El fenómeno Bayrou

Por Michel Wieviorka, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 16/03/07):

La campaña electoral francesa produce, desde muchos puntos de vista, pasmo y estupor. Al principio, en otoño del 2006, todo parecía fijado de antemano. En efecto, se enfrentaban dos candidatos: Ségolène Royal a favor de la izquierda, Nicolas Sarkozy de la derecha. Ambos formaban una pareja que apasionaba a los cronistas de la prensa popular; ambos lograban transmitir a la sociedad determinadas promesas que representaban una ruptura con el sistema político precedente sin dejar de exponer ideas y posturas propias de la tendencia propia. En la derecha, Sarkozy ha conseguido imponerse paulatinamente, obteniendo apoyos y adhesiones antes no evidentes ni seguros. Y, en la izquierda, Royal ha logrado no sólo la investidura de su partido con un fuerte avance sobre sus dos rivales, Dominique Strauss-Kahn y Laurent Fabius, sino que además se ha revelado como la figura capaz de ahorrarle a su partido el desastre del 2002: algunos candidatos que se interpusieron en el 2002 en el camino de Lionel Jospin se le han unido en esta ocasión, evitando así el riesgo de una posible dispersión del voto del electorado de izquierdas en la primera vuelta. Un peligro menos que afrontar teniendo en cuenta que la “izquierda de la izquierda” – el Partido Comunista, los verdes, los trotskistas, los altermundistas- da claras muestras de su permanente situación de naufragio y exhibe cifras irrisorias de intención de voto en los sondeos; su electorado tradicional se apresta en líneas generales a depositar un voto útil y, en consecuencia, por la candidata en la primera vuelta.

Sin embargo, desde hace varias semanas, el panorama ha cambiado con el potente ascenso de François Bayrou: un ascenso tan sorprendente que los institutos de encuestas minimizan un tanto sus resultados sobre este candidato antes de publicarlos, tal es el grado de su sorpresa. En este momento, François Bayrou obtiene en las encuestas resultados comparables a los de Ségolène Royal; de hecho sube, en tanto ella baja; en cuanto a Sarkozy, también pierde fuelle.

¿Qué sucede, por tanto?

El factor básico estriba en el rechazo de los franceses del sistema político actual. Los estudios y análisis de un centro de investigación tan solvente como el Cevipof de París indican que dos de cada tres franceses desconfían de los partidos políticos que han permitido, a su juicio, que Francia se debilitara, que se ahondara el foso de la injusticia y la desigualdad social, que el sistema educativo y las instituciones públicas sufrieran una crisis, etcétera. Ahora bien, si por una parte en la derecha Sarkozy se ve claramente respaldado y secundado por su partido, en la izquierda el fenómeno es más complejo. Royal se encuentra en medio de una especie de contradicción que puede demostrarse en su caso una trampa mortal. Su éxito inicial, que le valió la investidura en el seno de un Partido Socialista preocupado ante todo por promover al candidato/ a con mayores posibilidades de éxito en los sondeos frente a Sarkozy, descansaba sobre la diferencia que Royal desplegaba – y representaba- con relación al aparato socialista clásico. En la primera fase de su campaña, pudo hacer ostentación si cabe de manera aún más cómoda de la distancia respecto de su propio partido con ocasión de mítines y encuentros públicos en cuyo curso se refería a una democracia participativa manifestando que aprendía enormemente en tales reuniones, dando a entender que no aprendía tanto en su relación con el aparato del partido y sus elefantes, sus principales líderes. Sin embargo, ha debido recurrir posteriormente al propio aparato del partido y a sus elefantes, quienes andan más bien escasos de entusiasmo e incluso sostienen un doble discurso: mientras le dan públicamente su apoyo, en privado expresan sus dudas. Y, sin llegar al extremo de movilizar de hecho al partido – ya bajo bastante tensión por obra y gracia de sigilosos enfrentamientos entre tendencias y líderes-, lo cierto es que se ha implicado a fondo de modo que la población experimente el sentimiento de que tiene delante una figura de actitud distinta que le toma efectivamente el pulso a la gente de a pie.En cuanto a Bayrou, él no tiene tales problemas: su partido es pequeño (sólo 30 diputados) y puede alardear de presentarse como líder político libre en relación con las lógicas propias del aparato. Es el hombre del centro, el que rechaza el viejo sistema, ya gastado, de la oposición entre izquierda y derecha. Capitaliza por tanto cómodamente en torno a su figura y su nombre el rechazo de los partidos políticos, la especialidad en su día del Frente Nacional. Pero con la diferencia de que lo hace en el centro y desde el centro y no en la extrema derecha, proponiendo un proyecto dotado de cualidades a las que son sensibles lo electores.

