El feminismo en su encrucijada

El debate político es fundamentalmente una lucha por el poder basada en presupuestos ideológicos. El ciudadano no tiene tiempo para averiguar cuáles son esos presupuestos, y se contenta con eslóganes contundentes… y engañosos. La filosofía es la encargada de explicar el contenido oculto de palabras que manejamos ingenuamente y que influyen decisivamente en nuestra vida. ¿En qué piensa usted cuando oye la expresión ideología de género? Los tres últimos Papas la han criticado como un gran peligro. En cambio, Massimo Prearo, en su libro La croissade anti-genre, sostiene que es una creación vaticana para demoler posiciones feministas. ¿Hay algo de verdad en esto?

La evolución del pensamiento feminista ha suscitado la ideología queer/transgénero, un proceso matricida, que acaba negando su origen. Alicia Miyares, en este periódico, decía que es «un torpedo a la ejecución de políticas de igualdad; si el sexo es irrelevante todas las políticas para combatir la desigualdad estructural que como mujeres padecemos se tornan irrelevantes». Por eso, feministas clásicas –como Amelia Valcárcel, en su último libro Ahora, feminismo– rechazan esa deriva evolutiva, y quieren recuperar la esencia del feminismo: actividad política para defender los derechos de la mujer. Las reivindicaciones LGTBI son, sin duda, respetables. Pero son otra lucha. Meterlas en el mismo pack liquida las específicamente feministas.

Históricamente, la agenda feminista la marcó el movimiento sufragista, que consiguió los derechos civiles, educativos, y políticos, y fue prolongado por los derechos reproductivos y sexuales. En este momento, la tarea principal de este feminismo sigue siendo la lucha por el reconocimiento y el respeto real de esos derechos en todo el mundo, meta que está aun muy lejana.

Pero el feminismo clásico desencadenó movimientos ideológicos imprevisibles. No bastaba luchar por la igualdad. Había que comprender lo que estaba en origen de la discriminación. El sistema patriarcal no se había contentado con establecer relaciones fácticas de poder, sino que las había justificado, y era necesario desmontar esas justificaciones. Un ejemplo, el artículo 57 del Código Civil español vigente hasta 1975 imponía a la mujer casada el deber de sumisión al marido, que se basaba «en la potestad de dirección que la naturaleza, la religión y la historia atribuyen al marido» dentro de la religión católica «que ha inspirado siempre y debe inspirar en lo sucesivo las relaciones entre los cónyuges». Esta mezcolanza de naturaleza, historia y religión era disparatada. Las pensadoras feministas, con razón, se negaron a admitir que la naturaleza justificara la opresión de la mujer. Denunciaron la confusión de naturaleza y cultura. El sexo era una característica biológica, natural; pero los roles femeninos y masculinos son invenciones culturales. Simone de Beauvoir acuñó una expresión que tuvo éxito: «No se nace mujer, se llega a serlo». Adecuadamente se distinguió entre sexo (realidad biológica), género (interpretación cultural del sexo) y orientación sexual (tipificación del objeto de deseo sexual).

La inicua utilización de la idea de naturaleza como fuente de derechos, hizo que el movimiento feminista rechazara en bloque la noción de naturaleza como fuente normativa. En ese punto confluyó con los movimientos homosexuales, a quienes se había tildado siempre de ir contranatura, y con los movimientos racistas que afirmaban la inferioridad natural de los negros. La negación de una naturaleza humana puso en pie de guerra a la Iglesia católica porque toda su moral sexual está basada en la idea de naturaleza, de manera que su negación implicaba para ella un relativismo absoluto. Por eso considera diabólica la ideología de género.

El feminismo de la igualdad se había convertido así en el feminismo de género, que sintió la necesidad de definir el genero femenino como autosuficiente, sin hacer referencia al masculino. La estructura sexual binaria –macho/hembra– comenzó a considerarse reaccionaria, una trampa para el feminismo. Elizabeth Badinter se hizo popular por afirmar que el «instinto maternal» apareció en el siglo XIX y era una creación machista. La maternidad era la nueva esclavitud. Formaba parte de la institución «familia patriarcal», que se consideraba nefasta para las mujeres.

