El fin de la revolución islámica de Irán

El acuerdo nuclear concluido en julio entre Irán y sus interlocutores internacionales marca una etapa decisiva en las relaciones de la República Islámica con el mundo exterior, en particular con los Estados Unidos. ¿Pero por qué a diferencia de la revolución de Mao Zedong en China, a los Estados Unidos le tomó mucho más tiempo aceptar la revolución del Ayatola Ruhollah Khomeini en Irán?

Naturalmente, una de las razones del prolongado distanciamiento bilateral es el discurso deformado de lo que George W. Bush torpemente llamó la “guerra global contra el terrorismo”, en la que Irán junto con Irak y Corea del Norte era visto como parte de un “eje del mal” internacional. En consecuencia, funcionarios estadounidenses consideraban que cualquier acción hacia la normalización diplomática era un “apaciguamiento” inaceptable.

Sin embargo, la política exterior moralizante de la administración Bush solo reforzó la postura estadounidense desde la Revolución Islámica de Irán en 1979. Así pues, si se mira la historia y, claro, en la de dicha revolución, se podrá encontrar una explicación completa y más convincente de los acontecimientos recientes.

Olvidemos la Revolución Francesa como modelo: la llamada reacción de Termidor, cuando los moderados acabaron con el reino de terror de Robespierre, fue una excepción al patrón de las revoluciones modernas. El patrón típico en nuestra memoria viviente es aquel en el que los radicales persiguen a los moderados. Por ejemplo, en la Unión Soviética, después de la Segunda Guerra Mundial, fueron los radicales los que lucharon para exportar la revolución marxista-leninista, condenando así al mundo a décadas de Guerra Fría.

También así ocurrió en Irán. Después de la muerte de Khomeini en 1989, el pragmático Ali Akbar Hashemi-Rafsanjani se convirtió en presidente, seguido del reformista, Mohammad Khatami. Sin embargo, los radicales atacaron de nuevo. Cuando el programa de reformas de Khatami resultó inefectivo, Mahmoud Ahmadinejad, que era un oscuro funcionario de la milicia Basij, fue electo Alcalde de Teherán en 2003 (en unas votaciones en las que solo 12% de los votantes de los citadinos acudieron a las urnas) y después derrotó a Rafsanjani en 2005 en las elecciones presidenciales.

Ahmadinejad, devoto fanático de Khomeini, primer imán de la revolución, era un recordatorio de la concepción populista de la revolución. Promover una política nuclear agresiva significaba reivindicar la batalla de Khomeini contra los Estados Unidos, “el gran satanás”. Cuando los votantes iraníes perdieron la paciencia por la incapacidad de Ahmadinejad y eligieron a Hassan Rouhani en 2013 es cuando se podría decir que la revolución había terminado.

¿Habrían podido los Estados Unidos evitar el periodo inútil de Ahmadinejad? Sus antecesores se habían esforzado por mejorar las relaciones con los Estados Unidos. Alentado por la victoria de la coalición encabezada por los Estados Unidos en la Guerra del Golfo de 1991 contra Irak (el gran enemigo de la República Islámica), en 1995 Rafsanjani envió señales muy claras a los Estados Unidos de la disposición de restablecer los vínculos diplomáticos. La administración Clinton ignoró los esfuerzos de Rafsanjani y el siguiente año el congreso estadounidense aprobó por unanimidad la Ley de sanciones a Irán y Libia.

Hay que reconocer que Bill Clinton y sus asesores tenían numerosas razones para ser escépticos. Rafsanjani estuvo al menos en parte controlado por los opositores radicales ansiosos de sabotear sus iniciativas de política exterior mediante actos de terrorismo cronológicamente planificados en Francia, Alemania y Argentina. Sin embargo, Clinton y su Secretaria de Estado, Madeleine Albright, tomaron muy en serio la propuesta de Khatami, el sucesor de Rafsanjani, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2000 de realizar un “diálogo de civilizaciones” para “romper [lo que llamó] el muro de la desconfianza” entre Irán y los Estados Unidos. Fue una lástima que el dirigente supremo de Irán, el ayatola Ali Khamenei, obligara a su presidente y ministro de Relaciones Exteriores a evitar el acercamiento planificado con sus contrapartes estadounidenses.

Pero para los que esperaban mejores relaciones entre Irán y los Estados Unidos, las cosas empeorarían. Primero, estaba el discurso sobre “el eje del mal” en 2002 de Bush. Después, en febrero de 2015, justo cuando el radical Ahmadinejad estaba a punto de arrancar su primer mandato como presidente, Bush rechazó formalmente un acuerdo nuclear que había tenido negociaciones muy difíciles entre Rouhani (que era entonces representante de Khamenei en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán) y firmado ya avanzado 2004 por Francia, Alemania y Gran Bretaña.

A medida que Irán analizaba el horizonte estratégico, parecía evidente que los Estados Unidos habían invadido Irak porque Saddam no tenía en absoluto armas de destrucción masiva. Esto ayudó a popular entre las clases medias y bajas iraníes la insistencia de Ahmadinejad en el tema de los derechos nucleares de Irán.

Dicha postura sigue imperando en Irán pese al desencanto popular con la era de Ahmadinejad. Sin embargo, el acuerdo nuclear concluido el mes pasado es el resultado de un contexto político diferente: el presidente Barack Obama estaba ansioso de hacer del acuerdo con Irán parte de su legado, y esta vez, Rouhani como presidente, pudo negociar con todo el respaldo de Khamenei, con quien (a diferencia de Khatami) ha trabajado estrechamente.

No obstante, algo más fuerte explica el éxito de las negociaciones nucleares: la revolución islámica de Khomeini de 1979 al fin ha concluido  –y Khamenei lo sabe. Seguro también sabe que la exportación de la revolución islámica del Irán chií ha perdido su atractivo, sustituida en el mundo sunita primero por la yihad global de al-Qaeda y ahora por el llamado Estado Islámico y califato de Abu Bakr al-Baghdadi.

A Irán lo que ahora le interesa ya no es la ideología, sino el interés nacional y la realpolitik. Es por ello que a menudo se le ve respaldando a los opositores del islam revolucionario: Bashar al-Assad contra los islamistas en Siria y los  houthis contra al-Qaeda en Yemen. Y por ello no solo ahora firma un acuerdo nuclear con el gran satanás sino también coopera tácitamente con él para ir en contra del Estado Islámico, su enemigo común. Ahora la revolución ya terminó, y es probable que la cooperación en otras áreas se vuelva igual de atractiva.

Saïd Amir Arjomand, the founder of the Association for the Study of Persianate Societies, is Professor of Sociology and Director of the Stony Brook Institute for Global Studies at the State University of New York at Stony Brook. Traducción de Kena Nequiz

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