El fin de la España postmaterial

Suárez y Calvo Sotelo fueron los presidentes de la Transición e institucionalización de la democracia, González el de la modernización y europeización, Aznar el de la prosperidad y Zapatero es el del postmaterialismo. Si González concretó el contenido del Estado social y Aznar garantizó su viabilidad, Zapatero se presentó como el promotor de su ampliación: derechos de nueva generación, cuarto pilar del Estado de bienestar, extensión de derechos civiles, buenismo, ayuda al desarrollo, Alianza de Civilizaciones…

En las sociedades europeas de la abundancia, la izquierda se reinventa cada día hasta el oxímoron porque parece ya obsoleto reivindicar la lucha de clases y también porque no está demostrado que sus Gobiernos garanticen mejor que otros la equidad social y la redistribución de la renta. Por ello, el vocabulario socialdemócrata es más rico en eufemismos que cualquier otro. La nueva izquierda europea asumió desde finales de los 60 del pasado siglo un nuevo rol y apostó por la defensa de los valores postmateriales, que surgieron cuando las sociedades postindustriales alcanzaron un determinado nivel de bienestar. Entonces, esos valores eran fundamentalmente tres: feminismo, pacifismo y medioambientalismo. Su auge coincidió con el fin de las ideologías o, si se quiere, con la desideologización de los partidos.

Posteriormente, en los 90, la nueva izquierda -que había surgido en Estados Unidos en torno al New Deal de los años 30 y al amplio consenso liberal de las décadas posteriores, la guerra contra la pobreza y la lucha contra la segregación racial- se transformó en tercera vía y nuevo laborismo. La aplicación práctica consistía en centrar a la izquierda en materia económica sin renunciar a los principios socialdemócratas. O sea, un difícil equilibrio basado en no utilizar el instrumento de la política fiscal como arma arrojadiza contra las clases medias pero a la vez mantener las políticas sociales.

Clinton dijo aquello de «es la economía, estúpido», y Blair aseguró que su programa contenía principalmente tres principios: «Education, education, education». No lo podía expresar de manera más clara: las verdaderas políticas igualitarias consisten en asegurar la igualdad de oportunidades en materia educativa. Con ello, la izquierda moderna se aseguraba sus apoyos tradicionales. Pero al mismo tiempo se veía impelida, para evitar la mimesis con el liberalismo económico, a ampliar su horizonte doctrinal.

En su origen fue la clase media urbana, con alto nivel de estudios y dedicada a profesiones liberales y no manuales, la que defendió los valores postmateriales y permitió a la socialdemocracia mantener un equilibro no reduccionista entre provisión de servicios y provisión de nuevos valores. En la última década, en España, la bonanza económica, la extensión del crédito y la era de la opulencia ampliaron la base de aquellos estratos sociales que al depositar su voto antepusieron los valores postmateriales a la mera gestión de los recursos.

Los valores postmateriales se instalaron en los barrios industriales periféricos donde emergió una conciencia subjetiva de white collar que podía disponer de coche nuevo cada poco y disfrutar de vivienda ajardinada. Arraigó igualmente entre skilled blue collar (trabajadores cualificados de mono azul), foremen (supervisores ex blue collar que incluso pudieron instalarse como autónomos y tener trabajadores a su cargo) y routine-nonmanual (oficinistas, vendedores, comerciales, dependientes, secretariado…). En aquellos años, ocho millones de españoles jugaron a la Bolsa.

Puede sonar a boutade con la que cayó después, pero lo cierto es los Gobiernos de Aznar se sumaron a este auge del postmaterialismo determinado por los cambios sociales, lo cual se tradujo en la supresión del servicio militar, en la creación, por primera vez en España, de un Ministerio de Medioambiente y en colocar a dos mujeres, también por primera vez en nuestra Historia, al frente de las dos Cámaras, Congreso y Senado. España iba tan bien que no hubo fuegos fatuos para festejarlo; iba tan bien que ni unos cuantos trabajadores despedidos acampados en la Castellana durante meses ni una huelga general pudieron reactivar la lucha de clases. Iba tan bien que nos permitimos mirar por encima del hombro a cientos de miles de inmigrantes que llegaban a nuestro país atraídos por el milagro económico español para trabajar en aquello en lo que trabajábamos nosotros cinco minutos antes.

Y en mitad del festín apareció el candidato Zapatero para pasar de pantalla. Era el candidato perfecto para emprender tamaña empresa, el candidato de la postmodernidad y del postmaterialismo, encargado de gobernar en la sociedad líquida del hedonismo y la opulencia. Utilizó recurrentemente este término que Galbraith acuñó en 1958 pero dándole otro sentido. El profesor norteamericano denunció en su obra La sociedad opulenta el desequilibrio existente entre la abundancia y exceso de consumo en la esfera privada y empresarial y la escasez y el deterioro de lo público. Esto ocurría en Estados Unidos, pero no en la Europa del bienestar, donde el Estado asistencial mantiene unos aceptables niveles de equilibro social. Y mucho menos en la España del superávit, que permitía a los poderes públicos multiplicar el gasto y duplicar o incluso triplicar el número de administraciones encargadas de proporcionar un mismo servicio.