Defender la identidad de género tampoco pareció suficiente. Había que buscar una identidad individual. La búsqueda de la identidad se volvió perturbadora en una sociedad líquida, en la que se comenzaba a hablar de personalidades ameboides. Una parte de las feministas defendió la identidad de género, de la comunidad femenina, pero en plena pasión identitaria el género era demasiado generalizador. Se empezó a hablar de géneros múltiples, y se acabó rechazando la idea de género porque no defendía lo suficiente el derecho a la diferencia. Judith Belladona y Barbara Penton rechazaban toda identidad sexual en nombre de «la lucha contra ciertas prohibiciones, otros tabúes, otros moralismos, otras normas. Sentimos en nuestro cuerpo no un sexo, ni dos, sino una multitud de sexos».

Lo importante era negar las divisiones dicotómicas, el binarismo. Macho y hembra son los dos extremos de una variada serie de estados intersexuales, entre los que se puede elegir. Se empieza a describir mejor el fenómeno trans, que se había ocultado, desconocido o malinterpretado durante siglos. La identidad experimentada puede no estar de acuerdo con el propio cuerpo. Una persona puede sentirse mujer, pero esta encarnada en un cuerpo masculino, o, al contrario. Esto añade complejidad al campo, por la nueva combinatoria que introduce. La distinción señalada antes entre sexo, genero y orientación sexual, se hace más compleja. Jack Halberstam, en su libro Trans*, cita el comentario de una mujer que se convierte en hombre. Mientras era mujer se sentía atraída por las mujeres, pero sin que esto fuera una orientación sexual lesbiana. Lo explica así: «Una lesbiana es una mujer a la que le gusta ser mujer y cuyo objeto de amor es una mujer. Un transexual mujer-hombre ama a las mujeres, pero se siente atrapado por su cuerpo de mujer». En esta búsqueda de identidades, el binarismo sexual (hembra-macho) o de género (mujer-varón), aceptado por el feminismo clásico, resulta rechazado por la ideología trans.

La flexibilidad se lleva al máximo. Así creo que debe interpretarse la ideología queer, última figura hasta ahora de la evolución que estamos contando. Toda definición es un peligro o una ofensa. El prefijo trans sugiere que es el paso de un estado a otro. La vida queer pretende eliminar ese sentido de finalidad, porque si se busca se está volviendo a consolidar el binarismo, que es el enemigo a batir. La teoría queer significa elevar lo trans a una concepción general del mundo posmoderno. «Es no ceder al asimilacionismo sino alejarse de lo razonable, lo pragmático, lo posible, a favor de la utópico, lo fantástico, lo imposible». De las reivindicaciones de género se ha pasado a las reivindicaciones de la identidad, y de éstas a la postidentidad. Butler, en su libro El género en disputa, rechaza la búsqueda de la coherencia personal, porque eso significa caer bajo la tiranía de lo normativo.

El movimiento feminista critica duramente la ideología queer porque considera que ha olvidado la situación de la mujer. Como dice el viejo romance: «Entre tanta polvareda, perdimos a don Roldán». La evolución del pensamiento feminista ha liquidado al feminismo. Lo ha convertido en un feminismo para un mundo líquido.

Las feministas clásicas se dieron cuenta pronto de que reclamar el derecho a la diferencia es una trampa. Los derechos fundamentales son siempre universales. Sólo los derechos universales protegen las diferencias, porque prohíben la discriminación, es decir, negar injustamente el acceso a esos derechos. Sólo apelando a derechos universales se podía luchar contra el machismo. Las búsquedas identitarias todavía no lo han comprendido.

La evolución ideológica que he descrito plantea otros problemas. ¿Es socialmente vivible la incoherencia, y la falta de definición? ¿Toda normativa es una imposición rechazable? ¿Qué tipo de educación y de escuela se derivan de esta ideología?

José Antonio Marina es filósofo, ensayista y pedagogo.

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