. Y el Señor es grande”. Eso es, dejemos el tema a Dios y al Papa.

No querría terminar este artículo sin antes hacerme eco también de un hermosísimo testimonio a este respecto del canadiense Jean Vanier, fundador de la Comunidad El Arca, cuyo carisma es el servicio, la acogida y la convivencia con los discapacitados físicos y mentales. Jean Vanier se expresaba en los siguientes términos: “Juan Pablo II es el Papa y corresponde decidir al Papa”. Cuando se le preguntó por la posibilidad de renunciar, respondió: “¿Quiso Jesús bajarse de la cruz?”. “El Papa es un hombre que sufre: sufre físicamente, pero creo que sufre tremendamente también en su corazón. Y, al mismo tiempo, hay en él algo de extraordinariamente luminoso y límpido. El Papa es el signo de lo que es el cristiano… Hoy el Papa, más que con cualquier encíclica o con cualquier otro escrito, es signo de santidad con su presencia. Hoy el mundo no tiene necesidad de grandes ‘atletas de Dios’, tiene necesidad de hombres y mujeres, como Juan Pablo II, que acepten el misterio de lo que viven”. Y concluía sus declaraciones con estas palabras: “San Pablo dice: ‘Mi fuerza se manifiesta en mi debilidad’. Esto es precisamente lo que hoy vive el Papa”.