El fenómeno Rodríguez Zapatero

Por Ignacio Sotelo, catedrático excedente de Sociología (EL PAÍS, 19/11/05):

Al igual que muchos españoles, he pasado meses deshojando la margarita ¿es tan ingenuo como parece?, sí, no. Dentro de unos años tendremos la respuesta cuando conozcamos logros y costos de una política que hoy no deja de sorprender y a muchos incluso escandaliza. Vivir el presente exige imaginar el futuro probable, acomodándonos a él si nos parece soportable, o esforzándonos en eliminar los aspectos que se muestren más dañinos. Se comprende que los que anuncian un futuro apocalíptico, nada menos que la autodestrucción de España, hayan establecido como meta inmediata acabar con un político que comportaría riesgos tan altos. Pudiera también ocurrir que la relación fuese la inversa, se pinta, y al final se termina por creer en un futuro tenebroso, porque se quiere derrocar lo antes posible a quien, si le salieran bien las cosas, podría consolidarse en el poder por mucho tiempo.

No queda más remedio que enfrentarnos al que, aprovechando la polisemia del término, llamo “fenómeno Zapatero”. Lo empleo en el sentido originario de aquello que se manifiesta, y lo que sigue no son más que unas reflexiones zurcidas con el hilo quebradizo de las apariencias. Pero no me viene mal que la palabra se utilice para nombrar a una persona que nos parece extraordinaria o monstruosa. El título tal vez haya despertado alguna curiosidad en el lector que se incline por uno u otro significado.

Hasta vísperas del XXXV Congreso del PSOE, celebrado en julio de 2000, la inmensa mayoría de los españoles ignorábamos quién era el señor Rodríguez Zapatero. No deja de sorprender que en un período de democracia consolidada, sin rupturas ni tensiones especiales, y con una economía creciendo, en poco menos de cuatro años haya llegado a presidente del Gobierno. Sin duda la matanza del 11 de marzo desempeñó un papel importante, que probablemente hubiese tenido otro final si Aznar desde un primer momento hubiera invitado a los líderes de la oposición a compartir el manejo de la crisis, en vez de tratar de manipular la opinión pública desde el convencimiento de que si hubiese sido ETA, ganaba por goleada, pero muy otro podría ser el desenlace si resultase obra del extremismo islámico. No obstante, conviene retener que en la semana anterior al atentado las encuestas ya acercaban el PSOE al PP. La interferencia que sin duda significó tamaño crimen, reconocida a regañadientes por el vencedor y sobrevalorada por el perdedor, reacio a reconocer los gravísimos errores cometidos en esos días, ha polarizado la opinión desde el comienzo de la legislatura, lo que en buena parte explica la doble significación de “fenómeno” que circula respecto a Zapatero.

Sintomático de lo alejado de la opinión pública que transcurre la vida interna de los partidos es el hecho de que desde fuera no hubiéramos percibido ascensión tan vertiginosa. En cualquier biografía del presidente leemos que a los 19 años ingresa en las Juventudes Socialistas y a las pocas semanas ya es secretario general de la organización en León; a los 22, secretario general de la agrupación local de León; candidato al Congreso en las elecciones de 1986, siendo el diputado más joven elegido en aquella legislatura; a los 28 se hace con la secretaría general de la federación socialista de León, lo que le garantiza ser cabeza de lista en las elecciones siguientes. En el Congreso, celebrado en junio de 1997, después de haber perdido el PSOE las elecciones, se cuelan las primarias, altamente improbable que se repitan, y Zapatero como vocal de la Comisión Ejecutiva Federal.

Cualquiera que conozca las luchas internas en la provincia, y máxime en el León de entonces con el enfrentamiento del sector minero con el Gobierno de Felipe González, sabe que ningún blandengue se alza con el poder. Al estudioso interesado en saber cómo nace un líder le recomendaría que se ocupase con algún detalle de aquellos primeros años, sin duda los decisivos y los más difíciles de su carrera, en los que muestra un gran talento táctico y una capacidad excepcional de limar asperezas y controlar conflictos, con el resultado de reforzar siempre su poder personal.