Este proyecto, en efecto, no es un programa ni un catálogo de medidas y, por tanto, de promesas: Bayrou propone más bien una visión y unas orientaciones generales. Y asocia al proyecto en cuestión un discurso pleno de prudencia y de oposición a un continuo endeudamiento del país – factor que aporta una imagen de rigor y seriedad- donde y cuando los otros candidatos parecen multiplicar promesas que no podrán mantener. Bayrou, por otra parte, ofrece la imagen de cierta serenidad y asimismo de una capacidad de atenta escucha, siendo así que Sarkozy transmite una imagen febril y Royal un tanto renuente a la hora de entrar al trapo en auténticos debates. Además, Bayrou es un hombre de provincias, un padre de familia numerosa (seis hijos), un católico comprometido con la laicidad. Bayrou conoce el medio rural pero también es catedrático de Lenguas Clásicas, escritor (autor de obras de historia, entre otras) aunque no enarca (de la prestigiosa ENA), si bien los franceses están en general bastante hartos ante la perspectiva de que quienes les dirigen hayan de ser todos expertos de la ENA, gente distante de las realidades de la vida diaria. El candidato en cuestión posee un rasgo de serenidad del que carecen sus adversarios; sucede, en efecto, que el país se siente agitado e inquieto, amenazado por la globalización en tanto diversos sondeos indican que los franceses juzgan crecientemente que sus hijos tendrán una vida más difícil que la suya.

Al comienzo de la campaña no daba la sensación de que pudiera haber mucho espacio político para François Bayrou. Sin embargo, de forma gradual, y en diversos segmentos de la población, el rechazo frente a los dos candidatos principales le beneficia incluso en su propio campo. En la izquierda, una parte creciente del electorado se siente decepcionada al ver que los elefantes vuelven a la pista en desorden: Fabius quiere ir todo a la izquierda, Strauss-Kahn mira hacia el centro hasta el punto de que se sospecha que quiera preparar una alianza con Bayrou. Y Jean-Pierre Chevènement – figura del traidor en el 2002, ya que sin su candidatura Lionel Jospin hubiera podido estar presente en la segunda vuelta-, tira hacia atrás al partido, y a Ségolène Royal, hacia posiciones en las que la idea de nación desempeña un papel central. Todo ello genera desorden y da fe de una crisis interna en el partido socialista. Al menos, se dice, una victoria de Bayrou dará pie a pensar que puede producir un aggiornamento y una salida de la crisis. Además, Bayrou presenta una ventaja: en los sondeos aparece como virtual vencedor frente a Sarkozy en caso de duelo en la segunda vuelta, lo que constituye un poderoso argumento, ya que en la izquierda, y en la izquierda de la izquierda, Sarkozy es rechazado con mucha mayor contundencia de lo que lo fue Chirac, sobre todo por su actitud ante la inmigración o los disturbios urbanos de octubre y noviembre del 2007. En la derecha, Sarkozy no tiene la unanimidad; algunos lo consideran figura inquietante, inestable, no suficientemente gaullista, demasiado atlantista o bien incluso le reprochan adular al electorado de extrema derecha; otros no aceptan su gestión sobre el islam en Francia, considerada comunitarista, o su apoyo al principio de la discriminación positiva. En los dos bandos principales, una parte de los electores se apresta a votar por Bayrou y ciertos electores del Frente Nacional parecen dispuestos a adoptar la misma actitud: Jean-Marie Le Pen es mayor, no tiene ninguna posibilidad de acceder al Elíseo y, puestos a protestar contra el sistema de partidos clásicos – se dicen-, tanto mejor hacerlo de manera realista.¿Será elegido François Bayrou? Es muy difícil afirmarlo: los sondeos indican que más del 40% de los electores están indecisos o dispuestos a modificar sus intenciones de voto. Además, François Bayrou tiene una debilidad importante: al no disponer de un partido fuerte no puede indicar con quién gobernará si resulta elegido y en qué parlamentarios se apoyará. Puesto que la elección presidencial será seguida un mes más tarde de elecciones legislativas que deben dibujar el contorno de la mayoría en el Parlamento, ¿podrá conseguirla? Es ahí donde reside la mayor incertidumbre de esta candidatura que, por el momento, va al alza y parece capaz de dar una sorpresa.