Pero Zapatero, desde que llegó a La Moncloa, ha cometido varios errores de enorme magnitud (los aciertos ya están amortizados). Primero, incluyó en su programa postmaterial una reforma no meditada -por no decir una revisión improvisada y sujeta a criterios de oportunidad política y geografía electoral- del sistema autonómico y, por extensión, constitucional, a modo de innecesaria segunda Transición (en el sentido estricto del término: las transiciones no tienen un sendero previamente delimitado y su deriva es incierta).

En segundo lugar, desplazó la lucha de clases, la bipolaridad y la división entre españoles hacia el pasado, colocando en el cesto del postmaterialismo también una revisión de la Historia y aplicando un maximalismo conceptual impreciso e intemporal («la derecha no me ha enseñado nada» o «ya sabemos la tradición de la derecha en este país»). Al mismo tiempo, y con ello, revitalizó la distinción entre izquierda (futuro) y derecha (pasado). Y por último creyó que el maná de la prosperidad era efectivamente eso, un maná, aunque no fuera enviado por Dios. Pensó que la opulencia era un rasgo estructural de nuestras sociedades y que el futuro ya había sido definitivamente conquistado.

Pero la crisis dio al traste con gran parte de su programa postmaterial y le pegó un enorme bocado a su ideología. Zapatero había sido elegido para profundizar (sic) en la igualdad pero las circunstancias le impelen ahora a hacer la vista gorda. Su discurso ha perdido consistencia porque ha girado 180 grados. Y resulta superfluo que la razón que explique el viraje sea la asunción de responsabilidad porque lo que realmente ocurre es que ha pasado su turno y se ha hecho mayor de golpe. Que ha cerrado su ciclo y que se ha dejado en el camino arrobas de confianza. Su estampa resulta impostada. Hace exactamente un año afirmó que la ideología le impedía acometer una reforma laboral. Hoy está en trámite.

La ausencia de Rodiezmo es la metáfora de esta conversión. Como sobre tantos asuntos, Zapatero construye alegorías, no elaboraba un pensamiento. Y su presencia anual en la cuenca minera representaba el compromiso con los trabajadores. Pero el nuevo contexto ha trazado la parábola del presidente que quiso seguir siendo siempre candidato y tras seis años de gobierno descubrió que sobre sus espaldas se desplomaba la economía del país y se deshilachaban las costuras que lo cosían.

Porque un presidente es poderoso, pero no del todo libre. Un presidente puede actuar con más o menos ataduras impuestas por su partido y la sociedad que lo ha elegido, pero no puede desprenderse de las fuerzas que operan en los sistemas complejos. No son -sólo- las fuerzas del mercado -o son también, si se quiere, las fuerzas del mercado político-; son todos los actores e instituciones que intervienen sobre la acción política y que contribuyen a equilibrar demandas e intereses. Es decir, el tamaño de los desafíos ha de ser ajustado más o menos a las posibilidades; y la coherencia entre ellos es una medida inequívoca de aptitud. Todo lo demás son ejercicios vanos de política adolescente.

Y en estas, toca otra vez, y parecía imposible, descender algunos peldaños y gestionar los recursos, de nuevo limitados. El cambio de modelo, hoy por hoy, se reduce a que todos somos un poco más pobres y hemos de medir mejor nuestras decisiones y relación con el mercado, hemos de priorizar necesidades -queda pendiente hablar de las lecciones de la crisis-. El cambio de modelo se reduce a una bofetada de realidad que sirve para depurar una economía colapsada pero que por encima de todo supone una tragedia para más de cuatro millones de españoles que ya sólo reivindican el verdadero derecho de autonomía: el derecho al trabajo, el primero de los derechos que hace al individuo libre respecto de su entorno más próximo. Es más que un derecho social, es la garantía de libertad de actuación sobre lo concreto y lo inmediato. Es la base de la libertad de elegir.

Pues bien, la sociedad opulenta amplió los límites de la libertad de elección sin condiciones y a crédito, sustituyó valores y despreció los de la educación y el mérito como motores del progreso económico y social. Nos encandilaron las palabras hermosas y los candidatos que las pronunciaban. Pero la realidad ha vuelto a superar a la ficción. De modo que Zapatero es responsable de muchas cosas y su Gobierno se ha mostrado ineficaz ante la crisis, pertinaz en el error y proclive al desconcierto, pero sobre todo, Zapatero, más que un hacedor, es un producto. Un producto de un tiempo, de otro tiempo.

Javier Redondo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid.

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