En la primera mitad de los noventa arrecia la lucha entre los llamados renovadores y los guerristas. Zapatero, oficialista durante toda su carrera política, no descuella, sin embargo, en las filas de los renovadores, aunque en su provincia se enfrente a los guerristas que entonces le acusaron de falsear los censos de afiliados para decantar a su favor los compromisarios en los congresos provinciales. Importa destacar un hecho que me parece significativo: el felipista de toda la vida no acude a la llamada del jefe para acompañar a la cárcel de Guadalajara a los condenados por sentencia firme, pero que González considera víctimas de la justicia de un Estado democrático. Zapatero muestra un instinto, fundamental en un político, de las ocasiones y de los tiempos.

Pero donde Zapatero hizo gala de su enorme inteligencia táctica y de sus profundos conocimientos del partido fue en el Congreso que le eligió secretario general, superando por unos pocos votos al candidato oficial, José Bono. Tras las primarias, el aparato sufre la segunda derrota, pero esta vez la definitiva. Después de haber defendido la política de Felipe González, como garantía de continuidad, predicar “un cambio tranquilo” y haber negociado en el último minuto el apoyo de una parte de los guerristas, aquella misma noche desaloja del poder a la generación de Suresnes y confecciona una Ejecutiva Federal de amigos fieles. El único que se salva es Chaves en una posición meramente representativa que acepta después de que Felipe González la hubiera rechazado.

Ya entonces debimos haber aprendido que para Zapatero una cosa es el discurso y otra muy diferente los hechos. Por lo que dice, a menudo de una enorme vacuidad, la imagen que proyecta es la de un hombre de buena voluntad, que confía en el diálogo y en el compromiso, el famoso talante, pero la verdad es que cuando cree que es preciso actuar rápido y sin contemplaciones, obra como en el congreso que lo eligió, eliminando a la vieja guardia de un plumazo, o al llegar al Gobierno, sacando de inmediato y por sorpresa las tropas españolas de Irak, pese a que había anunciado que lo haría si Naciones Unidas no se hacía cargo de la situa-ción antes del 30 de junio de 2004. Tenía bien claro que en estos meses la primera potencia mundial podía presionar lo suficiente para impedir que la retirada se llevase a cabo. Enfrentarse a Estados Unidos tiene sus riesgos. La vieja guardia sotto voce criticó a su flamante secretario general el que marchara en la manifestación contra la guerra de Irak, a la que se opuso por completo. Los amodorrados por largos años en el poder pronosticaban que, distanciados de Estados Unidos, sería muy difícil ganar unas elecciones, cuando, en realidad, como él intuía, iba a ser el mayor triunfo que pondría un día sobre el tapete. Zapatero tiene una virtud que escasea entre los políticos, y es que asume altos riesgos, con tal de llevar adelante lo que considera oportuno.

Siendo Zapatero un hombre de obras y no de palabras, asombra que la oposición se reduzca a preguntarle cuál es su visión de futuro, qué España ambiciona y hasta dónde está dispuesto a llegar, cuestiones que el político no puede ni quiere contestar con un discurso programático, que bien desvelaría objetivos, con lo que serían mucho más difíciles de alcanzar, bien se quedaría en retórica hueca que es lo que hasta ahora nos ofrece. Somos otros -los intelectuales, los científicos sociales- los que nos encargamos de despejar el horizonte con conjeturas, más o menos verosímiles; a los políticos hay que juzgarlos, no por las trivialidades que suelen decir, sino por lo que hagan. En el debate parlamentario para la toma en consideración del Estatuto de Cataluña, Mariano Rajoy pronunció un magnífico discurso que admiro más por no compartir sus contenidos. Una vez que hubo terminado el que se ha revelado el mejor orador de la última democracia española, Zapatero, con enorme inteligencia táctica, no se levantó para una réplica que le hubiera obligado a consideraciones más concretas sobre el futuro (saber callar es una virtud que ha aprendido en sus años de diputado de base) dejando que fueran los representantes de los partidos catalanes los que le contestasen, logrando así de rebote un enfrentamiento del PP con Cataluña que va a tardar en remontar.

