El feminismo que da votos a Vox

Estamos en plena revuelta contra la corrección política, y hay quien no quiere verlo. Nuestra democracia se cimentó en la construcción de una religión civil que funcionara de guía para el comportamiento cívico. Es algo corriente desde el siglo XIX: fabricar ciudadanos.

Aquí se hizo también desde 1978. Los españoles tenían que ser autonomistas, europeístas, ecologistas, feministas y socialdemócratas porque esas eran las bases espirituales del sistema. Debía ser el Zeitgeist de la nueva España democrática y solidaria, alejada del atavismo que nos había procurado un supuesto pasado sangriento y vergonzoso. Había que dejar de ser españoles viejos, para ser españoles nuevos. Todo lo que habíamos sido e ra rancio, por lo que había que abrazar esa ciudadanía, el dogma de esa religión civil correctora de defectos congénitos.

Bien; ahora todo esto se está cuestionando. Es el signo del tiempo que comenzó en 2014. Los críticos son los que ganan adeptos. Ciudadanos arremetió contra el bipartidismo y eso le procuró un espacio político. Podemos censuró los efectos sociales, la desigualdad material que genera el capitalismo, y se hizo su hueco en la izquierda. Vox está sacando las contradicciones y la consecuencias negativas de la religión laica que se construyó desde 1978 y está consiguiendo su lugar. El papel de estos agentes de la “nueva política” se reafirma cuanto más visceral y obligatorio es uno de los dogmas de fe; en este caso, el feminismo.

No existe un solo tipo de feminismo, por supuesto. El liberal se fundamenta en el establecimiento de iguales condiciones jurídicas de hombres y mujeres para procurar la igualdad sin olvidar la libertad; esto es, que no exista discriminación legal, y a partir de aquí que cada individuo se procure su vida libremente.

El feminismo estatista considera que es necesario construir desde el Estado las condiciones sociales para la igualdad a través de la legislación para acostumbrar a la “visibilización” de la mujer. Son las cuotas en las empresas, la política o la cultura que dan preferencia al sexo femenino. Se trata de romper el “patriarcado” o el machismo mediante la ley, elaborar normas que obliguen a los recalcitrantes. En este caso el género importa más que el individuo, y la capacidad y el talento para ocupar cargos se presuponen. La libertad es, así, un valor secundario frente a la paridad, y la discriminación es un instrumento aceptable. Un ejemplo claro es la Ley contra la Violencia de Género, que vulnera los derechos de los hombres al establecer el delito de autor.

El último tipo de feminismo, resumiendo mucho, es el que da votos a Vox. Es el supremacista socialista. Es el que considera que las mujeres son un colectivo, un sujeto homogéneo, unívoco, con un solo interés verdadero y una única voz. Solo existen dos tipos de personas en la historia de la Humanidad: hombres y mujeres. De esta manera, la verdadera guerra desde Atapuerca, o quizá más allá, ha sido la existente entre los dos géneros. La fórmula de este , que habrían determinado las costumbres, roles y creencias que fundamentan la “esclavitud” de la mujer.

En realidad, es una vuelta de tuerca a la versión marxista-leninista: ya no hay lucha de clases, sino lucha de géneros, que escribió la feminista Shulamith Firestone. Esta perspectiva sería la única adecuada para examinar y calibrar todo. Un ejemplo: hace unos días la Asamblea de Madrid rechazó una propuesta de Podemos y PSOE para incluir a la ginecología y obstetricia en la violencia de género. ¿Por qué? Porque consideran que las cesáreas, la epidural y la reconstrucción vaginal (“el punto del marido”) son agresiones machistas. No importa que sea un desconocimiento completo de la obstetricia, sino la ingeniería social. Otro tanto ocurre con el lenguaje inclusivo: ya no es usar los dos genéricos en los discursos públicos, sino que los hombres utilicen el femenino para hablar de ellos mismos.

A esto se une la agresividad: “Machete al machote”, “machirulo, te van a dar por culo”, “Macho muerto no viola”, “Os han engañado, la Virgen ha follado”, o “Ante la duda, tú la viuda”. El fondo lo expresó Irene Montero en el Congreso: “existe una violencia estructural”, “micromachismos” de la vida cotidiana que hacen que “todas las mujeres sean víctimas”, y a la que hay que responder. En consecuencia, las mujeres representan mejor que los hombres los valores universales de la paz, la justicia, la solidaridad -ellas lo llaman “sororidad”, en contraposición a “fraternidad”-, el progreso, la educación, o la cultura. Son superiores, dicen, y ha llegado el momento de saldar cuentas con la Historia y la sociedad.

Este feminismo supremacista e izquierdista quiere ordenar la sociedad, el Estado, e imponer cómo nos debemos definir cada uno de nosotros. Sostiene que no se nace mujer, sino que se hace, como decía Simone de Beauvoir, y al hacerlo en un mundo capitalista y patriarcal, se esclaviza. Porque el núcleo de explotación de las mujeres es la gestación y educación de los hijos, que señaló hace décadas Shulamith Firestone.

La cultura y la educación se han construido sobre el patriarcado, invisibilizando a las mujeres. Por tanto, hay que acabar con el capitalismo, con sus costumbres, creencias y valores, para que la mujer, sometida desde los albores de la Humanidad, según escribió Mary Beard, tome su sitio. Es el empoderamiento, porque la relación entre sexos es de poder, sentenció Kate Millet. Esta es la llamada “ideología de género”: un conjunto de ideas para cambiar el mundo en función del género, a través de una legislación en favor de las mujeres.

Este feminismo se ha unido al estatista en una red clientelar y de subvenciones, con instituciones y asociaciones que se ocupan de las mujeres y de transformar el mundo siguiendo dicha ideología. Esto ha reportado una serie de abusos y una imposición moral al resto que produce rechazo. Culpar al hombre por serlo, dar a entender que las mujeres que no piensan como ellas son tontas o “colaboracionistas”, obligar a cuotas, emprender cazas de brujas, la ingeniería social en escuelas, o gritar que sin socialismo no hay feminismo, es un flaco favor a la igualdad. El resultado es una reacción que Vox ha canalizado políticamente.

No me detendré en lo que dice Vox, porque no es el objetivo de este texto, sino mostrar que el desvarío del feminismo supremacista socialista, esa deriva de la ingeniería social fundada en un constructo ideológico simple, alimenta a su opuesto. Es más; ese discurso feminista y el voxista se retroalimentan: unos llaman “neofascistas” a los otros para justificar su acción, y los otros las califican de “feminazis” para explicar la suya. Tal para cual.

La pena es que no tengamos un feminismo liberal que vaya más allá de la crítica a estos dos extremos, y que siga el camino marcado por Clara Campoamor: el humanismo.

Jorge Vilches es profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense.

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