El fenómeno Ségolène Royal

Por Michel Wieviorka, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 25/12/06):

Vista a distancia, la impresionante ascensión política de Ségolène Royal, candidata oficial del Partido Socialista a las futuras elecciones presidenciales, constituye un fenómeno sorprendente. ¿Qué significa el éxito de quien hace un año ni siquiera alcanzaba la categoría de outsider?¿Qué puede enseñarnos sobre la salud política de los franceses y sobre el estado de su sociedad? ¿Qué lección pueden extraer quienes se interrogan, de un modo más general, sobre la evolución de los sistemas políticos en el mundo y, hablando con mayor precisión, sobre la capacidad de las fuerzas de izquierda de transformarse para adaptarse a los cambios contemporáneos?

La primera baza de Ségolène Royal fue su victoria en las elecciones regionales del 2004 cuando ganó en Poitou-Charentes contribuyendo así, junto con los demás vencedores socialistas (el partido socialista ganó entonces en 20 de 21 regiones), a olvidar el desastre de la izquierda en el 2002. Y, desde el 2005, su nombre empezó a circular entre la nómina de los posibles candidatos del PS suscitando ciertas sonrisas socarronas - en ocasiones machistas- en el seno de su propio partido, en medio de un entusiasmo creciente de los medios de comunicación. Su nombre se ha convertido en sinónimo, ante todo, de rechazo de la política tradicional y de independencia con relación a su propio partido. Ségolène Royal ha salido a la luz en andas de la opinión pública, atizando a todos los demás candidatos socialistas a la investidura: Lionel Jospin, Laurent Fabius, Dominique Strauss-Kahn y a muchos otros.

Ségolène Royal, además, parece la mejor situada en la izquierda para ganar a Nicholas Sarkozy la próxima primavera. Por otra parte, ciertas observaciones suyas sobre el papel de los militares en la lucha contra la delincuencia, la entrada de Turquía en la UE o la instauración de jurados ciudadanos susceptibles de ejercer una función de supervisión y control de la vida política no sólo no han mermado su capital de simpatía, sino que, según todos los indicios, incluso lo han reforzado.

Candidata de la opinión pública, Ségolène Royal, dotada de una imagen de mujer moderna que le granjea numerosas simpatías más allá del clásico electorado de la izquierda y en los medios de comunicación donde trabajan numerosas mujeres, ha conseguido que se olvide el hecho de que ella misma procede de lo que los propios franceses en su inmensa mayoría critican o desechan abiertamente: un partido político, un paso por la Escuela Nacional de Administración (ENA), una participación desde hace más de un cuarto de siglo en los factores más tradicionales de la política... Ha estado en el entorno de François Mitterrand y ha sido ministra en diversas ocasiones. Y no sólo alcanza a ofrecer una especie de imagen de virginidad política, sino que además ha contado con la investidura de su partido, que ha cerrado filas en su apoyo. La candidata antiaparato se sostiene en un aparato cuyas jerarquías y habituales de las maniobras políticas la apoyan ampliamente, por una razón muy sencilla: el PS es un partido cuyos elegidos son muy numerosos y han elegido a la candidata que, a juzgar por las encuestas de opinión y la prensa popular, parece aportarles mayores posibilidades de retener sus posiciones.

Una parte del electorado o de simpatizantes de izquierda ha encontrado también otra razón para apoyarla: al parecer se propone acabar con la vieja izquierda y, de hecho, ha liberado a su partido de la garra de los partidarios del no en el referéndum sobre el tratado constitucional europeo. Ségolène Royal, en consecuencia, encarnaría la novedad y el impulso hacia una nueva manera de hacer política. Bien es cierto que la democracia representativa en Francia se halla sumida en una crisis profunda: dos electores de cada tres afirman en las encuestas que no depositan confianza alguna en los partidos políticos, y las últimas elecciones se han caracterizado por una notable abstención y altos porcentajes de voto para las fuerzas de extrema derecha y extrema izquierda. Ségolène Royal ha subrayado su interés por la democracia participativa o deliberativa, que no precisa de partidos o diputados puesto que descansa sobre la intervención directa y activa de los ciudadanos, y ha mostrado su desconfianza hacia la democracia representativa, circunstancia que atrae al electorado en cuyo sentir la clase política se halla dominada por la corrupción y, sobre todo, por su incapacidad para afrontar y solucionar los problemas importantes del país, empezando por el paro y la precariedad.