La operación más audaz que ha emprendido el presidente es apoyar un nuevo Estatuto para Cataluña, levantando en los mismos medios de su partido y en los mismos sectores sociales un rechazo mucho más violento que la guerra de Irak, pero con la enorme diferencia de que esta vez no le sigue la mayoría de los españoles. El PP denuncia que para poder gobernar, Zapatero ha aceptado constituirse en prisionero de sus socios catalanes, pero a nadie que haya reflexionado un poco y esté medianamente informado se le oculta que las razones de peso son mucho más complejas. En el fondo, como siempre, subyace la cuestión vasca que, pese a que con la colaboración francesa la acción policial hubiese puesto a ETA ante las cuerdas, de hecho la situación se había agravado con la conversión soberanista del PNV. Los éxitos policiales del Gobierno del PP quedaban anulados por la incapacidad a enfrentarse con el independentismo del partido nacionalista gobernante. En esta coyuntura, lo prioritario era parar el plan Ibarreche, sustituido por una negociación con todos los partidos vascos, incluido Batasuna, lo que supone haber puesto antes fin a la violencia de ETA. La iniciativa ha pasado así del PNV, plan Ibarreche, con la amenaza de convocar un referéndum ilegal, al Gobierno, que ha dejado bien patente su voluntad de negociar en cuanto ETA abandone la violencia. La pelota está ahora en el tejado nacionalista, y el Gobierno ha recuperado la iniciativa, que no es poco.

Cuando, desarmada ETA, llegue el momento de negociar con los vascos habrá que ofrecerles una forma de integración distinta del mero Estado asociado, pero también del modelo autonómico que ha prevalecido el último cuarto de siglo. La oportunidad, yo diría la necesidad de rehacer la estructura autonómica de España, si se quiere en un Estado federal, coincide con las reivindicaciones de Cataluña, que se resiente de estar perdiendo la posición que había ocupado desde finales del XVIII, ser cabeza y motor de la economía española. El Estatuto catalán es así de una importancia suma, no sólo para satisfacer a la clase política que casi en su totalidad está a favor, así como a una buena cantidad de ciudadanos catalanes, sino porque, se quiera o no, las demás Comunidades Autónomas no exigirán menos en la revisión de sus Estatutos. Cierto que nos hallamos ante la cuadratura del círculo, por un lado, ante un proceso homogeneizador de las estructuras políticas territoriales y, por otro, con el afán del País Vasco y Cataluña de marcar diferencias. Las cosas son como son, pero la peor solución es dejar que se vayan pudriendo. El inmovilismo, y no digamos los intentos de dar marcha atrás, a mediano plazo desembocan en la ruptura de España que se dice querer evitar. El separatismo, como ha sido siempre, en buena parte es producto de los separadores centralistas. Desde esta perspectiva, es indispensable un nuevo Senado con funciones integradoras de las distintas entidades territoriales. Reformas estatutarias y reforma del Senado que exigen una revisión a fondo de la Constitución.

Permítaseme terminar manifestando algo “políticamente incorrecto” y es que frente a la sacralización actual de la Constitución, habrá por fin que reconocer que el texto es bastante mediocre, demasiada retórica y déficit importantes en la estructuración territorial de España, algo que muchos ya manifestamos entonces. El mayor fallo es haber superpuesto el Estado de las autonomías al viejo Estado centralista, con su organización provincial intocada, dejando, en cambio, sin regular la manera en que las Comunidades se relacionarían entre sí. El modelo radial vigente de relaciones bilaterales de cada Comunidad con el Estado, al favorecer una dinámica centrífuga, a la larga resulta inviable.

El obstáculo mayor para convencer a los españoles de la necesidad de las reformas emprendidas, aparte de la demagogia que ha puesto en marcha el PP y los medios que le apoyan, proviene de los mitos creados en torno a “la transición modélica” y “la magnífica Constitución que habría producido un cuarto de siglo de paz y progreso”, cuando no hay relación directa entre la calidad de una Constitución y la utilidad práctica que de ella se deriva. La republicana de 1931 no es mil veces peor que la de 1978, porque aquella durase menos de cinco años y no pudiese evitar una terrible guerra civil. Parece suicida que con la dinámica nacionalista que se vive hoy en el País Vasco y Cataluña, se lance el mensaje de que vivimos en el mejor de los mundos, bien asentados sobre el Estado de las Autonomías que creó la Constitución.

Ojalá que las reformas que ha emprendido Zapatero, en las que los españoles arriesgamos tanto, nos traigan una España mejor integrada y más satisfecha consigo misma. Lo que es cierto es que así no podemos seguir por mucho tiempo.