El fin de Gadafi y Europa

En el momento de escribir estas líneas, la batalla de Trípoli está a punto de empezar. Pero, como siempre en Libia, todo es incierto y las noticias son confusas. En el 2009, el malogrado amigo Fred Halliday denunciaba en un artículo en OpenDemocracy el caos administrativo del régimen, la intemperancia verbal y las excentricidades del autoproclamado líder de la revolución, la pobreza intelectual de los dirigentes, la represión de la disidencia, la opacidad informativa, para acabar afirmando que el régimen de Gadafi era uno de los más dictatoriales y opacos del mundo árabe. Los libios no disfrutan de las libertades más elementales, los derechos humanos se conculcan de forma sistemática, como desde hace años denuncian Amnistía Internacional y Human Rights Watch, y los opositores son detenidos, secuestrados (como en 1990 el padre del escritor Hisham Matar) y, a menudo, ejecutados.

En 40 años, Muamar Gadafi ha jugado todas las cartas. Llegó al poder en 1969, con 27 años, mediante un golpe de Estado que acabó con la monarquía e implantó un régimen de partido único (la Unión Socialista Árabe), que se definía como revolucionario y socialista, a favor de la unidad árabe y de la expansión de los principios del islam, contrario al imperialismo, favorable a la destrucción de Israel y partidario del movimiento de países no alineados. En la década de los años 70, proclamaba la revolución cultural, que pretendía dar el poder a las masas, y publicaba el Libro Verde, en el que hacía una relectura muy particular del Corán. En 1977 proclamaba el Estado de las Masas Árabes de Libia Popular y Socialista. La retórica panarabista lo llevó a promover, sin éxito, la unión con Egipto y Sudán -1969-, Egipto y Siria -1971-, Túnez -1974-, y Siria y Marruecos -1984-, y apeló al panafricanismo con Mauritania, Níger, Malí y el Chad. En 1986, Estados Unidos bombardeó Trípoli y Bengasi, y los servicios secretos libios respondieron con los atentados contra la Pan Am (1988, 270 muertos) y la UTA (1989, 170 muertos). En consecuencia, el Consejo de Seguridad de la ONU decretó en 1992 el embargo aéreo y militar de Libia y, en 1993, de los equipamientos petrolíferos y de los fondos en el extranjero.

Paralelamente, Libia se convertía en santuario y apoyo de organizaciones armadas de todo el mundo. En el plano interno, Gadafi reprimía con dureza cualquier oposición ya fuera islamista (Frente Nacional de Salvación) o del Ejército (el complot de julio de 1975 se saldó con la ejecución de 22 oficiales). El 11-S le permitió sumarse a la guerra contra el terrorismo y, después de prometer el pago de indemnizaciones por los atentados y no desarrollar armas de destrucción masiva, le fue levantado el embargo. Europa, que nunca renunció a los hidrocarburos libios, acogió a Gadafi con los brazos abiertos, como un hijo pródigo que vuelve a casa.

El régimen libio renegó formalmente del tribalismo en 1969, pero Gadafi ha utilizado las rivalidades tribales dentro del Ejército -mucho menos cohesionado que el tunecino o el egipcio-, y la oposición entre la Cirenaica y la Tripolitania, para mantenerse en el poder confiando siempre en los mercenarios africanos. Su hijo Saif al Islam ha pronosticado una guerra civil tribal si no cesa la revuelta. Pero la realidad es que la urbanización ha amortiguado las alianzas tribales y Warfalla, la tribu más numerosa, ha apoyado a la oposición. Como señalaba Husein Mohamed (BBC, News Middle East, 21 de febrero), la lucha es entre el régimen y sus partidarios, por un lado, y la población civil opuesta al régimen, por el otro, con independencia de la afiliación tribal.

Como Egipto y Túnez, la población está luchando para conquistar la libertad y Europa mira desconcertada la revuelta. La misma Europa que, hasta hace unos días, reía todas las gracias del dictador y que no reconoce una revolución democrática a las puertas de su casa. Por el contrario, el presidente Barack Obama ha leído muy bien que las revueltas árabes no son contra Occidente, sino contra los dictadores. Son, más allá de su éxito o su fracaso, un camino sin retorno puesto que el viejo modelo -dictaduras para frenar el islamismo a expensas de las libertades de los pueblos- ha periclitado.

Después de los sucesos en la plaza de Tahrir (El Cairo) nada volverá a ser como antes, y por eso Washington se ha apresurado a contactar con los opositores libios y ofrecerles apoyo logístico y, si hace falta, ayuda militar. En cambio, Europa, estupefacta y paralizada por el miedo, sufre por la posible oleada migratoria y por el precio del crudo, desaprovechando así la ventana de oportunidad que se abriría si tuviera el coraje de apoyar las revueltas y ofrecer ayuda económica a las democracias que puedan surgir. Más allá de las cínicas declaraciones de algunos líderes europeos, hasta ayer enfangados hasta las cejas con los negocios de los dictadores, da la sensación de que la UE se encontraba más cómoda con la situación anterior y que teme afrontar el riesgo de la lucha por las libertades. ¡Cualquier cosa antes que salir perdiendo!

Por Antoni Segura, catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat de Barcelona.

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