Dado cuanto antecede, ¿no cabría preguntar entonces si Ségolène Royal es una figura populista? Tal reproche no se halla exento de fundamento. El populismo propone suprimir la distancia entre los de arriba y los de abajo, los grandes y los pequeños, el pueblo y las elites. Defiende la nación frente al extranjero, rechaza las instancias de mediación susceptibles de interponerse entre el pueblo y el líder carismático en el que se reconoce... El populismo funciona como un mito, concilia bajo la forma de un discurso imaginario lo inconciliable en la realidad. Es un discurso que promete seguir siendo idéntico a sí mismo sin dejar de transformarse y que, sobre todo, nunca parece incomodado por sus propias contradicciones... Hay algo de populismo en el fenómeno Royal, si no en la persona sí al menos en lo que traduce a propósito de las expectativas de la ciudadanía. Y precisamente por eso Ségolène no está sola en su empeño. Recuérdese aquí, por ejemplo, que el Frente Nacional, desde hace veinte años, prospera merced a su líder carismático, Jean-Marie Le Pen, y a un discurso nacional-populista hostil a la clase política, a los inmigrados, extremadamente antieuropeo y antiglobalizador. Por su parte, Nicolas Sarkozy, principal candidato de la derecha, expresa asimismo opiniones y juicios contradictorios de matiz populista anunciando, por ejemplo, una ruptura tranquila...fórmula completamente populista.

El populismo de Ségolène Royal descansa sobre su crítica de la representación política, sobre su forma de distanciarse del aparato que - sin embargo- la sostiene, sobre la idea de que hará lo que el pueblo le pida más que proponerle un proyecto o una visión elaborada del porvenir. En cualquier caso, es cuanto se desprende hasta ahora de sus tomas de posición. Ahora bien, si tal discurso funciona, quiere decir que se corresponde con determinadas aspiraciones de un amplio sector del electorado. No es tanto Ségolène Royal quien es populista cuanto el momento o el ambiente general.

Francia está cansada, como ha dicho en los últimos Encuentros de Auxerre el profesor y peso pesado de la política polaca Bronislaw Geremek (celebrados en noviembre de este año bajo la rúbrica ¿La dulce Francia?),gran conocedor de la historia y la sociedad francesas. Los franceses, en efecto, están cansados de sus representantes políticos actuales, desconfían de los grandes proyectos, de las perspectivas programáticas. Lejos de sentirse atraídos por las utopías, les tienta más bien un semirrepliegue; quienes fueron comunistas apenas lo son y la socialdemocracia no ha existido nunca en su país en sentido estricto. Numerosos ciudadanos observan que su país no ostenta como antes su papel en el concierto mundial, abrigan una imagen negativa de la globalización económica y no desean comprometerse en la construcción europea. Las capas medias, sobre todo, son presa del desasosiego - A la deriva,según reza el título de un libro reciente del sociólogo Louis Chauvel- y se ahondan las desigualdades sociales. La candidatura de Ségolène Royal marca indefectiblemente este clima actual adoptando la fisonomía de una especie de burbuja populista. Sin embargo, esta burbuja no durará, ya que en breve será menester que se enfrente a los periodistas o a sus rivales - cosa que más bien ha tratado de evitar hasta ahora-, que presente ideas articuladas, elementos programáticos y una visión del futuro a la opinión pública. Ségolène Royal, asimismo, habrá de clarificar sus relaciones con el aparato que la sostiene y cuyo proyecto, ya redactado, parece situarse en las antípodas de lo que ella ha dejado traslucir sobre sus intenciones. En las próximas semanas, por tanto, cabe esperar que la burbuja populista estalle y que tanto en la izquierda, con ella, como en la derecha, con Nicolas Sarkozy - tal vez también con otros- se enfrenten concepciones políticas más nítidas y pueda reconstruirse el espacio de la representación, ciertamente en desairada postura.